Adiós a los toros bonitos de Cebada Gago que no fueron toreados

Pamplona suspende su segunda corrida con cuarenta minutos de retraso y una lluvia abundante que deja el ruedo encharcado

El ruedo de la Plaza de Toros de Pamplona encharcado, hoy, en la segunda corrida de toros de Sanfermines
El ruedo de la Plaza de Toros de Pamplona encharcado, hoy, en la segunda corrida de toros de Sanfermines

Pamplona suspende su segunda corrida con cuarenta minutos de retraso y una lluvia abundante que deja el ruedo encharcado

Desde que los toros de Cebada Gago hicieron el recorrido matinal que les llevó a los corrales de la plaza de la Misericordia llovió lo suyo. Y no lo pareció. No tardó mucho desde las ocho de la mañana en salir el sol, resplandeciente y calentar. Todo en orden y bajo control. Mentira. Ya a mediodía. En el despeje entre una cosa y la otra, entre la carrera matinal, la infinidad de actividades de la Pamplona de día y la corrida de tarde, la tormenta ya vino a visitarnos. ¿De verano? ¿O como si no hubiera un mañana? No cesó. Caló a propios y extraños. Los de la tierra y los que venimos aquí a beber de ella. Uno siempre piensa en una remontada y más en el mes de julio, pero la noche nos cayó de pronto, casi al unísono que los truenos, los relámpagos, que multiplicaban los miedos en el túnel del patio de cuadrillas, puro contraste con el blanco de sus paredes que lo inunda todo cada día de esplendor. Hoy no. No podía ser. Las caras eran otras, cuando quedaban quince minutos para el comienzo del festejo. Al menos de la hora anunciada. Ni un torero frente al portón de los miedos. Todos a cubierto. Todos. Y todo. Y la incertidumbre. El ruedo de la plaza de la Misericordia era un barrizal. Charcos aquí y allá. Y la multitud en los pasillos de la plaza a la espera de descontar el tiempo mientras las gradas y andanadas se llenaban. Pamplona no falla. A las seis y media se anunció que el festejo comenzaría a las siete, aunque lo más curioso es que arreció más la lluvia. Impetuosa, empecinada y molesta. Y mientras cantaba, qué cantarina Pamplona, “Sí se puede”. No era fácil, el ruedo estaba impracticable y no había previsión de mejorar, tampoco mucho sentido tenía la espera.

Todos los operarios de la plaza se fueron a cubierto, mientras el público no se movía del asiento, los que estaban en grada y andanada claro. Y bailaban. Y cantaban. Que San Fermín es una cuestión de actitud que se lleva en el cuerpo, en el alma y en el corazón, llueve o truene.

Manuel Escribano, que había corrido el encierro matinal con los pastores, el encierro que lidiaría por la tarde, Rubén Pinar y Juan del Álamo se mantenían a cubierto a la espera de dirimir la mejor decisión. Casi cuarenta minutos después de que nadie apareciera por el ruedo, encharcado, a las siete y diez minutos de la tarde (la hora de comienzo de los toros son las seis y media) por megafonía se anunció el secreto a voces: “El festejo se suspendía de manera definitiva”. Y los toros de Cebada Gago entraban de esta manera en la historia de aquellos que fueron corridos una mañana del 8 de julio y jamás lidiados por sus matadores. Los toros bellos de Cebada Gago en la tarde imposible.

San Fermín no acaba aquí. La fiesta continúa. Aquí y allá y en cada uno de sus poros. Pero hoy sin toros.