martes, 27 junio 2017
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Cultura

«Dog Café»: golpes de soledad

  • Rosa Moncayo debuta en la novela, con 23 años, con un relato confesional sobre la difícil maduración de una joven

Rosa Moncayo
Rosa Moncayo

¿Recuerdan a Sylvia Plath, la metáfora de la higuera? "Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger". Crecer implica elegir, mudar de piel como los insectos, desajustarse de quien eras. "Entonces pasaron los años, como si crecer fuera una enfermedad degenerativa", relata la protagonista de "Dog Café" (Expdiciones Polares), el llamativo debut de Rosa Moncayo en la novela con tan solo 23 años. De ese desarreglo entre la infancia y la edad adulta trata este libro. De eso y del único aprendizaje legítimo entre personas inteligentes: el de la soledad. "Para mí, el tema principal de ''Dog Café' es la reivindicación de la soledad en todas sus formas -explica Moncayo a LA RAZÓN-. Creo que tengo debilidad por los temas turbios, prefiero escribir sobre lo que la gente evita pensar, temas incómodos, por eso quería perfilar una novela en la que la protagonista se mantuviese estable viviendo una situación grave y se pudiera observar una evolución explícita en el personaje".

Várez, la protagonista del libro, una joven perfeccionista crecida en la burbuja familiar, asistirá al derrumbe de sus expectativas en la soledad acuciante de la ciudad (primero Madrid, luego Seúl, de nuevo Madrid) y a su incapacidad de gestionar sus emociones ante los primeros bofetones de la realidad: una relación fallida, un aborto traumático, el insomnio y los hipnóticos. Su reacción será hacia adentro, como el caracol amenzado: "Me abrazo a mí misma como si pudiera protegerme de cualquier hostilidad". El orgullo la defiende de su propia necesidad de afecto, de su miedo a defraudar. Hasta dar con la crueldad autoinflingida, la insoportable vanidad de la autodestrucción: "Solamente los mediocres pueden dejar de sufrir", alega la protagonista.

Para Moncayo, "la escritura consiste en dejar marca" sin evitar las zonas oscuras, los puntos ciegos. La suya es se vehicula a través de un relato confesional (Annie Ernaux y Emmanuel Carrère, dice, son sus grandes referentes) en el que cada frase, por corta que sea, aspira a concentrar la expresividad. Mucho adeuda su escritura a la formación de la autora (y de la protagonista de ''Dog Café'') en economía y matemáticas. Desde el prólogo, con una mención a la espiral de Fibonacci, Moncayo nos alerta de que cada evolución de Várez, la joven protagonista, inaugura, como la higuera de Plath, mil posibilidades y sus contrarios, y que “la respuesta correcta no viene dada por una decisión correcta”. “Me gusta tratar las palabras con la misma delicadeza y atención que los números -señala Moncayo, analista de datos en una multinacional-. Me gusta condensar el texto y cargarlo de detalles minuciosos, adjetivarlo de manera poco casual, darle forma para obtener un resultado pero que al mismo tiempo sea lírico, que no pierda esa carga poética e intimista”.

En el súmmun de su aislamiento, de su depresión, Várez diseña un juego macabro que es, al mismo tiempo, una protesta contra el mundo y una llamada de auxilio: provocar empujones con transeuntes elegidos a caso; chocar e increparlos, o tal vez pedirles perdón pero en cualquier caso y ante todo chocar. Porque la vida, en resumen, es aprender a golpes la distancia con los otros y es elegir, con o sin método, bajo que higuera echarnos a reposar.

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