Lo que Marbella une, que no lo separe el Brexit

“Si las paredes del Camuri Las Cuchis hablasen… fijo que me ayudarían a conocer suculentas historias del pasado y del presente”

Las Cuchis, chiringuito mítico marbellí, sigue en activo gracias a la empresa familiar Camuri. Sus responsables han sabido mantener la esencia del lugar además de mejorarlo visiblemente, y encima se sigue comiendo mejor que bien. Allá que me fui investigando una historia y tuve la suerte de conocer a sus dueños, su filosofía empresarial, de vida y el ánimo que son capaces de transmitir pese a estar recuperándose del palazo de haber perdido dos restaurantes en el incendio de hace una semana en el complejo Laguna Beach de Estepona. «Aún estamos asimilando el golpe pero de nada sirven lamentaciones; ahora lo importante es aprovechar la reconstrucción para mejorar y pensar en la fecha de apertura de cara al verano que viene». En los tiempos que corren, me quito el sombrero ante quienes muestran esa ilusión en sus miradas, pese al puto bicho y al fuego accidental de sus restaurantes, provocado por el enganche eléctrico ilegal de unos vecinos. Si las paredes del Camuri Las Cuchis hablasen… fijo que me ayudarían a conocer suculentas historias del pasado y del presente, igual que la de mi amigo Venancio. El encuentro de Carlos Montes, el gran «Panaero peliculero» de Onda Cero, con Audrey Hepburn, mientras él pintaba una acera del Marbella Club en los sesenta. Toparme con Ann Bancroft en el Meliá Don Pepe, donde además me ayudó a entrevistar a su marido Mel Brooks o compartir barra esquinera en el California con un Sean Connery en chanclas y pantalón corto bastante trillados… Son claros ejemplos de que Marbella sigue teniendo esa capacidad de hacer real lo que es de escasa probabilidad en la mayoría de lugares. Venancio, mi colega, andaba de descanso en la playa de un hotelazo pegado a Las Cuchis, cuando se topó con un guapo mozo hijo de la Gran Bretaña, todo un «poderío» que diría mi admirada artista local Pepita Benagalbon. Pasaron un día tan bueno que ambos continuaron su velada, ya nocturna y más intima, en la casa que Venancio tiene en el irrepetible casco antiguo de Marbella. A la mañana siguiente, un lujoso coche con chofer esperaba frente al cuartel de la benemérita, junto al ambulatorio de Leganitos, mientras un paciente venía de recoger su metadona repitiendo: «No veas qué carro, no cabe ni por la calle». El apuesto mancebo británico se despidió de Venancio con un beso y un sentido «Sorry darling. I need to go». Esa misma mañana mi amigo descubriría que su conquista era Lord Cummings, parlamentario conservador y consejero personal del primer ministro Boris Johnson. Un pensamiento cruzó entonces por su cabeza: «Fijo que éste no pasa la cuarentena de vuelta». Ni que decir tiene que los nombres de esta historia absolutamente verídica no son los originales, pero sirven para demostrar que Marbella es la ciudad en la que todo puede suceder, sobre todo cosa buena; si no que le pregunten a las sábanas de la cama de mi amigo Venancio.