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Escribano salva el esperpento

Importante actuación del sevillano que sale a hombros de Palencia

Manuel Escribano, en imagen de archivo
Manuel Escribano, en imagen de archivo

En una hora y media habían pasado muchas cosas y ninguna buena. Así era nuestra vida. La de todos los que estábamos allí. En la plaza de toros de Palencia. Atrapados en el tiempo. El nuestro y el ajeno. Nada tenía que ver con lo que había ocurrido el día anterior. En nada. Sensaciones dispares. Frecuentamos el miedo, el temor, lugar de encuentro, la inseguridad. Y sólo había pasado la primera parte de la corrida. De una extraña corrida compartida. Tres toros de Adolfo Martín. Nada sorprende hasta ahí y otro tres de Valdellán, únicos toros que pastan en León. Encaste santa coloma. Hasta ese momento, sólo un toro había pisado el albero de Adolfo. Dos de Valdellán, pedazo toros, de grande, serios (pesados) y sobre todo imponentes en su comportamiento ya de salida. Midiendo, paradotes, al tanto de la cuestión. Al tanto de todo, orientados y exigiendo saber. La tarde no estaba para bromas. Ni una. Ni media. Dura y exigente. Así empezó con el toro de Rafaelillo, que hizo todo por arriba sin emplearse en el engaño. El torero murciano no perdió mucho tiempo y quiso abreviar, aunque no lo logró con la espada. Fue el sino de su tarde. El cuarto, ya de Adolfo, vacío y paradote, no contribuyó. Tarde gris.

Aciaga la del torero local Carlos Doyague. Pasó un trago con el tercero, que fue un señor toro de Valdellán. Descompuesto el torero le costó un mundo, incluso dos, pasar delante del animal que más que embestir topaba sin humillar y con violencia. Así, sin querer verle la muerte con la espada escuchó los tres avisos. Serio a rabiar, con pitones inmensos fue el sexto de Adolfo. Toro grande e importante. Bravo animal que quiso tomar el engaño con profundidad a pesar de que la muleta no viajaba. Tarde de Doyague para poner la cabeza a pensar y tomar decisiones.

Escribano pone la cabeza a pensar, pero delante del toro. Qué frescura la suya. Y la tarde no era fácil. No estaba en el ambiente nada bueno. Hizo las cosas bien al segundo que fue de Adolfo, rebrincado y poco claro. Expuso en banderillas, pero la clarividencia real llegó en el quinto. Y eso que fue con el toro de Valdellán, hasta ese momento el hierro maldito. Cambió todo. Creyó el torero. Mandó en la plaza. Personalidad de principio a fin. Se agradece. Bueno fue el toro, que repitió con nobleza en la tela, y grande el torero. Por uno y otro pitón cuajó la faena. Hundió la espada y paseó el doble trofeo. Qué bien supo esa puerta grande. Manuel Escribano se había salvado de una tarde abocada al esperpento. Eso sí, el guión del espectáculo se había hecho trizas nada más empezar.