El escritor francés Mathias Enard vive actualmente en Barcelona
El escritor francés Mathias Enard vive actualmente en BarcelonaPierre Marques

«Tenemos tendencia a olvidar que nos vamos a morir»

El Premio Goncourt de 2015 cumple con su ritual de publicar un libro cada cuatro años con «El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros», adentrándose con humor en un pequeño pueblo francés

Mathias Enard (Niort, Francia, 1972) tiene un restaurante en Barcelona, que por mor de la pandemia solo sirve ahora comida para llevar y donde ayuda a su socio «cuando puedo» También dirige un programa en Francia sobre literatura y eso le hace que esté leyendo más que nunca. Y desde el año 2015 el Premio Goncourt luce en su currículum como un certificado adicional de la calidad de su escritura. Cuatro años después de «Brújula», vuelve para celebrar «El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros».

El título es lo primero que llama la atención. Recuerda por su surrealismo a la película española «Amanece, que no es poco». ¿La ha visto?

No, no...

Lo digo por el absurdo en el que se mueven algunos personajes de ese pequeño pueblo. ¿De dónde partió el argumento?

Para mí esto de absurdo es muy relativo. Todos en algún momento tendremos una relación con los sepultureros, sea en nuestra propia carne muerta o en la de los demás –los sepultureros son personajes que en Francia intentamos no ver–. Un día en Praga entré en una sinagoga, cerca del cementerio judío, y vi que había tres cuadros que contaban precisamente esto: un cartel decía para consolarse de su triste oficio los sepultureros se dan cada año un gran banquete. Y me dije: «¡qué hermosa idea!», este contraste entre la vida y la muerte, incluso la muerte dentro de la vida. Ahí surgió la idea del banquete anual y del título.

¿Lo del banquete es real o es una leyenda?

No, es real, o era real, no sé si existe todavía, pero en el siglo XVIII era una tradición de los sepultureros de toda Europa.

Solo las incineraciones nos pueden salvar de los sepultureros...

Eso sí... (risas). Es una forma no de escapar a la muerte, pero sí a la sepultura.

Cuenta que se reúnen 99 personas y van enumerando formas alternativas de llamar a la muerte, sin nombrarla. Es curioso porque es el gran tabú de nuestro tiempo: tendremos todas las formas de llamarla pero no hablamos de ella.

Exacto. Nos cuesta hablar de ella y sobre todo entender todas las consecuencias de este hecho, de que nos vamos a morir. La tendencia que tenemos es a olvidarlo o apartarlo de la vista. Los sepultureros eso no lo pueden hacer porque es su oficio. Entonces, se acuerdan cada día, viendo a otros morir, de que a ellos también les va a pasar. Por eso tienen ese ritual de nombrar a la muerte pero no por su nombre real, que es el más efectivo.

¿Cuándo ha habido ese cambio social? Antes la relación con los muertos era más cercana, incluso se velaba en las casas.

Supongo que viene del siglo XX, nos hemos ido apartando de una forma de morir más tradicional.

En el libro, la parca da una tregua de tres días a los sepultureros para que disfruten de su banquete. Ahí vemos que es claramente ficción, porque en la realidad ni la vida ni la muerte dan tregua.

Por desgracia es así, pero me hacía gracia inventar un pacto entre esta cofradía tan antigua y la muerte misma. Ahí hay algo shakesperiano, un poco de mitología... Imaginar así la muerte es un poco atrevido por mi parte porque no sabemos si es posible o no, más bien no.

¿Por qué esta historia?, ¿qué quería contar?

Se trata de la vida de un pequeño pueblo del oeste de Francia, desconocido para todos menos para mí. Para introducir al lector en esta región necesitaba un ingenuo, un forastero que entre ahí y tal y como él va descubriendo el pueblo y sus habitantes lo va contando al lector. En medio está el banquete anual y dos partes que son todo lo que David no ve y no entiende, sobre la historia del pueblo y de Francia.

Siempre sus obras se califican de eruditas.

Esta es un poco distinta, de erudición tiene muy poco, son más bien historias y relatos, cuentos populares que utilizo. Lo que me gusta es compartir con el lector cosas que yo no sabía antes de ponerme a escribir y que las va a descubrir conmigo. Por ejemplo, la realidad de esta región.

Los problemas del campo, la despoblación, el éxodo hacia las ciudades... ¿es algo que quiso poner de manifiesto también?

Si, sí, no solo el éxodo rural, también por ejemplo los desafíos de hoy frente al cambio climático, la agricultura, cómo podemos cambiar nuestro rumbo y nuestra relación con la naturaleza. Todo esto es algo que me interesaba mucho poner de relieve.

Los confinamientos decretados en los distintos países han dejado claro la huella negativa que dejamos en el planeta.

Es muy triste, nos estamos dando cuenta que cuando nosotros estamos muy mal el planeta está mucho mejor. En momentos así nos damos cuenta de que la ciudad es un lugar terrible donde es muy difícil vivir. La pandemia ha despertado muchas ideas nuevas en la gente: nos debemos de cuidar nosotros y nuestro alrededor, si no nos vamos a pique.

¿Cómo es su proceso de escritura?

Esta novela la empecé hace diez años pero la dejé apartada mucho tiempo porque estaba escribiendo otros libros. Cuando me pongo escribo varios meses, cada mañana, de forma muy regular. Pero en comparación con mis colegas o conocidos que escriben soy bastante lento, tardo muchos años en acabar un libro. Uno cada cuatro años...

¿Por qué se quedó apartada esa novela?

Simplemente porque siempre abro varios frentes, tengo varios archivos guardados en el ordenador y de repente hay uno que se adelanta a los demás por algún motivo concreto o no.