
Carnaval
Reyes, papas y gobernadores lo intentaron: Canarias siguió bailando
Ni los edictos reales del siglo XVI ni los bandos coloniales lograron frenar una celebración que cada invierno transforma las calles de las Islas

Hay fiestas que nacen para celebrar y otras que, en el fondo, sirven para desahogarse. Hoy, martes de Carnaval en Canarias, es de obligada mención un repaso por la historia que marcó el alma de la fiesta más importante del Archipiélago.
Mucho antes de que en Santa Cruz de Tenerife sonaran las primeras batucadas o de que Las Palmas de Gran Canaria se rindiera al ritmo de las comparsas, ya había campesinos -hace más de cinco mil años- que se cubrían el rostro ante una hoguera para espantar malos espíritus y proteger la cosecha. Aquello empezó en la antiguaSumeria, pasó por Grecia en forma de bacanales y terminó mezclándose con tradiciones cristianas, prohibiciones reales y alguna que otra mirada nada cómoda desde el poder.
En Canarias, ese espíritu de laxitud controlada vuelve cada año, desde enero y hasta principios de marzo, con unas Islas que se entregan a lo que durante siglos fue una válvula de escape. Las jornadas carnavaleras siempre estuvieron ligadas a los ciclos naturales, al final del invierno, a esa necesidad casi física de sacudirse la rigidez antes de la Cuaresma.
Prohibido, pero inevitables
El Carnaval nunca ha sido cómodo para quien gobierna. En la Edad Media, era el momento perfecto para caricaturizar a nobles y clérigos con una ironía feroz. Las máscaras protegían el rostro y desataban la lengua. Había irreverencia y exceso.
Pero las prohibiciones, en realidad, nunca lograron apagarla. En 1523, Carlos I intentó frenar el uso de máscaras. Felipe II insistió. Nada. La celebración siguió colándose por las calles. Fue Felipe IV quien acabó devolviéndole cierto lustre institucional. Hasta el papa Gregorio XIII, en 1582, aceptó que antes del rigor cuaresmal hubiera tres días de celebración, casi desatada.
Canarias tampoco fue ajena a ese pulso entre orden y desorden. José de Viera y Clavijo dejó constancia de que en 1635, durante la entrada del capitán general Íñigo de Brizuela en Gran Canaria, hubo cenas y banquetes coincidiendo con las carnestolendas. Es decir, ya entonces el calendario festivo estaba más que asentado.
Ni siquiera los edictos más severos lograron sofocarlo. En 1816, el gobernador chilenoCasimiro Marcó del Pont prohibió máscaras, bailes y cualquier reunión que provocara algarabía en las calles. De poco sirvió. La historia del Carnaval es, en parte, la memoria de una desobediencia persistente.
Puente con América
Si uno mira al otro lado del Atlántico, encuentra un espejo. El Carnaval de Gualeguaychú, en Argentina, o el de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, comparten con las Islas esa mezcla de carrozas y sátira. No es casualidad, ya que durante siglos, el Archipiélago fue escala y puente entre Europa y América. Personas, músicas y formas de celebrar viajaron en ambos sentidos. Esa ida y vuelta dejó huella en los disfraces, en los ritmos y en la manera de entender la fiesta.
El Carnaval canario, con esa mezcla de sátira, crítica y espectáculo, no nació para gustar a todos, sino para permitir lo que el resto del año se reprime. Y quizá por eso, pese a prohibiciones, sermones y bandos, ha sobrevivido durante siglos. Aquí sigue. Cada invierno. Con máscara o sin ella.
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