Una mágica tanda de Fino y tres toros tres

Gran natural del diestro Finito de Córdoba al primer toro de la tarde
Gran natural del diestro Finito de Córdoba al primer toro de la tarde

De Córdoba lo bordó en una serie de naturales con tres notables toros de El Pilar

Maestranza de Sevilla. Séptima de la Feria de Abril. Se lidiaron toros de El Pilar, bien presentados. El 1º, gran toro, repetidor, entregado y con transmisión; 2º, noble, con menos empuje pero de buen juego; 3º, noble, de embestida profunda, hay que buscarla; 4º, deslucido; 5º, rajado y deslucido; 6º, noble y desrazado. Casi lleno.

Finito de Córdoba, de grana y oro, estocada desprendida, dos descabellos, aviso (saludos); y estocada corta (silencio).

José María Manzanares, de negro y azabache, pinchazo, estocada contraria (silencio); y pinchazo y estocada (silencio).

Daniel Luque, de marino y oro, pinchazo, estocada desprendida, aviso (saludos); y cuatro pinchazos (silencio).

Si a Fino se le ocurre repetir esa tanda de naturales... Sí, esa que nos sobrevino después de dos diestras y nos atrapó con asfixia. Si lo hace, si lo consigue, si nos lo regala se hubiera caído Sevilla sin remedio. Aquella tanda, la tanda a partir de ahora, lo tuvo todo. Largura, intensidad en un viaje cargado de emoción porque el toro iba entregado y sin fin y una calidad sublime, que le es innata a Finito de Córdoba. Antología en una serie de naturales. Después de que esos muletazos nos pasaran por encima no hicimos otra cosa que esperar el milagro de nuevo. El torero siguió por la derecha y estaba bien, pero más sucio el muletazo, menos redondo y sin esa misteriosa fuerza que nos iguala a todos ante la emoción. Cuando el toreo te agarra, te hace presa y te descuartiza si quiere. Dejó un cambio de mano soberbio y la torería que tiene sólo por estar y en estos tiempos en los que se premia la vulgaridad vale madre, pero tenía un toro importante enfrente. Uno de El Pilar bravo, repetidor y entregado. Y eso que abría tarde. Gran toro, grandiosa tanda al natural. Si lo llega a repetir...

«Portilloso» puso el listón alto, pero no quedó ahí. Salió un segundo y un tercero. Uno para cada uno para echar a andar. Manzanares se las vio con el siguiente. Y meció con suavidad los brazos a la verónica, ya descolgaba el toro, con todo lo altón que era. Bravo en el caballo llegó a la muleta con muchos matices, pero sumando buenos. Nobleza y repetición, aunque había que empujarle un poquito más. Bien José Antonio Barroso a caballo y Curro Javier y Blázquez con los palos. Un filón. Y llegó la hora de la verdad. El toro tenía una tecla clave: a más suavidad en las telas, embestida más larga y entregada. De esas veces que el toreo es caricia. Manzanares picó de aquí y de allá, pero el guiso quedó sin hacer.

El tercero tuvo una calidad tremenda, sobre todo por el pitón zurdo. Qué manera de embestir con entrega, humillado y profundidad. Y eso que pasó por el caballo como un simulacro y amagó con rajarse en los inicios. No se acordó después. Había que buscárselo pero lo entregaba sin rechistar. Daniel Luque aparentó en algunos muletazos iniciales, descubrió al toro pero luego se quedó a la espera, siempre a la espera, y así el toreo no logró esa continuidad que merecía.

A partir del cuarto fue otra corrida. Manzanares se fue a la enfermería aquejado de una gastroenteritis y regresó para matar al sexto. No fue bueno el toro ni lo superó la faena. Un deslucido cuarto no dio opciones a Finito de Córdoba y el quinto, con el que se desmonteró Abraham Neiro, se rajó y no valió para nada.

Tres toros tres. Si invertimos el orden, que también hace, y sobre todo las prioridades... Tres toros, tres.