Un torero azul

El mensaje taurómaco de Jiménez Fortes cala en la Corrida Picassiana; Salvador Vega, artista y decidido con el peor lote

Natural de Jiménez Fortes bajo la atenta mirada de Picasso, ayer, en Málaga

Málaga. Corrida Picassiana. Se lidiaron toros de Luis Algarra, bien presentados y en general bajos de raza. El 1º, en cambio, fue excelente. Casi tres cuartos de entrada.

Javier Conde, blanco y oro con dibujos picassianos, estocada corta, siete descabellos, aviso (pitos); estocada corta (pitos). Salvador Vega, de gris perla y azabache, estocada caída y trasera (saludos); estocada (saludos). Jiménez Fortes, de verde oliva y oro, estocada que asoma, estocada (vuelta al ruedo tras petición); estocada (saludos tras petición).

Parecía que miraba Picasso a Jiménez Fortes con aquellos ojos dibujados en las puertas del callejón explicándote sin palabras el discurrir de la vida: primero vehementes, luego inquisidores, después reflexivos y al final sabios y cansados. Casi moribundos. El coso, ambientado por el artista francés que siente en torero, Loren, recreaba la época azul del genio malagueño. Y lo hacía con gusto y elegancia, sin excesos de nada, con la gama de azules en las tablas, las pinceladas de muletas negras y los minotauros, inquietantes, en los burladeros. Y esos ojos de Picasso que te hablaban.

Yo diría que Jiménez Fortes es un torero picassiano de esta época azul, de figuras alargadas, de dolor por el suicidio de su amigo. De desesperación, soledad y melancolía. Hay algo de todo eso en la figura de Saúl Jiménez Fortes, corneada brutalmente por los toros con poco más de veinte años. Se le ve muy sólo en la plaza, con su verdad, con su mensaje, con su inocencia. Un diamante en bruto cuyas aristas se resisten a desaparecer totalmente. Ese drama da patetismo a su tauromaquia, que huele a sentimiento y muerte. Puede que a Guernica. La afición, cansada de un incapaz Javier Conde, vibró con unos naturales tremendos y unos redondos desgarradores. Con un toreo profundo de prestancia y hasta torpeza ordoñistas. Con una faena intensa y breve frente a un toro sin bravura, el tercero de la tarde.

Después volvió a agitar los tendidos con un quite por gaoneras al quinto toro, que le correspondió a Salvador Vega. Salvador, por cierto, anduvo torerísimo todo el festejo. Jugó los brazos de cine con el capote, por verónicas, medias y chicuelinas, y al quinto lo templó por naturales magníficos pero el de Algarra, con clase, no tenía motor. En realidad Salvador se llevó el peor lote mientras que el toro de triunfo grande le tocó a un Javier Conde que no está para estos trotes. Con la noche cayendo sobre Málaga, Fortes lidió con valentía un toro sin ritmo, jugándose una nueva cornada que no estaba escrito que llegara. Tras una estocada arriba, volvieron a pedirle la oreja que de nuevo le negaron. Y se marchó triste, solitario y melancólico. Y a su paso, los ojos de un genio miraban a aquel torero azul.