Una tarde en los toros...

Tercio de banderillas de Antonio Ferrera, ayer, en La Maestranza
Tercio de banderillas de Antonio Ferrera, ayer, en La Maestranza

El que no ha sufrido una tarde de toros, tampoco sabe lo que es una tarde de toros. En la Fiesta hay tantas alegrías como tostaderas, siendo optimistas. Y la de Cuadri ayer en la Maestranza, con Ferrera, Leandro y Eduardo Gallo, fue de larga –dos horas y media- tostadera. Paradójicamente no acompaña en estas tardes la holgura en los tendidos. Media plaza había –siendo también optimistas-, menos que en la novillada del miércoles. No acompaña la holgura porque el «No hay billetes» contribuye a mantenernos en vilo. Siempre hay una rodilla del vecino que encajar, un codo en la riñonera, el líquido amenazante de un cubata en el suelo. En estas tardes no. El respetable coge dos asientos y comienza el ritual de las tardes de aburrimiento: estiramiento de piernas, estiramiento de brazos, bucheo de palomo, me pongo la chaqueta que hace frío, me la quito que viene el sofoco, repulgo de labios, encaje de mandíbula, encaje de camisa, encaje del cuello de la camisa, ajuste de los calcetines en el punto exacto de la corva, intenso tricoteo del «esmarfón», paquetes de pipas, mixtura de frutos secos, peladillas (¿todavía venden peladillas?...Hay quien aprovecha para hacer negocios y eso sí que... «La esquina, esa esquina es perfecta, pero hay que asegurarse bien de la licencia de los veladores...».

En el tercer toro suele estar la balanza de la corrida. O va para arriba o se desploma. Salió ayer el tercero como muchos hemos entrado en casa de madrugada. De puntillas y con los zapatos en la mano. Con la cara entre las pezuñas, gateando. Hundida estaba la corrida, pero el cetáceo de Cuadri salió a flote, vio el caballo del piquero y se fue directo como un obús, metiendo los riñones, abajo la cara, empujando con tracción trasera y delantera. El mismo carbón en banderillas y Gallo que se fue a la boca de riego a brindar el toro de bandera. Tan breve fue el desperezo de la corrida como lo que duró la intensidad en la faena. Una tanda, quizás. O al toro se le acabó el carbón o Gallo se equivocó echándose encima. El caso es que «Pleamar», el de la familia marinera de los Cuadri, el de la resurrección de la tarde, se marchó mar abajo. Eso sí, entre aplausos. También Gallo. Algo no encaja.

PD. Siguen en La Maestranza el natural y el pase de pecho haciendo soñar el macho de la hombrera izquierda de Lama de Góngora. Seguía ayer el personal recreando la tarde del día anterior. El temple, la gracia, el valor de irse andandito a portagayola... Tiene Lama de Góngora las muñecas de Pepe Luis y la espada de El Pío y no sé si eso es buen negocio. Pero tiene arreglo. El brindis a la niña del tendido, me apunta Carlos J. Trejo, hace poco que burló el toro del transplante. Suerte a los dos.