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Como la vida misma

Perera y Marín salen a hombros y Ferrera por la puerta de la enfermería.

Paco Delgado. 

Tiempo de lectura 4 min.

15 de septiembre de 2017. 19:09h

Comentada

Albacete. Séptima de feria. Se lidiaron toros de Santiago Domecq, bien presentados, el quinto, sobrero. El 1º, incierto; el 2º, bravo, premiado con la vuelta al ruedo; el 3º, a más; el 4º, noble; el 5º, complicado y rajado; y el 6º, sin chispa.

Antonio Ferrera, de grana y oro, pinchazo, aviso, media y descabello (silencio); pinchazo, aviso, pinchazo, entera, corta, descabello, aviso (gran ovación).

Miguel Ángel Perera, de grana y oro, entera, aviso (dos orejas); entera (ovación).

Ginés Marín, de burdeos y oro, entera, aviso y descabello (oreja); entera (oreja). Parte médico de Ferrera: herida en cara posterior del tercio medio proximal del muslo izquierdo, con orificio de entrada de cinco centímetros y una trayectoria ascendente de unos 10 centímetros que afecta a los músculos, glúteo, recto interno y semimembranoso.

Eso es la fiesta de los toros, la corrida: una representación de la vida. Lucha, sufrimiento, éxito, triunfo... pero también sangre y muerte. Elementos siempre presentes en el discurrir humano y que se hacen mucho más palpables en las dos horas y pico que dura un festejo. Como en el de ayer, en el que hubo gloria, sobre todo para Miguel Ángel Perera y Ginés Marín, que salieron a hombros, aunque también Antonio Ferrera gustó, y drama, representado por éste mismo, herido de consideración y que estuvo en torero toda la tarde. Y lucha de todos por conseguir sobresalir. Como la vida misma.

Aguantó Ferrera a pie firme hasta acabar con su segundo toro. El más claro de su lote, que blandeó de salida aunque dejó ver fondo. Le toreó con temple y a media altura, buscando ligazón y la continuidad de un trasteo en el que acabó acortando las distancias y resultando prendido en el tramo final del mismo, sufriendo una cornada en la parte posterior del muslo izquierdo que sangró mucho, sin que el torero extremeño se diese por enterado hasta terminar su labor.

Más incierto fue el primero, incómodo y sin definirse, al que le buscó las vueltas con torería decisión en una labor de técnica impecable. Se echó para atrás al segundo, corriéndose el turno, y saliendo un toro silleto que se desplazó con tranco y buen son, galopando en los primeros compases del último tercio arrastrando el morro por el suelo y embistiendo con nobleza y fijeza. Perera no le dejó escapar y, dándole distancia, le lució en una faena muy a cámara lenta, rebozándose de toro y disfrutando con él. Cuando comenzó el run run del indulto, el diestro hizo oídos sordos y se volcó sobre el morrillo para cortar dos orejas de ley. Pero como no todo en la vida es de color de rosa, el quinto fue más complicado y ahora Perera tiró de decisión y firmeza para sacar todo lo que tuvo un astado que no se entregó y acabó rajado.

Ginés Marín se presentaba en esta plaza como matador y dejó una magnífica impresión. Su primero echaba la cara arriba, incómodo. Pero su joven matador se empeñó en corregir aquellos defectos y fue sometiéndole en una faena maciza y sin fisuras que remató con unas emocionantísimas bernadinas... y una estocada hasta los gavilanes.

El sexto se arrancó de lejos e improvisó al caballo que montaba Guillermo Marín, padre del matador, que dejó un muy bonito comienzo de trasteo, andándole hasta sacarlo a los medios, toreando luego con mano muy baja y muchísimo temple, improvisando, con frescura y desparpajo. Puso él toda la chispa que le faltó al de Santiago Domecq en una faena medida y llena de detalles de clase y sabor.

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