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“La cultura tiene que ser para las élites, para quienes tengan interés en ella”

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    / Eugenio Zúñiga

Tiempo de lectura 8 min.

11 de diciembre de 2017. 19:44h

Comentada
Gema Lendoiro 12/12/2017

Pocas personas existen hoy en día con tan pocos reparos a la hora de reconocer que el rey está desnudo. Alberto Royo (Zaragoza, 1973) es profesor de Instituto (de música) y autor de dos libros que han levantado todo tipo de ampollas entre los partidarios de las nuevas educaciones. Precisamente uno de ellos se llama Contra la nueva educación y es una llamada a reflexionar sobre lo débiles que están siendo los cimientos desde hace décadas a la hora de educar (padres y profesores) a los alumnos. Firme defensor del esfuerzo y la constancia, ni cree que la letra con sangre entra ni que haya que buscar la diversión y la felicidad a la hora de aprender a costa de todo. Como si se tratase de un profesor de la famosa serie televisiva Fama de los ochenta, su lema parece ser: saber cuesta esfuerzo. Sus entrevistas pisan muchos callos por cuanto tira mucho del sentido común. No considera posible que un alumno llegue a nada si no aprende a responsabilizarse, a esforzarse y a memorizar (otra de sus grandes batallas ideológicas)

-Los jóvenes de hoy día son los mejores preparados de la historia de España. ¿Es esto verdad?

-No lo creo. Pero también tengo que decir que soy poco amigo de nostalgias. Creo que no debemos mirar hacia atrás sino tratar de analizar con rigor y espíritu crítico el presente, que es la mejor forma de enfocar con garantías el futuro. Sí me parece que hemos cometido un error muy grave confundiendo la extensión de la enseñanza con la mejora de la enseñanza, igual que hemos confundido la igualdad de oportunidades con la igualdad de resultados. Está demostrado que las buenas intenciones no siempre proporcionan buenos resultados y no tengo duda de que reducir los contenidos y rebajar el nivel de exigencia no ha sido acertado. Al contrario, tenemos más alumnos mediocres que antes, pero menos alumnos excelentes. Y deberíamos aspirar a la excelencia, entendida esta como lograr la mejor versión posible de cada alumno.

-De todas las leyes de educación, ¿cuál ha sido la peor de todas y por qué?

-La LOGSE-LOE_LOMCE, que son “una y trina”, pues la LOE y la LOMCE no dejan de ser variaciones sobre la primera. Creo que el año 1990 fue un punto de inflexión por lo que acabo de comentar sobre el nivel de exigencia: es lógico pensar que si antes del año 90 aprender a la perfección unos contenidos suponía un diez, reduciendo estos contenidos a la mitad, el diez de pasa a ser un cinco, lo que significa que el aprobado en este momento correspondería al 2,5. Si a eso añadimos ocurrencias tan nefastas como la promoción automática, no es sorprendente que las cosas no hayan salido bien. Pero no soy partidario de achacar a la LOGSE (o al PSOE) toda la culpa. Nadie está libre. El PP pudo reformar la educación y no quiso. O no ha querido. Y nadie parece estar dispuesto a defender un sistema educativo que realmente ambicione el desarrollo del máximo de las capacidades de cada estudiante, sin atajos, sin maquillajes estadísticos y desde la exigencia y el apoyo a quien más dificultades tiene, que esté basado sin complejos en el conocimiento y que entienda que es el saber y la cultura el que nos hace más libres, más críticos, más creativos.

-¿Cuándo comienzan las nuevas pedagogías a establecer conceptos que a usted no parecen gustarle demasiado como: la búsqueda de la felicidad, aprender sin esfuerzo...? ¿Por qué aparecen? ¿Son la respuesta a una manera de ver la sociedad diferente y qué tienen de malo o qué aportan de negativo al alumno?

-Yo diría que la lucha entre los defensores y los detractores del conocimiento ha existido siempre. Y siempre ha habido quien ha querido aprovecharse de la buena voluntad de los demás. En mi opinión, afirmar que es posible aprender sin esfuerzo es propio de charlatanes y timadores. Me recuerda al “deje de fumar en tres sesiones de hipnosis” que leí un día en un cartel, de camino a casa. Aprender siempre cuesta un esfuerzo. Esa es precisamente la gracia: que nadie te lo regala, que lo consigues tú, que es un reto que tienes que superar y que, si lo haces, el mérito es tuyo antes que de nadie más. En cuanto a la felicidad, a mí estudiar, aprender, me hace muy feliz. Porque el conocimiento es incluso adictivo. Pero no debemos supeditar el aprendizaje al bienestar ni pensar que el fin de la escuela es la felicidad en lugar del conocimiento. Se trata sencillamente de no confundir las cosas y, especialmente, de no confundir a nuestros alumnos. Claro que hay que hacer lo posible por contagiarles entusiasmo y curiosidad, pero es nuestra responsabilidad darles a entender que para formarse es imprescindible ser constante, trabajar, tener disposición y voluntad, que la mejor motivación es comprobar que uno aprende. Creo que ese el desafío. El suyo y el nuestro. Y para que lo asuman necesitamos establecer un vínculo de confianza que hoy está en cuestión.

“La cultura tiene que ser para las élites, para quienes tengan interés en ella”

-Hemos pasado en 50 años del palo al que no estudia a... no dar palo al agua. ¿Esto cómo ha sido posible?

-Es verdad que se han perdido hábitos de trabajo, lo cual es, en mi opinión, uno de los grandes problemas que nos encontramos los profesores en el instituto. Pero también pienso que es un alivio haber superado los tiempos en los que se obedecía al profesor por miedo. El autoritarismo nunca es buena estrategia. Lo que sucede es que ahora se ha cuestionado algo tan elemental como la indispensable autoridad (intelectual, profesional) del maestro. Y esto es un disparate. Se habla incluso de que la relación entre el profesor y el alumno ha de ser horizontal, lo cual me parece ridículo porque el primero es el que sabe y el segundo el que quiere saber. Me parece bien que se haya reducido la distancia entre docente y discente, pienso que es positivo que la relación entre ambos sea cercana, pero no puede desdibujarse. Me parece importante que exista una cierta distancia afectiva que permita a un profesor exigir a sus alumnos y evaluarlos de forma justa, sin que el aprecio o la indiferencia que sienta hacia unos u otros interfiera en su labor.

-Cita en su libro el concepto: la cultura ha de ser para las elites. Estoy de acuerdo con usted pero desarrólleme este concepto que nada tiene que ver con el dinero ni la clase social sino con las ganas del individuo por aprender.

-Claro. Lo que sostengo es que la cultura no puede regalarse sino permitir el acceso a cualquiera que tenga voluntad e interés por acceder a ella, sin que su origen o situación socioeconómica condicione este acceso. Es aquello que defendía Gramsci de la “elevación cultural del pueblo a la cultura”. Podemos vulgarizar o divulgar con rigor. Podemos bajar la cultura a la gente o estimular a la gente a que se esfuerce por alcanzarla. Esa es la idea.

-Filosofía, historia...parece que son materias que ya no se estudian o al menos no en profundidad, de ahí que, probablemente la pobreza intelectual de los alumnos haya ido descendiendo poco a poco.

-Que la filosofía haya perdido importancia es paradójico, en unos tiempos en los que se habla tanto del espíritu crítico. Pero la pobreza intelectual de un alumno no es ajena a la superficialidad de la sociedad, al cortoplacismo, a la inmediatez y al continuo cuestionamiento de nuestras convicciones. Y sin duda se debe también al poco mérito que se le concede al buen estudiante, al que a menudo se descalifica como “empollón”, y a la escasa consideración por el saber y la cultura.

“La cultura tiene que ser para las élites, para quienes tengan interés en ella”

-Usted es músico. ¿Cree que debe ser obligatoria la asignatura de música?

-Creo que la música es una materia esencial. La música es matemática, física, arte... y tiene evidentes repercusiones en el aprendizaje en general, además de desarrollar la sensibilidad, el gusto estético... Pero el tratamiento que recibe es muy propio de estos tiempos de O.T. Sin duda, es una de las asignaturas más desprestigiadas. Es curioso lo que ocurre cuando digo que soy músico. Hay quien se sorprende porque entiende que lo que defiendo no encaja con un músico. Es al contrario: nadie sabe mejor que un músico que no es posible ser imaginativo sin antes haber estudiado mucho, que nada se aprende sin esfuerzo, que la repetición y la rutina son tan importantes como el trabajo creativo. Y diré algo más: muchas de las estrategias que intentan vendernos (utilizo esta palabra conscientemente) tendrían sentido si se mostrara un poco de humildad, si no se pretendiera siempre descubrir el Mediterráneo, si no intuyéramos una clara intención de hacer negocio (por eso métodos nada novedosos se rebautizan con nombres modernos, supuestamente glamurosos y, por supuesto, en inglés. Y por eso encontramos siempre importantes empresas detrás), si no trataran de convencernos de que esa (la suya) es la única manera de aprender. Hay que reivindicar la libertad metodológica. En mis clases, hago “tertulias dialógicas” cuando discuto con mis alumnos sobre la condición del músico en el siglo XVIII y la relaciono con la decisión que tomó en su día Prince de romper con la industria discográfica; utilizo el “flipped learning” cuando recurro a un vídeo para que lo puedan ver cuando quieran y repasen lo que les he explicado; apuesto por el “aprendizaje cooperativo” cuando ensayamos una partitura, por parejas, por grupos y en conjunto; incluso “gamifico” cuando propongo una actividad de improvisación (improvisar no deja de ser jugar). Solo que a todo esto de lo que estoy hablando, yo prefiero llamarlo sencillamente “enseñar”. Y enseñar bien ha de hacerse desde la diversidad de enfoques, desde la flexibilidad, desde el compromiso con tus estudiantes y, sobre todo, desde el profundo conocimiento de tu materia.

-Universidades como la de Navarra tienen en todos los cursos de todas las carreras una asignatura obligatoria que es (según curso y facultad) ética, humanidades, filosofía, teología...de manera que todos los alumnos, incluidos los de ciencias como farmacia, medicina o biología...tienen que estudiar, por ejemplo a Santo Tomás de Aquino. ¿Qué le parece?

-Me parece un acierto. Creo que es un error entender las ciencias y las letras como áreas irreconciliables.

“La cultura tiene que ser para las élites, para quienes tengan interés en ella”

-La escuela es un medio pero la cultura ¿se respira en casa? Se hace complicado pensar que de padres que jamás leen ni compran libros puedan salir hijos con determinadas inquietudes culturales...

-Por eso es tan importante que la escuela pública garantice el saber y la cultura, porque no en todas las casas el amiente que se respira es un ambiente cultivado. Uno de los desafíos más hermosos de este oficio es despertar en nuestros alumnos inquietud por saber sobre aquello que nosotros amamos. Pero necesitamos la ayuda de las familias, independientemente de si en sus casas se lee, se visitan museos o se asiste a conciertos.

-¿Qué modelos educativos le ofrecen a usted mayor confianza? Por países me refiero

-Es difícil decirlo. Y tampoco estoy seguro de que debamos fijarnos en otros países. En realidad, Soria obtiene buenos resultados, luego no tenemos por qué buscar lejos respuestas que podemos encontrar en casa. Fuera de España, habría que analizar con rigor la realidad. Hay quien sigue cautivado por Finlandia y no se da cuenta de que lleva ya unos cuantos años en caída libre, precisamente desde que empezó a ponerse “innovadora”. Sin embargo, países que apuestan por la instrucción directa y no por el “aprendizaje por descubrimiento”, como Singapur, parecen ir viento en popa.

-Y qué opina de métodos como Montesori, pedagogía Waldorf ...

-Responderé sin entrar en detalles: la enseñanza es un asunto muy serio. Todo aquello que no se base en la experiencia docente y en la evidencia científica, no ha de ser siquiera valorado.

-¿Es usted optimista frente a las nuevas generaciones?

No puedo permitirme no serlo. Además, sigue habiendo buenos alumnos. Y no hablo solo de los académicamente buenos, sino de aquellos que muestran interés, que se comportan con modales, que respetan tu trabajo y que confían en que lo que haces es bueno para ellos.

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