Más difícil que tocar bien el piano

Filiberto y Expósito desaprovechan una buena novillada de La Palmosilla

El local Jorge Expósito logró pasear las dos orejas del sexto

En Algemesí (Valencia), quinta de la Feria de las Novilladas. Novillos de La Palmosilla, bien presentados, justos de fuerza pero nobles y manejables. Lleno en los tendidos.

Filiberto, de purísima y oro, pinchazo, estocada (vuelta al ruedo); pinchazo hondo, dos descabellos (vuelta al ruedo por su cuenta). Jorge Expósito, de celeste y oro, bajonazo, descabello (silencio); bajonazo (dos orejas).

Tras los dos festejos que dieron forma y vida a la segunda edición del concurso para novilleros sin picadores, Naranja de Plata, la Feria de las Novilladas retornó a su filosofía natural y a la fórmula original. Lo hizo con una novillada que concitó el interés de muchos aficionados y de toda la ciudad, no en vano se anunciaba uno de los novilleros punteros de la temporada, Filiberto, y uno de los valencianos que más esperanza despierta, Jorge Expósito, vecino, además, de Algemesí.

Enfrente tuvieron una novillada de La Palmosilla ideal para el torero. Muy bien hecha, sin el aparato de las dos lidiadas los dos primeros días, sin tampoco la cara que lucieron aquellas, pero bien presentada, muy bonita y noble y manejable en líneas generales. Sólo la falta de fuerza pudo enturbiar su comportamiento.

Sin embargo la cosa no funcionó. Vaya por delante que Filiberto dejó ver a un torero que resuelve, que sabe lo que lleva entre manos y que demostró estar puesto. Y que Expósito estuvo dispuesto y entusiasta. Pero ni uno ni otro fueron capaces de encontrar el punto de equilibrio para aprovechar en toda su dimensión el juego dado por los «Juampedros» de Javier Núñez.

Filiberto anduvo fácil y suelto con su primero, con el que abusó de tirones. Cuando halló ese punto de equilibrio entre la fuerza del animal y la velocidad y violencia de su muletazos, toreó a gusto. Tanto que se acabó confiando y se llevó un revolcón. Algo parecido sucedió con el tercero, al que tiró cuando exigió más de lo que podía el novillo y que respondió siempre cuando se le hicieron las cosas bien y con suavidad.

Al torero local quizá le pudieron los nervios o la responsabilidad de torear ante sus paisanos. No acertó a plantear su primera faena en los terrenos que pedía su oponente, aquerenciado y más renuente, y no se acopló con el cuarto, que le dio otro volteretón al ponerle en suerte y con el que anuduvo sin verlo claro.

Tampoco fue equilibrada, ni justa, la decisión del presidente de la función, que concedió las dos orejas del cuarto tras un feo bajonazo. Como decía el que fuera matador de toros Gregorio de Jesús, esto de los toros es más difícil que tocar bien el piano.