Capellanes de hospital: labor espiritual, social y de acompañamiento

Dan la comunión o la unción, rezan por los ingresados y, además, trasladan información a los familiares sobre el estado de sus enfermos para tranquilizarlos

El capellán del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, Jaime Arenaga, junto a Fran, un miembro de su equipo en estos días de pandemia
El capellán del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, Jaime Arenaga, junto a Fran, un miembro de su equipo en estos días de pandemiaLa Razón (nombre del dueño)

Mientras los profesionales de la Sanidad se juegan la vida cada día en los hospitales atendiendo a los enfermos de Covid-19, también en estos centros asistenciales hay otras personas, como el capellán y el equipo que le acompaña, que igualmente están expuestos a este virus, pero al que plantan cara sin pensárselo dos veces para aportar su granito de arena en lo que mejor saben hacer y es su principal misión en estos tiempos de pandemia: llevar la palabra de Dios a todos los ingresados y trabajadores de cada hospital que lo deseen, acompañar y ser consuelo y desahogo de muchos pacientes que se encuentran solos y, además, trasladar información a las familias de los enfermos sobre su estado ya que no pueden verse.

LA RAZÓN se adentra en el Hospital Clínico Universitario de Valladolid a través del relato de su capellán in solidum, Jaime Aranega, y de Franciso José Antón, uno de los cuatro miembros que forman el equipo junto a Ana y Charo, y que es un poco el comodín que está para cuando se le necesita -ya sea para dar descansos al resto o atender a los enfermos si hay más llamadas de lo habitual-, y conocer un poco mas de cerca como está siendo la labor que llevan a cabo en tiempos de pandemia en la que están disponibles las 24 horas del día.

Aunque en las misas de los domingos el capellán de este centro hospitalario de Valladolid da la solución general e indulgencia plenaria por orden del Papa Francisco, con destino a todos los enfermos y sus familias así como a los trabajadores y familiares, también se visita las habitaciones cuando les llaman porque algún enfermo ha solicitado su presencia, ya sea en la zona limpia del virus o en la sucia, donde se encuentran todos los pacientes por coronavirus. "Les damos la comunión o la unción o simplemente les acompañamos un rato para que hablen y se desahoguen con nosotros”, cuenta Jaime Aranega, que es párroco también de la iglesia de San Ignacio de Loyola de Valladolid, cerrada ahora a los fieles por la pandemia.

“También rezamos con ellos y por ellos, porque algunos son enfermos terminales y nos cuentan cosas que quieren que se las traslademos después a sus familiares ya que no pueden verse”, señala, por su parte, Francisco, quien recuerda que hace unos días unas enfermeras le dijeron que había un paciente con serios problemas en los pulmones y que habían visto en la ficha que era sacerdote y que seguro que le iba a gustar que pudieran estar con él. “Estuvimos un buen rato charlando con este hombre, le dimos la unción y hablamos también con los compañeros de su habitación, quienes nos dieron las gracias por ir a verles porque así podían desahogarse un poco con nosotros”, apunta.

El capellán destaca por otro lado la organización existente así como la seguridad para evitar contagios en el Hospital Clínico Universitario de la capital vallisoletana. “Cada vez que vas a un sitio te visten de astronauta, te quitas toda la vestimenta que llevas encima y te lavas; luego te vuelves a poner ropa de pasillo y cuando llegas a otro lugar te la quitas otra vez y la tiras y te colocas protecciones nuevas... esto es lo habitual. De hecho al día gasto al menos media caja de guantes y estamos muy protegidos", asegura el religioso, a la vez que pone en valor también el trato familiar que hay con los profesionales sanitarios del centro y la alegría que le transmiten cuando le ven por los pasillos porque saben que acude a la llamada de algún enfermo que ha pedido su ayuda.

Jaime Aranega, capellán del Hospital Clínico Universitario de Valladolid
Jaime Aranega, capellán del Hospital Clínico Universitario de ValladolidLa Razón (nombre del dueño)

Jaime Aranega entra de guardia los domingos a las dos de la tarde y sale el miércoles a las diez de la mañana y cada día a las 18,30 horas oficia una misa para los trabajadores del hospital, ya que para la gente de la calle o familiares está cerrada. Suelen acudir cada día entre cinco y ocho personas a la eucaristía más o menos y aprovechan también estos momentos para preguntar a los sanitarios por el estado de algunos enfermos para después poder trasladar esa información a los familiares.

“Todos los días van muchos profesionales a comulgar, a confesarse, a pedir que recemos por los enfermos y nosotros les preguntamos por si tal o cual paciente está en su planta para que nos digan como está y poder contárselo después a sus preocupadas familias que nos piden ese favor”, señala Francisco José Antón, quien destaca esta “labor social” que llevan a cabo en estos duros tiempos de pandemia.

Más tensión que miedo

Cuenta el capellán que no tiene miedo a poder contagiarse. De hecho, cree que está inmunizado y que ya ha pasado por la enfermedad y que es asintomático. “Hemos estado en toda la pelea y en primera línea desde el principio y es difícil que no lo hayamos pasado ya; e incluso algunos médicos nos han dicho lo mismo”, explica el religioso, que insiste en que no tiene temor ninguno a lo que pueda ocurrir “porque solo me voy a morir una vez y será cuando Dios quiera”.

Fran, por su parte, sí que reconoce que al principio sí que tenía algo de miedo pero sobre todo tensión por el desconocimiento que tenía de la situación, porque no sabía si se podía contagiar fácilmente si tocaba cualquier cosa. “Sí que notaba que se me encogían los músculos y me cuesta dormir, pero bueno, poco a poco te vas acostumbrando y además estamos encontrando mucho apoyo de los profesionales sanitarios que nos dicen cómo debemos actuar en cada momentos según donde nos encontremos”, apunta.