Adame y su ejercicio de fe

Cortó una oreja a un manso quinto tras una meritoria faena en la Feria de San Isidro

Las Ventas (Madrid). 12ª de San Isidro. Se lidiaron toros de Alcurrucén y uno de Lozano Hermanos, 6º, bien presentados en general. El 1º, encastado pero falto de entrega; el 2º, encastado, con movilidad y repetición; el 3º, deslucido y sin entrega; el 4º, encastado pero falto de entrega; el 5º, manso y rajado, pero de buena condición; el 6º, noble y manejable aunque le falta finales. Lleno en los tendidos.

Curro Díaz, de azul y oro, bajonazo (saludos); media estocada, descabello (silencio).

Joselito Adame, de salmón y oro, estocada (saludos); estocada caída y fulminante (oreja)

Juan del Álamo, de verde botella y oro, estocada desprendida (silencio); estocada, cuatro descabellos, aviso (silencio).

Jugó, con permiso de la palabra, con el factor sorpresa. Porque la tarde no iba. Y el toro tampoco. Hablamos del quinto, un toraco feo de hechuras y cornalón. De la corrida de Alcurrucén. Y del mexicano Joselito Adame. De un buen lleno madrileño en plena feria. Una feria que cada día respira distinto y que cada jornada Fortes vuelve a la cabeza, por aquella injusticia y otras que nos quedan con dudas. Joselito Adame jugó con la fe, porque fue dueño de ello mucho más que las 22.000 personas que le acompañábamos en la plaza, se adelantó a nuestras aspiraciones y nos ganó la partida. Algo así debió ocurrir. Manseó el toro con ganas, descaro incluso, como si no se avergonzara dentro de su condición de toro bravo porque, además, su encaste Nuñez se lo permite. Cuando Joselito Adame le obligó ya a vérselas a solas, siguió el toro los mismos patrones a la huida. La tecla vino con el cambio de terrenos y dejándole al toro elegir, le correspondió el animal la generosidad descolgando algo la cara en el viaje, lo que en verdad ya había hecho en el capote y con repetición. Cuando el espectador ya había desconectado de la faena, cosió el mexicano un par de tandas sólidas, muy centradas con el toro, reunidas y solventadas con mucho oficio, con las que logró meter al unísono al toro y al tendido en la canasta. Fue una faena de torero hecho, de ir haciendo al animal, de participar en la magia de los terrenos que confluyen con las energías del toro y hacen de pronto el toreo posible. Y lo hizo. Después de la seguridad que imprimió al trasteo, se fue detrás de la espada muy de verdad, con la misma verdad que el acero se fue abajo, caidita, eso sí de efecto fulminante. Se le pidió el trofeo. Y se le concedió. Con protestas en este caso. Y cuestionable el lugar exacto de la espada, la faena no tuvo fisuras en esta ocasión. Remendaba las grietas que había dejado en el segundo, que fue el toro con más nota del encierro. Se desmonteraron con él Miguel Martín y Fernando Sánchez tras exponer al parear. Tuvo el toro movilidad y repetición y más entrega por el pitón diestro. Por ahí sostuvo Adame la mejora tanda, después del comienzo por estatuarios. Cuando cambió al pitón zurdo no le cogió la medida, tenía el animal menos cualidades, y tiró el mexicano por una faena de recursos, de circulares y manoletinas sin una estructura real que la mantuviera en pie.

La faena de Curro Díaz al primero contó con la seriedad y el aplomo. El mismo que tuvo para volver a la cara del toro después de una cogida espantosa. Fue en un natural, el toro se metió por dentro, perdió estabilidad y en el aire se hizo con él. Tremenda. Tuvo furia el de Alcurrucén y salía desentendido el envite. Le aplacó Curro los humos y le sacó lo que tenía. Le faltó en cambio temple con un cuarto que no permitía errores, se descomponía mucho con las imperfecciones.

Juan del Álamo abandonó la monumental con pocas opciones de triunfo. Si deslucido fue el tercero, el sexto de Lozano Hermanos no tuvo mala condición pero sí el fuste justo y ahí no había manera de multiplicar el pan y los peces. La noche y los corrales habían pasado factura a la corrida de Alcurrucén, que suelen dejar el pabellón venteño alto.