Buscando barco desesperadamente

Relax en la playa de Diani Beach, en la frontera entre Tanzania y Kenya
Relax en la playa de Diani Beach, en la frontera entre Tanzania y Kenya

Estaba lista para zarpar: mi vida ya estaba empaquetada y repartida por varios trasteros entre Madrid y Marbella, el lugar a dónde había emigrado para vivir los últimos meses de mi existencia sedentaria. No tenía un rumbo claro pero sí quién sería mi compañera de viaje: mi amiga Raquel López-Varela.

Ella me esperaba en Mombasa, el bello puerto Keniata, ayudando en los preparativos de puesta en el agua del Jambo, una antigua goleta de 25 metros y dos palos, propiedad de un turco establecido en Kenya con el que habíamos acordado navegar por la costa africana. Él buscaba compañía para navegar, y nosotras un barco que nos aceptara sin experiencia.

Erdinc Elsek, así se llamaba el empresario de origen turco afincado en Mombasa con quién teníamos previsto navegar bordeando la costa africana. No fue sólo la idea de navegar durante tres meses y conocer lugares como Malindi, Kilifi, Lamu, Pemba, Zanzíbar, Reunió o Seychelles sino además el hecho de que pudiéramos hacerlo gratis, sin ni siquiera trabajar en el barco más allá de cocinar de vez en cuando. La propuesta del conocido empresario era, sobre el papel, demasiado atractiva para desecharla pese a que implicaba descartar el reto que nos habíamos marcado desde un principio: cruzar el Atlántico a vela, que decidimos postponer.

Sin embargo, el panorama con el que se encontró mi amiga distaba mucho de lo que nos habíamos imaginado. El Jambo no estaba listo para zarpar y pese a que una cuadrilla de más de cuatro personas trabajaba a destajo en él, aún quedaba infinidad de cosas por hacer antes de levar ancla. Raquel, decidió entonces dejar la plácida vida en la finca situada en los alrededores de Mombasa, dónde Erdinc vivía con sus tres hijas adoptadas que la adoraban, para trasladarse al barco con el objetivo de impulsar y acelerar los trabajos de restauración de la bella goleta.

Raquel se puso manos a la obra con la energía que la caracteriza. Se ocupó de organizarla y ordenar la cocina y ayudó activamente en el lijado y barnizado tanto de la cubierta, como de los bancos y mesas del exterior, e incluso trabajos de electricidad, como poner los apliques del interior.

Mientras mi amiga se adaptaba a la vida africana yo me había acoplado a la buhardilla en el barrio de Salamanca de mi amiga Ludmilla García. Reencontrarme con ella después de casi treinta años desde que trabajamos juntas en Canal Plus fue maravilloso. Recordaba a la Ludmilla inflexible y autoritaria que ejercía como productora de Lo + Plus y apenas podía creer que hubiera abandonado su exitosa carrera televisiva para abrazar una disciplina espiritual llamada MLC a la que se había entregado en cuerpo y alma. Ella me regaló unas meditaciones guiadas que durante 21 días recibiría por Whatssap, convencida de que en mi nueva vida, era preciso también una regeneración espiritual.

Estaba deseando viajar a Kenya pero no podía hacerlo hasta pasado el 15 de octubre, cuando tendría lugar la vista previa por la querella que he interpuesto contra Mila Ximénez por coacción, calumnias y obstrucción a la justicia.

Dos fechas y dos nombres marcan el inicio y el final de mi travesía.

Dos fechas en rojo en mi calendario, el 15 de octubre de 2018 y el 14 de marzo de 2019, marcan el inicio y el final de mi travesía. Son las fechas en las que tendría que verme las caras, esta vez en los juzgados, con Mila Ximénez y Belén Esteban, las populares colaboradoras de Sálvame, el programa del que salí con un amargo sabor a bilis hace dos años tras emprender este proceso contra la mal llamada princesa del pueblo.

Mila se hizo esperar más de dos horas. Llegó en el coche de su abogado, cubiertos los ojos con unas gafas de sol y enfundada en unas mallas negras viejas, unas cómodas botas y sin maquillar. La imagen que daba distaba mucho del glamour con el que se disfrazaba cada tarde en Sálvame. Llegaba de prestar declaración, como testigo, contra la que había sido su altar ego, Mónica Gil, a quién presentaba como su íntima amiga desde hace tantos años que su memoria no encontraba el dígito adecuado. La amiga de la que renegó públicamente, lanzándose a cuchillo desde su atalaya televisiva, al ser acusada de estafar a un sinfín de personajes conocidos.

Resultaba paradójico que Mila, que venía de declarar en un proceso penal contra su mejor amiga, esbozara en su defensa en la vista previa en la que nos encontramos, que las amenazas y calumnias que contra mí vertió fueron motivadas por su enfado al saber que yo, iba a declarar como testigo de Makoke en la demanda que la ex mujer de Kiko Matamoros había interpuesto contra ella.

Tras comparecer en los juzgados ya nada me retenía en Madrid. Así que compré el billete más barato que encontré a Mombasa: un billete sólo de ida para el 19 de octubre.

Dos días antes de la salida del vuelo a Mombasa, cinco llamadas de Raquel a las 7 de la mañana me hicieron presagiar lo peor. Raquel me anunciaba que se volvía a Madrid. Fue entonces cuando me contó que el turco parecía estar ilusionado con ella y que, se había enfadado al haber aceptado Raquel la invitación de un amigo londinense para ir a conocer Diani, una localidad en la frontera con Tanzania, conocido por sus playas paradisíacas y paisajes maravillosos.

Nuestro único objetivo y así lo habíamos dejado claro, era aprender a navegar y viajar por el mundo a vela. Para ello, habíamos creado nuestros perfiles en páginas profesionales que ponen en contacto a armadores con posibles tripulaciones. No imaginábamos que en este tipo de webs tan especializadas pudiéramos encontrar gente que se aprovechara de nuestro sueño para entablar relaciones más allá de la amistad o la camaradería marinera.

«El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse». Winston Churchill

Volvíamos a empezar de cero. Tras la decepción sufrida con Erdinc, con quién habíamos contactado a través de Crewbay, decidimos viajar a Canarias, para hacer una búsqueda in situ de posibles barcos y tener así la oportunidad de conocer a sus propietarios en persona. En las Canarias se concentran la mayor parte de los barcos que se dirigen al Caribe, especialmente en el muelle deportivo de Las Palmas, desde dónde zarpan centenares de veleros que apoyados en la cobertura de las tres regatas oceánicas que organiza ARC cruzan el Atlántico en Noviembre.

Llegamos a Las Palmas el 25 de octubre y nos alojamos en la casa de un amigo de Raquel en Tafira Alta. Nos hicimos unos carteles ofreciéndonos como tripulación y nos dirigimos al puerto para colocarlos en sitios estratégicos. Al cabo de una semana, recibimos una llamada de un capitán español, apodado Tolo, que tenía previsto zarpar en los próximos días rumbo a Saint Marteen.

Quedamos con Tolo y un amigo suyo en el Sailor´s, el icónico bar del muelle deportivo. Conocerlos y decidir que queríamos irnos con ellos fue todo uno. Eran encantadores, divertidos, guapos y con ese aspecto pirata que resulta tan atractivo. Teníamos claro que eran la compañía perfecta. Viajaban en un catamarán que debían entregar en una isla del Caribe dónde se quedaría charteando durante la temporada. Querían salir, si era posible, al día siguiente a las diez de la mañana, tras hacer una compra y cargar de gasoil el tanque. Teníamos mil cosas que hacer y que comprar para poder embarcarnos al día siguiente pero dijimos inmediatamente que sí.

A primera hora del viernes 2 de noviembre, día previsto para levar ancla, recibí la llamada de Tolo dándome la peor de las noticias: el armador se negaba a que se embarcara Raquel. Sorprendidas e intrigadas, tratamos de averiguar quién era el dueño del barco y de qué conocía a Raquel. Recordamos que Tolo nos había dicho el nombre de la empresa propietaria del catamaran: GOA. Entramos en Facebook y bingo! Goa Catamaranes aparecía relacionada con un amigo de Raquel: el guionista de cine, Carlos Moro, sobrino de uno de mis escritores preferidos, el gran Dominique Lapierre.

Mi compañera de aventuras no daba crédito. Se trataba del ex marido de una íntima amiga suya, Carolina Punset, hija del escritor y político, Eduardo Punset a quién Raquel había acogido en su casa con sus hijas mientras buscaba una casa en Alicante dónde trasladarse tras su separación. Raquel siempre había tenido muy buena relación con el matrimonio pero estaba claro que el odio que Carlos sentía hacia su ex mujer lo había hecho extensible a todas sus amistades.

Después, llamamos a Tolo para transmitirle el resultado de nuestras pesquisas con la intención de que Carlos supiera que le habíamos descubierto. No tardó en mandarle un mensaje a Raquel para ahogarse en un mar de explicaciones a cada cual más absurda. Carlos trató de justificarse apelando en primer lugar a la amistad que mantenían sus hijas con los de Raquel y con el padre de sus hijos, asegurando que si ocurría alguna desgracia en la travesía él se sentiría responsable. Después, trató de enmendarlo, asegurando que otros de los motivos para negarse a que Raquel se embarcara era que el barco no tenía seguro para la tripulación, algo poco creíble, dado que es absolutamente obligatorio para barcos que se dedican profesionalmente al charter.

Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Con la moral por los suelos, ni nuestra frase favorita ante la adversidad “todo pasa por algo” conseguía aliviarnos. Los días pasaban y seguíamos sin opciones para navegar.