"Nightflyers": nada nuevo en el espacio exterior

Ya está disponible en Netflix esta serie de ciencia-ficción basada en una novela de George R. R. Martin, creador de "Juego de tronos".

  • La actriz Maya Eshet, conocida por sus papeles en ficciones como «Teen Wolf» o «Hasta los huesos», en una de las escenas de la serie de Netflix
    La actriz Maya Eshet, conocida por sus papeles en ficciones como «Teen Wolf» o «Hasta los huesos», en una de las escenas de la serie de Netflix

Tiempo de lectura 4 min.

10 de febrero de 2019. 02:41h

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Nando Salvà.  10/2/2019

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Lejos de la civilización, un grupo de exploradores tropiezan con un mal insondable y se topan con el más espeluznante de los finales. Así arrancaba en 2011 la adaptación para HBO de la multipremiada saga «Una canción de hielo y fuego», de George R.R. Martin, que logró alcanzar el primer lugar de la lista de «best sellers» del «New York Times» tras su publicación. Y también de ese modo se abre el telón de «Nightflyers», basada en otra de las novelas del creador de los Siete Reinos. Se trata de una historia del todo diferente –quienes busquen dragones, caminantes blancos, batallas entre ejércitos y enanos tendrán que hacerlo en otro sitio–, pero contiene elementos similares: rivalidades, cruces de acusaciones y villanos peligrosos que pueden o no ser evidentes.

Recién estrenada en Netflix, la serie está ambientada en 2093, cuando la Tierra está azotada por enfermedades y los humanos han colonizado la Luna. El foco se centra en un puñado de pasajeros a bordo del Nightflyer, una nave que se dirige a lo más profundo del espacio con el fin de entrar en contacto con una forma de vida extraterrestre que podría ser la clave para salvar a la humanidad de sí misma. Quizá no haga falta decir que las cosas empiezan a ponerse mal bastante rápido, entre otros motivos, por las extrañas alucinaciones que se apoderan de la tripulación de la embarcación.

Es una premisa interesante, o al menos lo sería si al desarrollarla «Nightflyers» recurriera a algo más que al mero reciclaje de elementos de otros relatos de ciencia-ficción. Ya vimos a un grupo de exploradores espaciales enfrentados a amenazas misteriosas y desconocidas en la obra de Ridley Scott «Alien: el octavo pasajero» (1979) y en «Solaris» (1972), del director ruso Andréi Tarkovski. Además, la nave donde transcurre la acción parece estar embrujada. Y no solo eso: contiene una computadora central, remedo del HAL 9000 de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke, que primero provoca a los humanos visiones surgidas de lo más profundo de sus mentes y luego trata de matarlos.

Por lo que respecta a los personajes, también ellos son pura convención –uno vive atormentado por la muerte de su hija, otro también sufre por la pérdida de un hijo, otro padece traumas maternos–, y muchos de ellos sirven solo para reproducir otra vez más una metáfora que a estas alturas ya está más que gastada: el espacio exterior como vía de escape del dolor. Asimismo, son seres de psicología inconsistente, que rebotan como pelotas de ping-pong de una emoción a otra.

Al menos en sus compases iniciales, es cierto, la serie resulta intrigante por algunos rasgos de los que dota a su idea del futuro que se avecina para el planeta. Se trata de un universo, de entrada, en el que algunos humanos son telépatas; un miembro de la tripulación está modificado genéticamente para sobrevivir mejor en el espacio, y el cuerpo de otro parece ser idóneo para la apicultura. Asimismo, en su versión de la Tierra hay un nuevo tipo de terapia que permite a las personas borrar recuerdos, como si fueran Jim Carrey en «Olvídate de mí» (2005). En esos primeros episodios, además, «Nightflyers» se las arregla para imprimir en el relato una indudable energía narrativa y al mismo tiempo mantener el suspense, aunque para ello se apresure de una secuencia absurda a la siguiente en un esfuerzo por evitar que la historia se derrumbe bajo el peso de sus numerosas inverosimilitudes.

Problemas narrativos

En todo caso, lo que parece ser el gran giro argumental de toda la ficción es desvelado durante su primer tercio de metraje, y los intentos posteriores de mantener viva la intriga acumulando subtramas –un embarazo, una plaga, una niña asesina, una nave de caníbales espaciales– se muestran cada vez menos efectivas. Hay un episodio completo, por ejemplo, que gira en torno al intento de encontrar un personaje oculto en las entrañas de la nave y que podría haber sido despachado en una secuencia o dos, alargándose la trama.

Más irritante aún, eso sí, es la negativa de «Nightflyers» a atar cabos narrativos. Hasta cierto punto es comprensible que sus responsables sean reacios a dar respuestas que inevitablemente resultarán ser menos satisfactorias que las cuestiones que las motivaron, pero en todo caso resulta llamativa la cantidad de pequeños misterios que se introducen y se quedan colgando. Pero en última instancia el gran problema de la serie es otro: ninguna historia de naves espaciales que incluye una araña robótica gigante de cuyos ojos salen láseres rojos, y que encima es un «greatest hits »de otras mejores, debería tomarse a sí misma tan en serio.

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