Finito de Córdoba: «Las cornadas no son lo que más duele del toreo»

El sábado torea en la Feria de Fallas de Valencia con Morante y Manzanares

Finito de Córdoba, en la ganadería charra de Garcigrande
Finito de Córdoba, en la ganadería charra de Garcigrande

Finito afronta una nueva temporada preparada a conciencia. Anda cada mañana enredado en racket hasta perderse en las horas. Un mensaje anuncia de su retraso, tiempo después nos espera el campo. La casa de Garcigrande es donde el torero nos cita. Se avecina un nuevo año, Valencia, Madrid y la incertidumbre que marca la esencia del toreo, pero de eso Juan Serrano ya tiene el máster: «No me valoro por las veces que he sido capaz de caerme, sino por las que soy capaz de levantarme». Habla claro. No hace falta que alto. Y el clasicismo de su toreo sigue siendo un tesoro.

–¿Se ha retirado alguna vez?

–Nunca. Llevo 24 años ininterrumpidos. Nunca he pensado en la retirada y no me gusta esa palabra. Sería para mí una traición. Prefiero decir que me voy a descansar para no tener que volver dentro de un año.

–Cerró 2013 con unos naturales antológicos en Zaragoza.

–Fueron muy intensos. Otras veces tratas de aliviarte en un par de ellos, o tocas más brusco en otro o cuando necesitas dos más, no puedes y tienes que rematar y aquel día no.

–¿Cómo se celebran los triunfos?

–Me gusta disfrutarlo a partir del día siguiente, siempre y cuando no pase como cuando toreaba cien tardes, que trataba de alargar el día como fuera, porque sabía que una vez que cerrase los ojos el triunfo se había acabado.

–¿Cómo se lleva pasar de torear tantas tardes a tan pocas?

–Se lleva muy mal. Si tú te abandonas, coges peso, tu mente no está bien y no te apetece coger un capote, puede que te ayude a asumirlo. Pero no era mi caso. Me daba mucha tristeza pensar si era capaz de expresarme, por qué los demás toreaban y yo no.

–¿Encontró la respuesta?

–La respuesta la encontré al llegar a los sitios e ir cambiando el chip de la gente. Estaba quemado de cara a la prensa y al aficionado, mis partidarios habían perdido la ilusión y es curioso... Ahora noto que la gente se vuelve a ilusionar.

–¿Cómo se llevan las críticas?

–Yo creo que es una manera de analizar a las personas que tienes al lado, a mí me gusta que me digan la verdad, aunque escueza, pero nunca de manera despectiva.

–En una profesión en la que se juega la vida, ¿se vive al día o le gusta saber lo que le viene encima?

–Ahora no pregunto y cuando toreaba cien, tampoco quería saber. Esto es el día a día y nadie asegura nada.

–Se ha quedado fuera de Sevilla, pero sí vuelve a Madrid.

–El año pasado me sirvió mucho. Llevaba seis años sin ir por diferencias y te das cuentas de que es absurdo. Es una plaza que me ha hecho emocionarme mucho y la gente me dio mi tiempo.

–¿Cómo es la tensión de volver a Madrid?

–Mejor de lo que esperaba. De hecho vino Arantxa (su mujer) a la plaza y mi hijo estuvo en la habitación, ayudándome a vestirme. Eso, en otro momento, hubiera sido impensable.

–¿Le gustaría que su hijo siguiera sus pasos?

–No, esto es demasiado duro.

–¿Las cornadas forman parte de esa dureza?

–Forman parte, pero las cornadas no son lo que más duele del toreo.

–¿Y pasar de cien corridas a cinco?

–Sentirte en tu casa con una trayectoria buena sí es lo que más duele, que nadie se acuerde de ti ni levanten el teléfono. Hay mucha gente que desaparece pero eso sirve para hacer limpieza y mientras desaparezca la gente significa que estás vivo, que estás ahí... La vida te pone a otras personas buenas que te aportan cosas, así que bienvenidas sean.

–¿Alguna vez ha querido y no ha podido?

–Cuando la gente dice de mí, «si éste hubiera querido...», yo siempre digo que se pregunte que quizá no he podido.

–¿Y frustra?

–Eso te rompe por dentro. Te preguntas por qué si tú quieres no ocurre. Y ahí viene el estudio interior, analizarte uno y otro día.

–¿Cómo te recompones?

–Con la afición, que es el pilar que nos mantiene vivos, lo que te hace levantarte, entrenar, ir al campo, al gimnasio, aunque estés atravesando un momento malísimo. Y momentos malos los tienes hasta en las temporadas más dulces.

–Hay quien lleva un psicólogo como compañero de viaje.

–Y yo tuve uno cuando decidí descansar en el 97. Del 92 al 96 toreé en todas las ferias y en el 97, con 19 tardes, decidí que tenía que triturar la mente. No me apetecía nada, tenía a la gente en contra, no gustaba nada de lo que hacía y no veía solución.

–¿Cómo evolucionó la cosa?

–En 1998 y 1999 toreé el 98 por ciento de los festejos en plazas de tercera y cuarta, estaba enterrando en tierra hasta los tobillos después de haber estado en lo más alto de las ferias. Y en esas plazas me quedaban 300, 500 o 600 euros, no más. No tenía ni para un traje. Y mucha gente me dirá que para qué fui... La realidad es que a mi casa nadie iba a venir a buscarme cuando estaba reventado. Hay que saber sufrir y además aprender a disfrutar de esas etapas. En el año 2000 triunfé en Sevilla y todo volvió a cambiar.

–¿Mereció la pena?

–Todo ha merecido la pena. En mi vida profesional he tenido años de estar muy arriba y otros muy abajo. Y he vuelto a subir y otra vez a bajar. Por eso, yo no me valoro por las veces que he sido capaz de caerme sino por las veces que soy capaz de levantarme.

El torero arranca el sábado su temporada en Valencia. Justo hace un año en esta misma plaza, sembró de nuevo la ilusión...