lunes, 29 mayo 2017
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Sociedad

Sociedad / Acoso escolar

Las denuncias por acoso escolar se triplican en el último año

  • Uno de cada cuatro niños sufre algún tipo de «bullying», mientras que las inspecciones educativas sólo detectan el 0,05 % de los casos.

El menor de 14 años, con su madre. Reside en un pueblo de Extremadura y ha perdido la visión de un ojo. No quiere volver al instituto
El menor de 14 años, con su madre. Reside en un pueblo de Extremadura y ha perdido la visión de un ojo. No quiere volver al instituto

Los insultos, las amenazas, los empujones, el acoso en general en la escuela ha dejado de ser «cosas de niños», esa temida frase con la que se justificaban las actitudes agresivas de los «abusones» del colegio. Como afirman desde la Asociación No al Acoso, «este año hemos registrado un importante incremento en el número de denuncias. Se está denunciando más porque los niños y las familias están empezando a hablar, han perdido la vergüenza», explican. Así, aunque los datos varían algo por comunidades autónomas, «podemos decir que en España, en general, se han triplicado el número de denuncias», afirman desde la asociación, aunque «sorprenden datos como los de Madrid, donde la cifra es mucho más elevada y podríamos hablar de que se han multiplicado por seis con respecto al año anterior». Lo cierto es que las cifras siguen siendo bajas porque, como indican los estudios, uno de cada cuatro niños sufre algún tipo de «bullying», mientras que las inspecciones educativas sólo detectan el 0,05 % de los casos.

A esta entidad, que nació por la preocupación de algunos padres, llegan casos estremecedores. «Lo que buscan los acosadores es que pierdas la autoestima, por eso les da igual atacarte porque estés gordo o delgado, alto o bajo, porque todo lo que les dicen se lo llegan a creer». Desde No al Acoso recuerdan el caso de un niño al que insultaban por tener unos kilos de más y éste «decidió hacer un régimen muy estricto. Bajó 12 kilos. Ahora le llaman marica». Y es que para estos agresores no hay término medio. Si se convierten en un filón para ellos, siempre encontrarán un motivo para atacar.

Los casos en las localidades más pequeñas son los más sangrantes porque, en ocasiones, denunciar lo sucedido puede poner a todo el pueblo en contra de una familia. Y si no que se lo pregunten a la familia de Ismael –nombre ficticio–, un adolescente de 14 años que este lunes no volverá a pisar las aulas del instituto del pueblo extremeño en el que vive. Como explica su madre, Mara, a LA RAZÓN, «mi hijo está muerto de miedo». Su familia lleva dos años viviendo en la pequeña localidad y sus dos hijos han sido víctimas de acoso escolar. La mayor está repitiendo el primer curso de Bachillerato porque sus compañeros le hicieron la vida imposible, le hacían chantaje por WhatsApp y no fue capaz de sacar las asignaturas, pero la peor parte se la ha llevado el pequeño Ismael que, por una agresión, ha perdido la visión de un ojo.

A Mara, el pasado 28 de diciembre la llaman del colegio para decirle que su hijo se había dado un golpe en el ojo, pero «que no me preocupara que no le pasaba nada y que no era grave». Cuando, un par de horas después, va a recogerle al centro, «noto que no puede abrir bien el ojo y le pregunto cómo se ha caído». Él se lo niega y le describe lo ocurrido: estaba sentado con dos compañeros en el recreo cuando un chico, «bastante conflictivo», remarca la madre, se coloca a cinco pasos de él, coge un tirachinas y le lanza una goma de borrar al ojo. Ismael estaba distraído conversando y no fue capaz de reaccionar. La goma le dio en todo el ojo abierto. «Se cayó al suelo de dolor», explica la madre. Ella, ante este relató, se asustó y fue a hablar con el director. ¿Cuál fue su respuesta? «No se preocupe que no será nada», pero ella decide ir a ver al médico de cabecera para que revise la vista del niño. «No la dio tiempo ni a explorarle en profundidad cuando decidió que teníamos que trasladarle, en ambulancia, al hospital del pueblo. Entramos por urgencias y nos atendieron inmediatamente». La oftalmóloga estuvo tres horas haciéndole pruebas. Y el diagnóstico no se lo esperaba: «Tiene un coágulo muy grande en el ojo y una herida. El impacto ha sido muy contundente». Tenían dos opciones: ingresarle o llevárselo a casa y cada dos horas echarle unas gotas durante 20 días. Y no sólo eso. Para que no empeorara el coágulo no podía tumbarse, ni bajar la cabeza. Debía estar siempre erguido. «Tenía que dormir sentado. Le colocábamos en el sofá, entre mi hija y yo, y así pasábamos las noches los tres», recuerda Mara.

El 16 de noviembre le dieron el diagnóstico definitivo: tiene una catarata y una midriasis traumática, es decir, una lesión irreparable en el nervio óptico por la que la pupila se dilata demasiado, permite entrar mucha luz externa y produce pérdida de visión y migrañas. Ismael no ve. Le molesta la claridad y, desde ese día no ha salido de casa si no es para ir a la consulta del médico o a la del psicólogo. «Está aterrorizado y no quiere volver a poner un pie en el instituto», cuenta la madre angustiada. Su voz muestra que está muy afectada. No sabe qué hacer porque en el centro le han dado la espalda.

«He ido a hablar varias veces con el director y me dice que el diagnóstico de mi hijo no es real», pero para rebatirle, además de los diez informes que tiene de cada visita al hospital de la Seguridad Social, Mara ha pagado de su bolsillo un oftalmólogo privado que «me ha dado el mismo diagnóstico». La doctora le insiste en que denuncien al niño y mañana martes Ismael tiene cita con el forense para que también le valore.

Lo peor es que no cuentan con ningún apoyo del pueblo. «El jefe de Policía me dice que estamos haciendo una tormenta de un vaso de agua y que el director es su amigo y no permitiría que ocurriera». A esto se suma que, como Ismael lleva un par de meses sin ir a clase, «nos han amenazado con denunciarnos a Servicios Sociales, pero el director, mientras tanto, me dice que no puede garantizar la seguridad de mi hijo». Por eso, Mara y su esposo se han adelantado y ya se han reunido con el programa Familia de Servicios Sociales, que «no dan crédito a lo que les cuento», pero tienen poco margen de maniobra.

Mientras, el agresor de Ismael sigue yendo a clase junto al resto de niños que le hacían la vida imposible. Nadie se ha disculpado, ni tan siquiera los padres del menor agresor. En este caso, el apestado no es el acosador, sino la víctima.

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