Viajes

Sri Lanka huele a paraíso natural

Playas sin fin, inmensas plantaciones de té, ruinas eternas y olor a canela: la antigua Ceilán es un destino irresistible para los que buscan relax, paz y calidad

Playas sin fin, inmensas plantaciones de té, ruinas eternas y olor a canela: la antigua Ceilán es un destino irresistible para los que buscan relax, paz y calidad

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Sri Lanka lo tiene todo para ser considerada como un auténtico paraíso. Su nombre, sonoro y exótico, invita a soñar con fabulosas playas solitarias, frondosas montañas y vestigios de una civilización milenaria. Una vez aquí, todas esas expectativas se ven cumplidas con creces. Es una tierra apacible como pocas, de espíritu sereno y con altas dosis de espiritualidad. Su gente es un ser afable, siempre dispuesta a regalar una sonrisa sincera o mostrar su hospitalidad. Un simple «ayubowan» (que en cingalés significa «que tengas larga vida») es motivo suficiente para intentar entablar una agradable conversación. Es admirable comprobar cómo estas personas han sabido curar las heridas de una cruenta Guerra Civil y superar los estragos del tsunami que asoló parte de sus costas aquel fatídico 26 de diciembre de 2004 y que se llevó la vida de más de 30.000 personas.

Cuenta una leyenda que unos navegantes árabes arribaron, por casualidad, en las costas de una pequeña isla situada al sur de India. Ninguno de ellos podía imaginar, en el momento del desembarco, las enormes riquezas que allí les aguardaban. Tal fue su asombro que decidieron llamarla Serendib, que significa «descubrir casualmente algo muy bello». Desde entonces, la isla ha sido deseada y conquistada una y otra vez, y bautizada con infinidad de nombres como Lanka, Lankadweepa, Simondou, Taprobane y algún otro, mucho más poético, como la Lágrima de la India. Entre los siglos XVI y XVIII, bajo el dominio de las grandes potencias coloniales, se convirtió en parada estratégica en la Ruta de las Especias. Desde aquella mítica Ceilán, zarpaban los barcos con rumbo a Europa y con las bodegas repletas de los mayores tesoros comerciales de la época: té, canela, cardamomo, clavo, nuez moscada o pimienta.

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Con un alarde de paciencia, una de las cualidades más característica de sus gentes, supieron esperar hasta 1972 para recuperar su nombre primigenio, Sri Lanka, el Venerable Lugar, el que fue considerado por Marco Polo como «la isla más bella del mundo». Evidentemente, comparada sólo con las que el veneciano llegó a conocer.

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La puerta de entrada natural al país es el aeropuerto internacional de Colombo, cercano a su capital. No es el enclave más atractivo de la isla, pero merece la pena dedicarle al menos un día. Entre sus atractivos se encuentra el pintoresco barrio de Pettah, con multitud de puestos callejeros, donde se pueden realizar las primeras compras o probar alguna de las delicias gastronómicas locales. El Monumento a la Independencia es otro punto clave: reproduce la sala de audiencias de un palacio real y fue construido en memoria de la Emancipación, en 1948, del imperio británico.

Kandy, la ciudad sagrada del budismo, es la segunda población más grande de Sri Lanka y fue la sede de los reyes cingaleses antes de ceder el poder a los británicos. Está situada entre varias colinas, lagos y bosques que consiguen suavizar el clima y hacerlo mucho más soportable que el de la capital. Este destino se ha convertido en un importante centro de peregrinación gracias al Dalada Maligawa, el templo donde se guarda celosamente la reliquia más sagrada del país: un diente de Siddhartha Gautama, el primer Buda.

A 170 kilómetros, una enorme piedra volcánica de 195 metros de altura emerge entre la espesura del parque nacional de Minneriya Giritale. Es la Roca del León, en cuya cima el rey Kasyapa construyó una fortaleza para alejarse de la ira de su hermano, a quien había usurpado el trono después de matar a su padre, uno de los palacios más fastuosos que hayan existido en el continente asiático. La ascensión se comenzaba por las fauces de un gigantesco león tallado en la roca, aprovechando el perfil del peñasco, del que ahora sólo son apreciables sus terroríficas garras. A medio camino de la cima se alzan las «Mujeres de la Pared del Espejo», un enigmático conjunto de maravillosos frescos que representan un conjunto de seductoras doncellas que exhiben sus pechos. Son las únicas pinturas antiguas de Sri Lanka que no representan motivos religiosos.

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Otro enclave que nadie debería perderse durante su estancia en el país es el templo sagrado de la Roca de Dambulla, también conocido como el Templo de Oro. Su origen se remonta a más de 2.000 años y está formado por 80 cuevas (sólo cinco de ellas están abiertas al público) dedicadas al culto budista. A modo de un gigantesco manto, varios frescos de colores del siglo XII cubren techos y paredes. Hay estatuas de Buda por doquier (se dice que son 150) y, entre ellas, destaca una, en posición reclinada, de 15 metros de longitud. Al igual que Sigiriya, Dambulla fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El té de Ceilán

El café fue el cultivo por excelencia en la isla y la mayor fuente de riqueza (por encima de las especias) hasta que la devastadora plaga de 1870 acabó con su labranza, lo que provocó el abandono de las plantaciones y el regreso de los terratenientes a Europa. Fueron los británicos, que llegaron tras portugueses y holandeses atraídos por las especias, los que introdujeron el cultivo del té en Ceilán, pensando que la alta humedad, las bajas temperaturas y las lluvias serían aliados perfectos para conseguir un producto de alta calidad. Hoy en día, Sri Lanka se ha convertido en uno de los primeros países productores y exportadores de té del mundo y su cultivo constituye el verdadero motor económico del país, con más de 200.000 hectáreas que dan trabajo a más de millón y medio de personas.