La vida en blanco y rojo: Ana Catalán

El calor de la gente navarra un año después de Víctor Barrio

Los de El Puerto de San lorenzo protagonizaron un rápido encierro de 2.22 minutos. «Huracán», fue el toro que se soltó de la manada, produciendo los momentos de mayor peligro. Dos trasladados por contusiones.
Los de El Puerto de San lorenzo protagonizaron un rápido encierro de 2.22 minutos. «Huracán», fue el toro que se soltó de la manada, produciendo los momentos de mayor peligro. Dos trasladados por contusiones.

Ana Catalán tiene la casa más grande del mundo. Porque está en la Cuesta del Labrit, esquina Estafeta. Cada noche se acuesta con la bulla reggaetonera del Kabiya, pero como buena navarra que es, acoge a todo peregrino sanferminero que se precie. Es tan generosa la de Corella que no tiene llaves de casa, como Joaquín Sabina, porque las copias de su puerta circulan entre todos sus innumerables amigos. Esa es la gracia de Pamplona a diferencia de otras fiestas nacionales (¡Alguien conoce la casa de un sevillano en la feria de Abril que no sea su caseta!). Cualquier pamplonica lleva un ángel de la guarda dentro. Y los toros que salen por la mañana no hacen más que despertar a los mozos de un sueño y de la grisura del año. Ayer, un pavo llamado «Huracán», de la vacada salmantina de El Puerto de San Lorenzo, pedía paso y espacio. Ése que todo el mundo tiene cuando llega a la vieja ciudad de Iruña. El castaño de 620 kilos quería ser el jefe y por eso corría desaforado sin la compañía de sus hermanos por las calles pamplonicas. Y así salió al coso, como un auténtico jefe, aunque luego José Garrido le paró en sus ínfulas para cortarle una oreja. «Huracán» pedía sitio, ese lugar de cariño que nos da Ana Catalán cuando duerme en el suelo para que todos los viajeros se sientan en casa y nos da una menestra reparadora para la recena. Los que corren el encierro o los que sueñan que lo hacen. Pamplona como lugar de acogida, donde los tragos son lenitivos del alma y de las heridas de todos los caminos. Cuando los joteros cantan cualquier mañana brillante por navarrería o cerca de la catedral, « No te vayas de Navarra», la Catalán y tantas personas de esta tierra llevan de todos nosotros un pedazo en nuestro corazón. Cuando hace un año en el patio de arrastre de la plaza de Pamplona nos dieron el mazazo de la muerte de Víctor Barrio corrimos a refugiarnos en la camaradería navarra, en el ajoarriero, en el vino rosado de la tierra y en la buena gente.