lunes, 22 mayo 2017
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Corrupción democrática

Hay varias maneras de llegar al poder en democracia. Una es convencer al electorado, otra desacreditar al adversario. Las dos son legítimas y los partidos políticos recurren a ellas sin tregua, y generosamente. La historia democrática de nuestro país, que ya empieza a ser larga, nos proporciona ejemplos de las dos que todos recordamos, desde lo ocurrido tras el 11-M a los éxitos primeros de UCD y del PSOE o al del PP en 2000.

Aun así, el recurso al descrédito tiene límites. Uno de ellos está en la línea que lo separa de la deslegitimación. El adversario político se convierte en algo distinto cuando se le atribuye una radical incompatibilidad, ideológica, histórica y en más de una ocasión estética con la gestión democrática de los asuntos públicos. Este procedimiento, utilizado una y otra vez...

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