Toros

La sonrisa que no cejaba de perseguir sueños

Víctor Barrio
Víctor Barrio

El inicio más difícil. Juntar dos palabras para despedir, cuánto desgarra esa palabra, a alguien a quien conoces, a quién aprecias, incluso admiras. Hoy no escribe el periodista, lo hace el amigo. Ironías del destino, anoche, casi tres años después nos volvíamos a encontrar Jaime y yo. Buena gente. El eslabón que nos unió a través de tu, hoy ya, esposa. Toda la fuerza, Raquel. Nos pusimos al día. Conversación interminable. Maldita coincidencia. Fue en 2010, una novillada de Rehuelga, tu debut con picadores... y en Madrid. Rozaste la Puerta Grande. Días después nos presentaron y te hacía entrevista. La primera de unas cuantas. Un par de reportajes en el campo. Otras tantas crónicas, como aquella de Valdemorillo, todavía de novillero, que siempre me recordabas. Hasta llegar a esa entrevista, también después de Valdemorillo, el año pasado. ¡Cómo costó publicarla! Pero, al final, vio la luz. Nunca un mal gesto, siempre dispuesto, para lo que hiciera falta.

Porque más allá de la profesión, más allá de la amistad, de los amigos en común, de la persona, de todo... Quedan tus valores. Nunca los olvidaremos, porque fueron, son y serán espejo. Por fortuna, perduran. Esa afición desmedida, esa alegría de vivir, esa sincera humildad, ese deseo de ayudar a tus compañeros –eras el primero en tirarte al ruedo para socorrer al herido, como hiciste con Chocolate después de aquella pavorosa cornada en el cuello en Ayllón a las puertas de tu casa-, esa ilusión serena. Tantos sueños compartidos en voz alta delante de un café, en el patio de arrastre o en el tendido de Las Ventas. Como el mismo domingo. Ni siete días han pasado. Fiel a los amigos, ahí estabas, apoyando a tu querido Dani, Daniel Menes, que tantas tardes te ha sacado a ti sobre sus hombros camino de la Puerta Grande. Era su presentación en Madrid no podías fallarle.

Tenías ya Teruel entre ceja y ceja. Como aquel invierno de 2012. Una mañana me desperté con un mensaje tuyo en el móvil: “Ismael, tengo una sorpresa para Semana Santa, no lo publiques aún, pero está casi hecho... Pero me tienes que hacer tú la crónica, ¿eh?”, bromeaba. La alternativa soñada. Las cosas no rodaron, ni aquella tarde ni después, y vino el parón. El banquillo. Daba lo mismo. No cambiaba esa sonrisa de su cara. Clases de toreo de salón, rifas benéficas, tentaderos con la gente de su peña... Lo que fuera. No se aburría. Pero sin alejarse del toro. Su pasión. Valdemorillo, el año pasado, hizo justicia. Triunfador rotundo. Tres orejas le pusieron a funcionar. Lo refrendó cortando una oreja en Madrid y empezó, con cuentagotas, a aparecer en más carteles y ferias. Como el fatídico de esta tarde en Teruel que, como la VERDAD de esta dura profesión, también existe. Otro ejemplo más que nos dejas. Que tomen nota los que la menosprecian y atacan, que no respetan y no comprenden la entrega hasta las últimas consecuencias. Sin trampa ni cartón. Estoy seguro de que tu pérdida hará entender a muchos. Me aferro a ello para curar la rabia que tanto duele. Duele mucho. Será la única manera de intentar asimilar que esa sonrisa perenne, que reconfortaba con sólo mirarla, nos ha dejado. Que ya no habrá más charlas, ni entrevistas, ni intercambiaremos esos mensajes que, cada vez que al pasar por tu Grajera del alma, camino yo de Cantabria, nos servían como excusa para saber que todo estaba bien. Allá donde estés, Víctor, descansa, torero. Ya lo has conseguido, amigo, eres leyenda del toreo.