Coronavirus

La “mascarilla protectora” que se utilizaba contra la peste

Los médicos del siglo XVII usaban máscaras picudas de hasta 15 centímetros para superar el “aire envenenado” de los enfermos

La típica imagen de un médico veneciano protegido para atender enfermos con la peste
La típica imagen de un médico veneciano protegido para atender enfermos con la pesteArchivo (nombre del dueño)

Parece que el mundo ha aceptado por fin que las mascarillas han de ser de uso obligado en época de pandemias. Después de meses en que se aseguraba que no servían de nada, salvo para que los ya contagiados, la certeza de la gran cantidad de asintomáticos capaces de transmitir también la enfermedad ha hecho que las autoridades sugieran, incluso en algunas partes obliguen a su uso en espacios públicos. Lo que China, Japón y Corea del Sur llevaban meses preconizando, ahora empieza a implementarse en nuestro país. Pero la historia de las marcarillas tiene un largo recorrido en la historia.

En el siglo XVII, en plena epidemia de la peste, la medicina determinó una especie de uniforme para poder tratar a los enfermos con una sensación de protección. El atuendo consistía en un abrigo revestido de ceras aromáticas, unos calzones largos que debían bajar hasta la planta de las botas, una camisa holgada embutida dentro del pantalón, un sombrero y guantes de piel de cabra. La protección sanitaria sólo parece haber mejorado en los materiales y su cierre, porque la idea sigue siendo la misma.

Dentro del conjunto protector, los médicos también llevaban una vara larga para poder tocar a las víctimas y manipularlas sin necesidad de acercarse o tocarlas con las manos. Y, por supuesto, una mascarilla protectora, en este caso una máscara que parecía salida del mismísimo carnaval de Venecia. Este complemento consistía en una larga nariz picuda de al menos 15 centímetros que tenía que estar embadurnada de hierbas aromáticas. “Tiene que estar llena de perfume, con dos agujeros simulando las fosas nasales, suficientes para respirar y transportar en el aire que se respira la impresión de las hierbas colocadas en la punta del pico”; aseguraba Charles de Lorme, médico de la corte del rey Luis XIII que había establecido esta especie de uniforme preventivo.

La idea principal del atuendo era proteger al médico de las llamadas “miasmas” que transmitían los enfermos, una especie de densidad hedionda que envenenaba el aire y que contagiaba a quien la olían. Bajo la idea, los médicos empezaron a complementar la máscara picuda llenándola de hasta 55 hierbas diferentes, entre las que se encontraban ámbar gris, hojas de menta, estoraque, mirra, láudano, pétalos de rosa, alcanfor y clavo de olor, además de otros elementos como polvo de víbora, canela, mirra y miel. Este conjunto se bautizó como triaca y debía proteger el médico del aire envenenado de los enfermos, que caería atrapado por la conjunción de hierbas y olores densos. El pico era tan largo para que el tránsito del aire envenenado no tuviese tiempo de vencer las defensas de las hierbas y cayese antes de poder tocar las fosas nasales del médico.

El atuendo pronto empezó a despertar terror y miedo, no sólo por el aspecto siniestro que proyectaban los médicos, sino porque verlos significaba que la peste estaba cerca. Famosa es la recreación de esta imagen en la película “Amadeus” y como persigue a Mozart en forma de delirio. Su popularidad hizo que este “médico de la peste” se convirtiera en uno de los personajes más populares de la commedia dell’arte.

A pesar de que en realidad servían de poco, estas máscaras empezaron a descubrir a los médicos a metros a la redonda, y sí existía, en el imaginario popular, la idea de que salvaban vidas. Tanto es así, que en 1650, delincuentes raptaron a dos médicos que Barcelona había enviado a Tortosa a vigilar un brote. Los criminales pidieron un rescate y las autoridades lo pagaron inmediatamente.

Mucho ha evolucionado la medicina hasta las mascarillas quirúrgicas actuales, pero la idea detrás de esta máscara picuda era la misma.