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La rauxa

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06 de septiembre de 2017. 21:59h

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No me extraña que la vicepresidenta Santamaría, muy locuaz de ordinario, tartamudease ayer en la rueda de prensa posterior a la sesión matinal en el Parlament. Lo que vimos en la cámara catalana fue entre coreano del norte y tabernario. Yo creo que Carmen Forcadell, la presidenta local, se había tomado un valium. De otro modo no se explica su hieratismo, su impavidez de momia, que ni el pobre Dalí en su descanso interrumpido. Diputados de todos los grupos de la oposición se echaban las manos a la cabeza ante el atropello de la ley y ella los miraba como «La Hierbas» de la tele, como si los atisbase en la lejanía y entre una niebla espesa, y contestaba con un soniquete: «El pleno ha votado, manda el pleno».

El doctor Gaona, eminente psiquiatra, me ha explicado a menudo que los psicópatas tienen la función social de llevar adelante sin reparo lo que para los demás es repugnante. Pueden ser muy útiles para matar en serie en un conflicto, por ejemplo, toda vez que carecen de empatía y cumplen a rajatabla sus planes, sin estorbo del sentimiento. Forcadell reaccionó ayer como una replicante, estaba decidida a imponer la ley de convocatoria del referéndum, al margen por supuesto de los catalanes que no piensan como ella, las leyes constitucionales o el reglamento de la cámara. Procedimiento de urgencia y con exención de trámites. Parecía un robot. Desde el patio de butacas asentían con media sonrisa falsa Puigdemont y Junqueras, felices de una vasalla tan eficaz. Ya les sirvió dignamente al frente de la Asamblea Nacional Catalana.

A nadie en su sano juicio se le puede ocurrir aprobar la ruptura de España contra la voluntad de tantos, contra las leyes, contra la oposición. El comportamiento de estos tres actores ayer merece más un diagnóstico que un juicio. Personalmente empiezo a dudar de que estén enteramente en sus cabales. Claro que la intoxicación ideológica suele llevar a la locura: pensemos en la revolución cultural, en los jemeres rojos, en ETA, en la solución final. El intoxicado acaba rompiendo amarras con la realidad y borrando a los demás de su horizonte.

Como espectáculo internacional, lo de ayer fue del calibre de la declaración de independencia de Cartagena. El cantón de Cartagena se separó de España durante 185 días en 1873 y pidió integrarse en los Estados Unidos de América. Españolísimo y atroz. Si alguien tenía dudas de la españolidad de Cataluña las vería despejadas en sesión surrealista del miércoles, del calibre de un esperpento de Valle Inclán o de las peores escenas biográficas de Pedro Luis de Gálvez.

Durante décadas hemos razonado sobre el seny catalán. Ya era hora de que descubriésemos el otro lado, el «arrebato» que también se les atribuye como rasgo propio: la rauxa. La muy hispana manía de hacer de la capa un sayo. Lo de tirar por la calle de en medio. Lo de comportarse como un elefante en cacharrería.

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