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La Fundación RM

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19 de junio de 2017. 22:45h

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Intentó Florentino Pérez alcanzar la presidencia del Real Madrid en 1995, cuando Ramón Mendoza le venció, grosso modo, con los votos añadidos de una lista de cadáveres. Aprendió. Las derrotas instruyen. En 2000 se enfrentó a Lorenzo Sanz, a la Octava y a los Ultras Sur. Los radicales le pidieron dinero y prebendas, exigencias que encontraron una negativa rotunda por su parte y suministros en la candidatura opuesta. Ganó, también en 2004, y a finales de febrero de 2006 dimitió. Pensaba que había «malcriado» a los «galácticos».

Regresó en 2009 y en 2013, como en 2017, renovó el mandato sin necesidad de recurrir a las urnas. No tiene rival y en 2021 podría haber cantado aquella de Serrat, «hace veinte años que tengo veinte años»; si no hubiera abierto el paréntesis mallorquín, que lo dejará en 18; aunque, en realidad, ni cuando estuvo fuera del Madrid desapareció. Ahora le sonríen los resultados, además de una envidiable fortaleza económica. Si antes no le discutían los números, pero sí los títulos, ahora todo cuadra, Ligas, Champions, mercadotecnia e imagen. Y lo que en el Madrid es harina, en el Barcelona es mohína. A Josep Maria Bartomeu le amenazan con una moción de censura; la conquista de la Copa del Rey no parece suficiente para un club acostumbrado a convivir en los escalones más elevados del podio y al que los oropeles le producen ardor de estómago.

Florentino, en la toma de posesión con discurso y sin preguntas, se propuso convertir al Madrid en el mejor club del siglo XXI, para no perder la estela de los laureles del XX. Habló de los logros, de las leyendas, de la importancia de los socios, de una plantilla españolizada y joven, ni una referencia al motín de Cristiano Ronaldo, e hizo una sabia referencia a la Fundación, que es donde luce la marca en toda su humanidad. Hay 400 escuelas del Real Madrid repartidas en 76 países diferentes. Acogen a 65.000 niñas y niños. El reto es alcanzar el millar de escuelas y dar educación, valores y cobijo a 150.000 niños y niñas.

La sonrisa de un niño, la mirada de agradecimiento de uno de estos críos que viven en la miseria y la exclusión, vale más que mil palabras, y quién sabe si más también que un gol de Cristiano y que ese silencio administrativo que resonó en la toma de posesión.

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