Orugas: Dos tercios de los pinares de Madrid están afectados por procesionaria

Desde hace cuatro años su población se ha multiplicado, aunque las altas temperaturas de las últimas semanas han propiciado que este invierno la plaga sea más evidente

Las orugas se encierran durante el frío en bolsones. Una vez que sienten que la temperatura es la adecuada y han crecido lo suficiente, salen e inician su descenso al suelo, donde se enterrarán hasta convertirse en mariposas
Las orugas se encierran durante el frío en bolsones. Una vez que sienten que la temperatura es la adecuada y han crecido lo suficiente, salen e inician su descenso al suelo, donde se enterrarán hasta convertirse en mariposas

Existen en la Comunidad de Madrid un total de 66.000 hectáreas de pinar divididos en unos 560 rodales. Cada año entre febrero y marzo los agentes forestales revisan cada uno de ellos en busca de orugas procesionarias y este año de manera excepcional están intentando predecir el nivel de procesionaria y elaborar un mapa de riesgo en zonas de uso público. De momento, los datos son concluyentes: dos tercios de los pinares, es decir 40.000 hectáreas, están afectadas por esta plaga. También «se sabe que desde 2015 la situación el número de orugas ha crecido. Como no hiela y la temperatura mínima nunca baja de los -8ºC, los bolsones no sufren y se pierde el efecto que limita su despertar. Hay niveles de afectación de los árboles que van desde cero a cinco, indicando desde la presencia nula a la necesidad de defoliar todo el árbol. Madrid siempre ha estado entre el 0-2, aunque desde hace cuatro años hay zonas en el este de la sierra donde se alcanza el nivel cuatro», explica Jesús Montoro, jefe de la sección de Defensa Fitosanitaria de la Dirección General de Medio Ambiente y Sostenibilidad de la Comunidad de Madrid. El área de la parte baja de la sierra este, desde Manzanares el Real a Robledo de Chavela, concentra poblaciones de las tres especies de pino que prefieren estos animales: silvestre, laricio y resinero, lo que explica que los mayores problemas se localicen aquí.

Por otro lado, las altas temperaturas han propiciado que este año la caída de los bolsones haya llegado antes y con él los problemas para la población y las mascotas, aunque parece que el volumen de procesionaria al final de la temporada será equivalente en proporciones al año pasado. «Estas tres semanas de altas temperaturas las llamadas de aviso se han multiplicado. Sin embargo, hay que aclarar que se trata más de un problema de salud pública que de forestal, porque la oruga tiene que existir en el medio –es básica para la alimentación de numerosas especies–, pero hay que tener cuidado por su efecto urticante y tóxico», explica Montoro. Un particular que también confirman desde la Asociación Nacional de Empresas de Sanidad Ambiental (Anecpla): «La sequía, la prolongación de las estaciones templadas, junto con la mayor calidez de otoños e inviernos, están modificando el ciclo de vida de estos insectos, adelantando y alargando su época reproductiva. La procesionaria debería comenzar a aparecer entre febrero y abril. Sin embargo, desde enero ya se ha hecho notar en la Península», explican.

El otro reto para controlar esta plaga es el hecho de que desde 2014 esté prohibido hacer tratamientos químicos aéreos, lo que está suponiendo aplicar varias medidas e intensificar la prevención durante todo el año. «Lo que se hace en estas fechas es revisar los rodales y ver el grado de afectación. Una vez definidas las zonas de actuación se consensúa con la administración local dónde empezar los tratamientos en función de los usos de la zona. Se hacen tratamientos terrestres, desde camión, a base de bacillus. Una bacteria que se pulveriza y que consigue que la oruga no pueda hacer la digestión cuando se alimenta de hojas», matiza Montoro. Además de este tratamiento biológico que se realiza en primavera se utiliza endoterapia en otoño, cuando las larvas están en sus primeras fases. Consiste en pinchar en el árbol un producto, también ecológico, que mata a la oruga. «Todos los químicos se están reclasificando en Europa; ahora los controles tienen en cuenta el uso, la especie arbórea, la plaga... Algunos de los que se usaban habitualmente ya no tienen autorización», afirma Milagros Fernández de Lezeta, directora general de Anecpla. Otros métodos manuales son los collares franceses, es decir, poner un anillo alrededor del árbol para recoger las orugas y colocar trampas de feromonas en primavera para controlar el número de machos. Otra actuación de la Comunidad en una de las zonas más afectadas, Moralzarzal, consiste en colocar nidales trogloditas (para especies que viven dentro de los árboles) y refugios para murciélagos.

Si en el campo están limitados los productos a usar, en zonas y jardines de las ciudades todavía hay que ser más restrictivo. En noviembre de 2018 el Ayuntamiento de Madrid decidió adaptarse a las normativas europeas de no utilizar productos químicos y buscar alternativas para luchar contra una de las plagas más comunes de sus zonas verdes. Es por eso que desde este otoño se está experimentado con varios tipos de trampas en una parcela de la finca de Fuencarral-El Pardo. «Ahora el control se basa en la destrucción de bolsones cuando están accesibles. Cada día se retiran hasta 700 bolsones. También se destruyen las procesiones de enterramiento de las orugas; se colocan trampas sobre los árboles para evitar los enterramientos y se eliminan los machos con trampas de feromonas. Incluso, el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación ha aprobado la endoterapia este año», explica Santiago Soria, jefe del Servicio de Biodiversidad del Ayuntamiento de Madrid. Soria también recuerda que el año pasado se probó con un producto fortificante para pinos en Casa de Campo pero los resultados no resultaron tan magníficos como esperaban.

Para las próximas semanas y aunque la meteorología cambie y vuelva el frío, no se espera una reversión de esta situación, porque «una vez que las orugas alcanzan el tamaño adecuado en el bolsón esperan sólo el momento propicio para bajar todas juntas. Una vez iniciado el proceso ya no hay vuelta atrás; se puede ralentizar pero poco», dice Soria. Además, explica que en zonas de jardín se quita todo lo que se puede porque la procesionaria tiene un ciclo curioso; cuando se entierran, las orugas pueden permanecer en estado latente durante cinco años y salir cuando quieren.