Tres horas de sopor, conato de motín y «tour de force»

Tres horas y ocho toros. La tarde comenzó con conato de motín por la renuencia de la presidenta a devolver el primero, que salió sonado, como un boxeador en la lona –el pañuelo verde cayó en banderillas–, y acabó con la intensidad de un toro con carbón, transmisor y cabrón que le pidió a Garrido el carné de identidad. Se vio desbordado en alta mar. La de José Garrido ayer fue la tercera alternativa en la Maestranza en lo que va de Feria. La más esperada. Garrido lideró como un mariscal el escalafón de novilleros en 2014. Es uno de los llamados a dar el salto al poder. «Una vez que asumimos que esto está montado así lo único que podemos hacer es esperar que salga el toro y resolver la papeleta como lo hice de novillero. Nada de lo que está pasando me inquieta. Al revés: me motiva aún más. Si el sistema me obliga a jugármelo todo a una carta, resolveré la situación. Lo que no voy a hacer nunca es bajarme los pantalones». Así de claro habla en el último número de Cuadernos de Tauromaquia. Garrido ha tocado la gloria con la yema de los dedos en Sevilla. Franqueó el año pasado la Puerta del Príncipe junto a Borja Jiménez, doctorado por Espartaco. El verdadero golpe en la mesa de Garrido fue en Bilbao. En una mañana lluviosa, negra la arena y claroscuros en el cielo de Vistalegre, se despachó sin despeinarse una excelente pero difícil corrida del Parralejo, bosque verde de bravura de José Moya. Seis novillos y seis orejas en el esportón que pudieron ser más si la espada no tropieza. Garrido hace tiempo que anda ya en torero hecho, modelado. En el punto de ignición o de despegue. Pero ayer no acabaron de salir las cosas. En su primero lo mejor fue un quite ajustado por chicuelinas que acabó con un pitón en la hombrera. El sexto fue una pelea encarnizada, un «tour de force». No fue precisamente el toro con el que soñaría para el día de la alternativa.

Postdata de presencias y ausencias. La Feria va encarando la recta final y hay ausencias muy presentes. El pleito del G-5, luego derivado a pleito del G-4 –Morante, Perera, Juli y Talavante–, es el protagonista en una plaza descuadernada en Farolillos, con menos llenos y menos abundantes, con el medio bulle bulle de la calle Adriano y la calle Circo. El «no hay billetes» de Farolillos es el estado natural del acontecimiento, de la expectación vibrante, de ese Vaticano taurino que explota como un volcán después del silencio. La Maestranza y su entorno, en floración convulsa pero incompleta. Diez corridas. Sesenta toros y ninguna faena redonda. Ninguna ha sido la «repera patatera» por citar al que debe ser el hombre más querido de este país: el ínclito director de la Agencia Tributaria.