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¿Está lloviendo? Métete en la cama de la Triste Condesa

En Arenas de San Pedro encontramos un castillo donde refugiarnos de la lluvia otoñal

Castillo de Arenas de San Pedro.
Castillo de Arenas de San Pedro.Lancastermerrin88creative commons

Nuestra vida no vale una moneda de plata y saberlo nos resulta liberador. Zigzagueamos cuesta abajo por los pinares de la Sierra de Gredos de camino a Portugal, escuchamos los mordisqueos juguetones de los riachuelos devorando la piedra, el cielo se encapota con una gama de colores grises y plateados. En cualquier momento puede caer la primera gota de lluvia y, acompañándola con una fidelidad estremecedora, como un trueno, como un rayo de carne y hueso, tras esa primera gota húmeda puede correr el cuchillo del asesino buscando nuestro corazón. Nuestra vida no vale una moneda de plata y saberlo es un alivio. Porque todavía quedan 500 años para que la televisión nos venga diciendo milongas de que nuestra vida es casi sagrada, un regalo de un valor incalculable, única, solo para llenarnos de esperanza infantiloide antes de escupirnos de vuelta al lodo acumulado de la sociedad. Caminando por la Sierra de Gredos, tirando con insistencia del borrico, escupiendo al suelo, mirando de reojo si aparecen los asesinos, nadie nos engaña con cuentos ridículos y mientras tomamos conciencia del escaso valor de nuestra vida, la existencia recibe una deliciosa carga de dinamismo y realidad, mucho más satisfactoria que cualquier ilusión artificial sobre nuestra importancia.

Está a punto de llover. Necesitamos encontrar pronto un refugio contra la lluvia y los bandidos. No muy lejos está la villa de Arenas de San Pedro (Ávila). Donde sabemos de buena tinta, porque nos lo comentó un monje gallego que nos cruzamos hace pocos días cerca de Toledo, que allí hay un castillo habitado por una viuda poderosísima y nostálgica a rabiar. Es doña Juana de Pimentel, conocida por estos lares como “la triste condesa”.

¿Un castillo maldito?

No son pocos los rumores que circulan entre la plebe sobre el castillo de Arenas de San Pedro. Los juglares más ingeniosos cantan acerca de la edificación de piedra como si se tratara de una criatura con movimientos propios, la tildan de gigante, de montaña ultrajada, de edificio maldito por el discípulo más mezquino del archiconocido mago Merlín. Porque ya desde antes de su construcción trajo de cabeza a su propietario, al condestable Ruy López Dávalos, que inicialmente quiso edificarlo en Colmenar (actual Mombeltrán) pero se encontró con una firme negativa de la población local. Igual que hoy nos negamos a la construcción de molinos de viento en nuestras localidades para enfrentarnos a las todopoderosas eléctricas, los habitantes de Colmenar se enfrentaron entonces al condestable, alegando que la construcción del castillo susodicho era una muestra evidente de la opresión señorial, una vergüenza, una infamia que no estaban dispuestos a subvencionar con sus impuestos.

Vista del pantano de Arenas de San Pedro.
Vista del pantano de Arenas de San Pedro.Asqueladdhttps://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es

Con el poderoso rabo entre las piernas Ruy López Dávalos no tuvo otro remedio que construir su castillo en Arenas de San Pedro. Y para más inri, para mofa de sus amigos nobles, con las prisas tuvo que construirlo en la zona más baja de la localidad, cuando lo habitual era plantar los castillos en lo alto para acrecentar la simbología del poder. Pero la cosa no acaba aquí. El condestable era un tipo muy poderoso. Luego construyó el castillo, luchó un puñadito de guerras, ocurrieron huracanes de acontecimientos y favores y susurros en las esquinas de palacio, Álvaro de Luna (ahora hablaremos de él) le acusó ante la corte de negociar con los apestosos musulmanes y finalmente fue desterrado a Valencia, donde murió sin pena ni gloria y lejos de su sufrido castillo.

¿El castillo está maldito? Ya salimos de la arboleda de Gredos, siguiendo el río Tiétar como un hilo blanco al que aferrarnos, y suena (parte el cielo) como un látigo el primer trueno de la tarde. En las tormentas peligrosas caen los rayos antes que la lluvia. Sucios campesinos descerebrados, caminamos jadeantes hacia los brazos blandos y delicados de la triste condesa, fantaseamos con sus piernas nobles y blancuzcas abiertas de par en par. No somos pecadores, nada de eso. Es solo que estamos muy cansados.

Destierro o decapitación

Definitivamente está maldito. Después de casarse con Juana de Pimentel, Álvaro de Luna maquinó la traición contra su colega Ruy López Dávalos, y tras conseguir su destierro a Valencia pudo adueñarse de todas sus tierras, incluyendo, como es lógico, este castillo por estrenar en Arenas de San Pedro. Álvaro de Luna es la mano derecha de Juan II de Castilla (padre de Isabel la Católica) y el reino danza como alocado en la palma de su mano encallecida, saltando de mano en mano hasta que alguien venga a aplastarlo. Nadie tiene valor para enfrentarse a Álvaro de Luna, condestable de Castilla, maestre de la Orden de Santiago y valido del rey Juan II, ingeniero de guerras, conde de tropecientos condados y dueño de tantas tierras que ni siquiera él se las sabe todas. Para que el lector se haga una idea de su inmenso poder, le ruego que coja un mapa y que busque Arenas de San Pedro y San Martín de Montalbán. El espacio comprendido entre una y otra localidad era solo una porción de sus territorios.

Maqueta del Castillo de Arenas de San Pedro.
Maqueta del Castillo de Arenas de San Pedro.Alfonso Masoliver Sagardoy

Pero el castillo está maldito. Fantaseamos con ser nosotros los próximos en sufrir su hechizo, siempre y cuando nos pille acomodados junto al fuego y con el brazo rodeando la fina cintura de nuestra triste condesa. Porque nadie esperaba que el propio Álvaro de Luna fuera a caer fulminado por la maldición. Pero detrás de él apareció un nuevo hombre ambicioso, igual que él apareció tras Ruy López Dávalos, surgió un hombre de nariz afilada y ojos como cuchillos: Juan Fernández Pacheco y Téllez Girón. Otro que sabía que la vida no vale una galleta salada. Envenenó los oídos de Enrique IV (hermano de Isabel la Católica) hasta que consiguió que Álvaro de Luna fuera decapitado. Luego serpenteó por la corte para hacerse con el castillo de Arenas de San Pedro, procurando casar a su hijo con la única hija del valido descabezado.

El castillo está maldito pero la triste condesa parece determinada a acabar con el conjuro. Se niega en redondo a casar a su hija con el heredero del asesino de su marido (que parecerá lógico, pero Julio César estuvo casado con la hija de Pompeyo) y se retira al castillo de Arenas de San Pedro, donde vive cobrando impuestos a los peregrinos que pasan por sus tierras. Dicen que en ocasiones permite que los viajeros descansen en sus cocinas o sus porquerizas. Eso dicen. Y ya vemos la silueta de piedra que destaca por encima de las miserables casuchas de la villa. Caen las primeras gotas de lluvia como una sustancia densa y pegajosa que se nos atranca en los pulmones. Tiramos con impaciencia de nuestro borrico para abalanzarnos a los brazos de la noble señora.

Epílogo

Tal y como vaticinamos, nuestra vida no vale una moneda de plata. Después de llegar al portón del castillo, golpeamos la madera con su aldaba y pedimos a sus habitantes, invocando el nombre de Santiago y de nuestro Señor Jesucristo, cobijo para pasar esta noche húmeda y despiadada. Se nos permitió la entrada y cuando todo el castillo dormía, nos deslizamos como serpientes por las escaleras de la torre del homenaje hasta entrar en la alcoba de la condesa. Mírala ahora. El fino labio superior se le levanta mientras duerme, su rostro pálido acrecienta su dulzura cuando lo colorea la gélida luz de la luna. Parece como si ya estuviera muerta. Poseídos por una maldición inquebrantable y muy superior a los rezos de los beatos, con el demonio Asmodeo metido hasta en el tuétano de nuestros huesos, nos abalanzamos babeantes a por ella y rozamos con los dedos mugrientos su piel de mármol portugués. Pero no tenemos tiempo para nada más: la máscara de porcelana abre los ojos y chilla, su aullido penetra en nuestros oídos y nos paraliza, y rápidamente la espada del guardia se inserta implacable en nuestra espalda. Nuestra vida no vale una moneda de plata pero nuestra carne servirá para alimentar a los gorrinos.

Así se cumple la maldición con todos los validos, los hombres poderosos, los violadores, los peregrinos. Nadie sale indemne del escarmiento del castillo de Arenas de San Pedro ni del encanto fantasmagórico de la triste condesa. Pero tú puedes intentarlo, todavía... quizá encuentres refugio durante una tarde de otoño el siglo XXI, algún día que llueva.