La fruta contiene 49 plaguicidas

Enfermedades como el autismo o el cáncer están cada vez más relacionados con el medio ambiente. Ahora que se discute en Europa el futuro de ciertas sustancias, expertos, víctimas y ciudadanos piden que se aplique el principio de precaución

Enfermedades como el autismo o el cáncer están cada vez más relacionados con el medio ambiente. Ahora que se discute en Europa el futuro de ciertas sustancias, expertos, víctimas y ciudadanos piden que se aplique el principio de precaución

No creen que estés enferma. Yo soy afortunada porque sólo tardaron un año en diagnosticarme y tres en darme la incapacidad laboral. La media es de diez años». Judith Marqués es ingeniero agrícola. Tiene 42 años y su actividad como profesional la llevó a trabajar seis años con productos fitosanitarios. En su segundo puesto de trabajo, tras sólo cinco meses en el sector de plantas ornamentales, comenzó a encontrase mal, «me faltaba coordinación al conducir, no podía levantarme de la cama, no entendía lo que leía», dice. La situación empeoró hasta volverse totalmente dependiente sin que los médicos relacionasen sus síntomas con la exposición a tóxicos. «La falta de información hace que no tengan herramientas para reconocer lo que sucede y los biocidas nos afectan de la misma manera que a cualquiera de los organismos a los que pretenden combatir. Es cierto que existe un protocolo de seguridad que establece un máximo para cada producto fitosanitario, pero también que no se analizan las consecuencias de la presencia de varios de ellos en cada planta y hay un efecto acumulativo al que todos estamos expuestos. Además, en el sector de alimentación tiene que pasar un tiempo de unos 20 días de no contacto desde la fumigación de las plantas, pero en el de la planta ornamental, no», explica Judith Marqués.

Y es que «las peras contienen hasta 49 plaguicidas, 16 de ellos son además disruptores endocrinos para los que no hay un límite seguro de exposición porque alteran las hormonas. Son las ganadoras en la lista de sustancias presentes en los alimentos. Las manzanas van segundas, con 32 plaguicidas. El 28% de los alimentos tienen residuos. Es cierto que sólo el 2% están por encima del límite máximo de residuo (el último estudio de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria del día 11 de abril explica que el 97% de los alimentos de Europa están en los límites legales), pero no se sabe qué puede hacer la mezcla ni los efectos multiplicadores que tienen tantas sustancias juntas», dice Kistiñe García de Ecologistas en Acción. Éstas son algunas de las conclusiones del nuevo informe «Directo a tus hormonas», realizado por dicha organización y presentado esta semana en Madrid durante un acto celebrado en la Oficina del Parlamento Europeo en España. El evento, organizado por Fundación Alborada, Fundación Vivo Sano, Ecologistas en Acción y Movemos Europa, tenía como objetivo «poner de relieve el problema de salud que supone el uso generalizado de plaguicidas y la aplicación de estas sustancias de manera preventiva, ya que no se usan con responsabilidad. Según la regulación europea estas sustancias deberían utilizarse sólo como último recurso», explica Carlos de Prada, presidente del Fondo para la Defensa de la Salud Ambiental (Fodesam). El estudio, explicó García, se ha realizado con datos de la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aecosan) con datos cruzados de la Red de Acción en Plaguicidas en Europa (PAN Europe). «Vimos que no aparecía residuos de ciertos productos como el glifosato, pero porque en Aecosan no se estaban buscando».

Y es que España es el primer país de Europa en uso de productos fitosanitarios. De 2000 a 2013 su uso ha aumentado en nuestro país un 300%, sobre todo de fungicidas. El porcentaje de alimentos que contiene fitosanitarios es del 58% en España, mientras que en Europa es del 47,2%. Y esto empeora en algunos alimentos; por ejemplo las fresas y los melocotones contienen hasta en un 77% de residuos (Europa está entre 75 y 76%), mientras que en el 50% de los casos hay una mezcla de herbicidas, fungicidas e insecticidas. El sistema de producción actual de comida se ha logrado a costa de la salud ambiental y de las personas. «Estas sustancias no conocen barreras; se encuentra en suelos, organismos vivos, sistemas acuáticos y seres humanos. Hay mil informes financiados por la industria y casi ninguno académico. Yo trabajo en Bruselas y veo la cantidad de cartas que llegan de la industria y las amenazas de demanda que llegan a la Comisión Europea. Existe alternativa: la agricultura convencional y la biológica tienen una diferencia de producción de menos de un 8%. Y en muchos casos la agricultura bio puede ser un 30% más productiva», afirma Angeliky Lysumachou, toxicóloga ambiental de PAN Europe.

«Hay una lista de sustancias prohibidas que siguen apareciendo en los análisis y es que se diseñaron para ser permanentes. Por ejemplo, el DDT. El 99% de las placentas analizadas en el Hospital de Granada en 2007 contenían esta sustancia. El 4,65% de la superficie agrícola española produce frutas y hortalizas y es en esta zona donde se usa hasta el 51% de los fitosanitarios. Los estudios dicen que el 64% de los europeos ingiere estas sustancias en los alimentos. Todo el mundo tiene de todo. Se hace mucha investigación genética y poca ambiental», explica Nicolás Olea, médico e investigador de la Universidad de Granada.

No hay que olvidar que además de en la alimentación, los productos químicos inundan nuestra vida, desde que nos duchamos, hasta cuando limpiamos la casa o salimos a pasear por una zona ajardinada. Yolanda es la madre de Itziar, una adolescente que arrastra problemas físicos desde que era un bebé. Estando embarazada trabajaba en una floristería. Su hija forma parte del 0,5-0,75% de personas que padecen en España Sensibilidad Química Múltiple y aunque su diagnóstico es de retraso psicomotriz, desde que ha reducido su exposición a los químicos en los alimentos o los productos de higiene personal, ve cómo su hija se hace más fuerte y sana. Ana María Álvarez sí está diagnosticada de SQM y, a pesar de que el vecindario donde vive en Lanzarote parte del año está informado, nunca la avisan con tiempo cuando van a fumigar las zonas comunes. «Aquí se fumiga hasta ocho veces al año, incluso de forma preventiva y sin avisar con la suficiente antelación. En una ocasión se me quemaron las córneas, se me dañaron los bronquios, sufrí taquicardias. Están más protegidas las palmeras que la salud de las personas. A la gente le preocupa el cambio climático y poco lo que está acabando con la vida de los seres humanos», explica por teléfono. La enfermedad no le permite salir al teatro, ir al cine ni estar acompañada por sus hijos cuando la tienen que hospitalizar porque hasta un poco de perfume puede provocarle daños. La exposición llega hasta el trabajo. «Hay 52 sentencias favorables que han declarado a otras tantas personas incapacitadas para trabajar después de una fumigación en su trabajo con organofosforados. En todos los casos se verificaron deficiencias en la ventilación o falta de información a los trabajadores que han terminado con cuantiosas indemnizaciones a los afectados», afirma Jaume Cortés, abogado.

Sensibilidad social

La Organización Mundial de la Salud alerta de que cada año en el planeta tres millones de personas sufren intoxicación grave con plaguicidas. «Las investigaciones apuntan a un componente medioambiental o químico detrás de enfermedades como la diabetes, el cáncer o la fibromialgia. Ahora uno de cada 45 niños presenta autismo cuando en 1975 había un caso cada 50.000 personas y la aparición de leucemia es 6,5 veces más alta en niños que viven en zonas con jardín. La mayor parte de los fitosanitarios son acumulativos, es decir, que basta con muchas pequeñas exposiciones. De hecho, el 80% de los pacientes que llegan a Alborada presentan altos niveles de plaguicidas en sangre», afirma Pilar Muñoz-Calero, experta en Medicina Ambiental y presidenta la Fundación Alborada. Ahora que en Europa se discute sobre la PAC o el glifosato plataformas ciudadanas como Movemos Europa piden que se aplique el principio de cautela que ha imperado hasta ahora en las leyes europeas.

Glifosato

La Comisión Europea tiene que decidir antes de fin de año si sigue autorizando el uso del glifosato; el último informe de la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas dice que «las pruebas científicas disponibles no permiten clasificarlo como cancerígeno». Tampoco está claro qué sucede con los disruptores endocrinos ya que la última propuesta de la Comisión (de 2016) «se desvía en dos aspectos fundamentales de lo que establece la OMS. Dice que debe probarse que la sustancia “demuestra” ser un disruptor endocrino (y no únicamente, “que se sabe que lo es”). En segundo lugar, debe demostrarse que los efectos adversos de determinada sustancia son consecuencia directa de que ésta es un disruptor endocrino. Esto limita mucho la aplicación del principio de precaución. La Comisión tiene que presentar formalmente al Parlamento su decisión», explica Paloma López, eurodiputada de Izquierda Unida.