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Una anomalía heredada de la Guerra Fría

Washington y Pekín miden fuerzas en un conflicto que dejaron sin resolver hace casi 70 años

Óscar Elía Mañú. 

Tiempo de lectura 4 min.

17 de septiembre de 2017. 01:33h

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Oficialmente, la península de Corea se encuentra en guerra. O mejor habría que decir que se encuentra todavía en guerra. Al armisticio firmado en 1953 no le siguió tratado de paz alguno, siendo un acuerdo provisional de alto el fuego. Hasta entonces, el conflicto podría haber terminado de dos maneras distintas. Al principio, las fuerzas del Norte arrinconaron a las del Sur y en un determinado momento la guerra parecía terminar con una victoria comunista aplastante. La rápida intervención norteamericana revirtió la inevitable victoria roja, empujando al Norte más allá incluso del inicial paralelo 38, llegando a Pyongyang: ahora era Estados Unidos quien parecía vencer. Pero a partir de octubre de 1951 la entrada chino-soviética en el conflicto volvía a poner la victoria al alcance de los comunistas: esta vez la ciudad en peligro sería la capital del sur, Seúl.

Es decir, que la guerra podría haber terminado con la victoria chino-soviética o la victoria norteamericana: las Coreas ni tenían control sobre los acontecimientos, ni lo tendrían en décadas. Tan pronto como las dos grandes potencias entendieron que los riesgos de escalada eran demasiado elevados las hostilidades se congelaron. El Tratado de Panmunjom las paralizó, pero tras él no se abordaron los dos grandes temas subyacentes: el tema de la reunificación de la península y el del régimen político resultante.

Confluían entonces los intereses de cuatro de las grandes potencias: el Japón Imperial había tenido en la península su área natural de influencia, incluso de expansión; la Rusia comunista había ayudado a «liberarla», ampliando el campo de la expansión comunista en la región; para China, a la revolución maoísta se sumaba la alarma creciente ante la presencia de otras potencias en sus mismas fronteras; por fin, Estados Unidos asumía ya el deber de frenar la expansión roja, por muy lejos que quedase de Washington y lo costoso que resultase.

Desde entonces, el destino de las dos Coreas ha ido indisolublemente unido a las superpotencias que libraron la guerra. Durante décadas su lógica se insertó dentro de la lógica de la Guerra Fría: exportar el comunismo o frenarlo. El fin de esa Guerra Fría trastocó a medias la lógica en la región. Hoy la expansión comunista ya no es un riesgo y, en vez de cabeza de puente, Corea del Norte es una suerte de granja orwelliana aislada del mundo, empobrecida hasta la miseria y fuertemente militarizada.

Dos de las potencias de entonces juegan un papel menor. Japón es un país rico, moderno pero indefenso: esta vez no son las tropas del Sol naciente las que amenazan las costas coreanas, sino los misiles y cohetes de Pyongyang los que amenazan las ciudades japonesas. Rusia, por su parte, perdió hace mucho tiempo influencia y acceso al país, cedidos a China: la atracción de Putin por una Rusia grande y la posibilidad de distraer recursos norteamericanos de otros teatros explican el actual interés del Kremlin por proteger al enloquecido régimen norcoreano.

Quedan, como protagonistas directos, quienes libraron la guerra directamente. Por parte de Estados Unidos, la indefensión japonesa y surcoreana ata a Washington al escenario asiático, obligándole a mantener sus compromisos: bien que ante un enemigo y una amenaza impensados. Desde hace dos décadas, todo presidente estadounidense se ha enfrentado con la determinación norcoreana de hacerse con la Bomba: la presencia de tropas en la región, el despliegue de baterías antimisiles y las maniobras muestran determinación, pero tarde o temprano Washington tendrá que enfrentarse a la necesidad de destruir o al menos paralizar el programa nuclear de Pyongyang.

China ha dejado atrás la tendencia al aislamiento, y aspira a integrarse en la llamada comunidad internacional. A la apertura económica al mundo acompaña el deseo expreso de convertirse en una potencia global: lo mismo son patentes sus inversiones en países africanos y de Suramérica, que la tenencia de deuda pública de los países europeos o la presencia de sus barcos de guerra en el Mediterráneo.

Este despegue chino ha jugado con la ambivalencia y el despiste occidental: Pekín ha sabido utilizar las normas diplomáticas, estratégicas y económicas mundiales a su favor, atesorando todos los beneficios pero ninguna de las cargas que implican ser una potencia mundial. Eso debiera cambiar: la «normalización» china en el mundo es incompatible con la anormalidad de un régimen protegido que amenaza cada dos semanas a los países situados en un radio de 2.000 kilómetros. China ni merece, ni debe merecer el reconocimiento que busca mientras permita, casi 70 años después, la pervivencia de la anomalía norcoreana.

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