Rafael Perea «El Boni»: «El último paseíllo que hice fue muy duro, se me saltaban las lágrimas»

A sus 53 años ha colgado el traje de torear; deja atrás 37 en los ruedos

Se llama Rafael Perea, pero en el mundo del toro se le conoce como «El Boni». Matador de toros y durante 21 años banderillero. Un privilegiado de su profesión que decide a los 53 retirarse del toreo. Le llegó el descanso al guerrero. Tres meses después de hacer su último paseíllo se le nota inmerso en una revolución interna de volver a encontrar las coordenadas, pero aun así tranquilo. El amor por la profesión y la necesidad casi enfermiza de ella es el hilo conductor de la entrevista. Entrebarreras sigue habiendo mucha verdad.

–¿Cuesta decir adiós?

–Sí. Es mi adiós definitivo, se acabó. Ya no hay más.

–¿Qué ha ocurrido en estos 37 años?

–Ocurren muchas cosas, aprendes a vivir, a convivir en un estado anormal para el resto; siempre de un lado a otro. Ahora que estoy fuera veo que seguimos siendo unos locos maravillosos.

–¿Qué es lo que más echará de menos?

–Vestirme de torero.

–¿Qué hará con los vestidos?

–Los tengo todos vendidos, sólo conservo el de la alternativa y las últimas medias.

–¿Y eso?

–El problema es que no los puedo ver, no los puedo mirar. No es que me resulte doloroso, pero no puedo con ello. El de la alternativa ya es pasado y está asumido, pero esta nueva etapa... Los vestidos están hechos para torear y les dejo que se vayan por ahí a hacerlo.

–Pero el de la alternativa es intocable.

–Ése es un sueño. Tomé la alternativa, fui triunfador de un San Isidro con él, me lo hice para debutar en Sevilla de novillero...

–¿Cómo es?

–Salmón y oro con cabos de cristal.

–Ha ido en la cuadrilla de El Cid nueve temporadas ¿y antes?

–Manzanares, Antoñete, Esplá, Serafín ...

–¿Cambia mucho la historia de un torero a otro?

–Cada uno es un mundo, cada persona tiene sus manías y su manera de ver el toreo. Un banderillero tiene el doble trabajo de amoldarse a la forma del matador sin renunciar a su propio concepto.

–¿Se sufre mucho como banderillero?

–Yo pensaba que no se sufría y he sufrido mucho. Con los toros buenos porque me hubiera encantado torearlos de muleta, y los malos me han hecho pasar mal rato.

–¿Le costó dejar a un lado su faceta de matador para acostumbrarse a ejercer de banderillero?

–Cuando eres matador de toros y te haces banderillero ese matador siempre está dentro de ti. Cuesta desvincularlo de repente, a mí me costó mucho trabajo y por eso se me pasaba por la cabeza otro tipo de locuras.

–¿Cómo es su preparación?

–Como la de un matador si te lo tomas en serio. El toro te exige el cien por cien y más si quieres estar en la Champions.

–¿Cuál ha sido su toro de pesadilla?

–Uno ya como banderillero que toreé en Colmenar Viejo. Era de Hernández Pla. Actuaba a las órdenes de Javier Vázquez y me borró mi pc, no sabía por dónde me andaba.

–¿Qué es lo que más teme cuando se pone un vestido de torear?

–Hacer el ridículo. La propia vida sabes que está en juego, porque en cualquier lance y hasta en una novillada sin caballos puede ocurrir una desgracia. Pero hacer el ridículo es lo que más preocupa.

–En una temporada suman muchos viajes. ¿Se acostumbró a dormir en la furgoneta?

–No te acostumbras, pero sí es verdad que tienes que hacer todo lo posible por descansar. Antonio Ordóñez decía que el que no fuera capaz de dormir en el coche no podía ser figura del toreo.

–¿Cómo recuerda la etapa de matador?

–Esos años de novillero y de matador forman parte de un sueño, una ilusión. Cuando uno quiere ser figura del toreo el sufrimiento y el sacrificio no son tales.

–¿Y la renuncia, la conversión en torero de plata?

–Eso fue muy duro, me costó asimilarlo. Durante las tres primeras temporadas no me creía que eso iba a ser para siempre. Había triunfado en las ferias, toqué el dinero y fui maestro por un día.

–¿Qué le hizo tomar la decisión?

–Un día en Madrid, delante de un toro, me di cuenta de que no era capaz de adelantar medio metro más la muleta. Y pensé: si no vas a ser capaz de dejar tu vida, hay que dejar la profesión. En eso he sido realista. Tenía oficio para salir de la situación y que no se notara, pero yo sabía... Creo que me he dejado cosas en el tintero, pero puedo trasmitírselo a otros que quieren serlo.

–¿Y eso le llena?

–Lo único que llena a un torero es torear, y lo demás son palabras bonitas acerca de algo incierto.

–¿Y ahora qué, entonces?

–Intentaré torear en el campo y compraré algún novillo para alimentar mi alma.

–Hace poco sufrió una cornada muy fuerte, ¿se acostumbra al dolor?

–A todos nos duelen las cornadas. Luego hay personas que están más mentalizadas para este tipo de percances. En mi caso sé que fue un accidente, un descuido, y prefiero que sea en una plaza de toros que en una carretera.

–¿Es un hombre con suerte?

–Siempre he dicho que aparte de la valía te tiene que acompañar la suerte, y me ha ido muy bien.

–¿Cuál es el mejor consejo que le han dado?

–Quizá el de ser fiel a ti mismo. Se dice pronto y queda bonito pero no es fácil.

–¿Por qué se retira?

–Quiero irme antes del declive. Me he ido en silencio, el día que El Cid en Sevilla me brindó el toro fue porque se lo dije esa misma mañana.

–¿Cómo fue ese último paseíllo?

–Muy duro, a la mitad se me escapaban las lágrimas y al recordarlo se me pone un nudo en la garganta.

–¿Le veremos en 2015 por las plazas?

–Sin duda. Estoy muy agradecido a mi profesión.