Manchester

El cuento del «procès» de los Guardiola

Desde 2003, la carrera en el independentismo de la hermana del ex entrenador del Barça ha sido meteórica. Hoy cobra 80.000 euros como representante ante los países nórdicos.

Francesca, hermana de Pep Guardiola, es delegada de la Generalitat ante los países nórdicos
Francesca, hermana de Pep Guardiola, es delegada de la Generalitat ante los países nórdicoslarazon

Desde 2003, la carrera en el independentismo de la hermana del ex entrenador del Barça ha sido meteórica. Hoy cobra 80.000 euros como representante ante los países nórdicos.

En el clan Guardiola, la mayor de los hermanos vive de la política y el menor lo hace del espectáculo, el alfa y omega de la realidad catalana de los últimos años. Francesca es la actual delegada de la Generalitat ante los países nórdicos y Pep es entrenador de fútbol, dos devaluados símbolos del pan duro y del triste circo en el que se ha transformado el escenario político y social en Cataluña.

El «procès», al igual que todas las tragicomedias, cuenta con un elenco de protagonistas y un contexto espacial y temporal: los dos hermanos Guardiola i Sala, estrellas en este libreto, atraviesan los años desde Santpedor hasta Copenhague, de Barcelona a Mánchester, pasando por Qatar, en un cuento hadas, dragones, brujos y fantasmas.

Cuando se habla del «procès» catalán debe comprenderse un órdago de las élites con pretensiones de acaparamiento en un chiringuito donde, finalmente, vivaquean los de siempre. Alcanzar el grado de «embajadora» le ha costado lustros de abordaje a Francesca Guardiola i Sala (Santpedor, 1963). Que el Tribunal Constitucional rebajara el contenido semántico del departamento de «Exteriores» creado por Artur Mas, defenestrado por el camino de la CUP, no ha impedido que su protegida, la hermana del mito barcelonista, haya arribado al núcleo del independentismo y su farsa.

Desde 2003 hasta hoy, la mayor de los Guardiola ha sido, en una escala ascendente de relevancia, jefa de la Oficina de Protocolo en el departamento de Educación, jefa de Relaciones Institucionales del Parlament catalán, subdirectora y enseguida directora de Relaciones Exteriores de la Generalitat, después de que los representantes de Unió, histórico socio de Convergencia, abandonaran el barco en previsión del temporal y del naufragio.

Las escaladas políticas tienen mucho de juego de naipes. En 2016, la antigua europarlamentaria del PSC María Badía dio con el rey de copas y sustituyó a Francesca Guardiola de la dirección dirigida por el ínclito Raül Romeva. Pero, siendo quien es, a la hermanísima la colocaron en un puesto de nueva creación para una agencia, jugada por la que atizó durante semanas con el mazo el sindicato UGT. La polémica, trufada de un salario anual de cerca de 80.000 euros, encontró eco también en el Parlament.

Sólo meses después, el pasado abril, Francesca Guardiola fue nombrada delegada de la Generalitat en Copenhague para los países nórdicos, un mando en plaza adecuado a quien tiene por esposo a una Excelencia de España, Ramón Camp, poseedor de la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort e histórico de Convergència.

En el chiringuito del «procès» siguen apostados los de siempre. Y, aunque el poder acaudalado lleva en la boca el carné de la antigua Convegencia, reunido ahora con ERC en Junts pel Si, algunos deben de impostar de camino a la urna, pues optan en el colegio electoral por el látigo y el cilicio infantiloides de la CUP. La mayoría de sus votantes, según el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat, se encuentra en el rango de entre los 2.000 y 5.000 euros mensuales. Es en efecto la riqueza, por lo que observa, la que pretende desconectarse de los parias de los otros, los otros españoles.

Nada tendrán que decir los ricos votantes de la CUP ante la lección «ética» de sus líderes al atribuirle al Rey Felipe la responsabilidad del atentado en Barcelona. Ni tampoco de los estrechos vínculos del menor de los Guardiola, Pep, con Qatar, situado en ese mismo eje del mal de financiadores del terrorismo, vocifera la CUP, de Arabia Saudí.

Tal vez lo justificaran con la pela, pues Pep Guardiola vivió dos años en Doha después de firmar en 2003 por el Al-Ahli qatarí. Una experiencia excepcional, contó el futbolista más tarde, un lugar «seguro», afirmó, donde «tienen libertad», aseguró durante la rúbrica del patrocinio del país árabe con el Fútbol Club Barcelona. El hoy entrenador del City ejerce desde entonces, como su hermana, de diplomático; es el embajador plenipotenciario del emir qatarí ante la FIFA, que le concedió el Mundial de 2022.

La relación entre Qatar y Guardiola, icono del «procès» tras lo de la «España opresora» después de trabajar para que honrados jerarcas futboleros le diesen el Mundial a su señorito, no ha sido considerada por la CUP. Igual sean los árabes el elemento clave en la misteriosa compra de las urnas del referéndum, sin constancia todavía en las cuentas que Junqueras presenta semanalmente en Hacienda. Los despilfarros de las oficinas «consulares», no obstante, son distintos, ésos sí van a cargo de los contribuyentes.

Así, los 80.000 euros que recibe la hermana mayor de los Guardiola por su labor de representante ante los países nórdicos han de agregarse a los de otros once «embajadores» de Cataluña. El dinero no es de nadie, naturalmente, por eso el Govern aprobó en 2017 un presupuesto para dichos gastos de 39,6 millones, 18 más que en la anterior partida. Puigdemont, además, gasta en viajes internacionales el setenta por ciento del total de sus cuentas destinadas a traslados y transporte. Es el cuento del «procès» también de los Guardiola.