Loudun, el convento de las monjas poseídas por el diablo

Uno de los episodios más extraños de la historia de Francia fue orquestado por el cardenal Richelieu

Loudun, en el noreste de Poitiers, sigue siendo hoy una población pequeña, con algo más de 7.000 habitantes. Unos pocos monumentos son testimonio de un pasado que la convirtió en el decorado de una historia extraña y que ha provocado no poca bibliografía. En el siglo XVII, cuando en Francia mandaba con mano firme el célebre cardenal Richelieu, el convento de Loudun empezó a ser escenario de unos hechos que aún hoy están cargados de controversia y polémica: sus monjas estaban poseídas por el diablo. Francia nunca había visto antes nada parecido. Detrás de todo esto se encontraba un sacerdote parisino llamado Urbain Grandier y al que detestaba con todas sus fuerzas Richelieu.

Nacido en 1590, Grandier fue designado en 1617 como canónigo de la colegiata de Sainte Croixe, en Loudun, además de párroco de la iglesia de Saint-Pierre-du-Marche, en la misma localidad. Para el religioso era una buena oportunidad y una ayuda para mantener a su madre viuda y a sus hermanos. Pese a que no fueron pocos los que vieron con recelo esos dos nombramientos, el religioso tomó posesión de los cargos y pasó a convertirse en toda una personalidad en la localidad.

Al poco tiempo de su llegada, empezaron los rumores a perseguir al religioso. La debilidad de Grandier eran las mujeres: le gustaban muchísimo y eso hacía que le persiguiera una fama de Don Juan que poco tenía que ver con sus compromisos religiosos. Eso hizo que, por ejemplo, a los diez años de su aterrizaje en Loudun se sospechara que él era el padre del hijo de Philippa Trincant, hija de Louis Trincant, el fiscal del rey y amigo de Grandier. El sacerdote empezó a seducir a las esposas y a las hijas de las fuerzas vivas del pueblo, algo que parecía un secreto a voces pero que pocos se atrevían a denunciar.

La cosa se complicó más al subir de nivel. Grandier estaba muy ocupado con la población civil femenina. Así que cuando la abadesa del convento de las monjas Ursulinas, Jeanne de Belciel, le rogó que fuera el confesor de las monjas, se negó a aceptar el ofrecimiento. Es en este punto cuando entra en acción el cardenal Richeleu, uno de los hombres más poderosos de Francia, y sus ganas de acabar de una vez por todas con la pecaminosa carrera de Urbain Grandier. Nunca se ha aclarado cómo fue la colaboración entre el cardenal y la abadesa, aunque se sospechaba que hubo una generosa donación económica por parte del primer ministro francés para poner en marcha un plan de nefastas consecuencias. Aldous Huxley, en su novela “Los demonios de Loudun”, apunta la posibilidad de que la abadesa se hubiera obsesionado con Grandier al oír hablar de sus aventuras sexuales. No le gustó sentirse rechazada y buscó venganza, convirtiendo a Richelieu en el cómplice perfecto para la misma.

En 1632, varias de las monjas del convento empezaron a afirmar públicamente que estaban poseídas por el mismísimo diablo. Los demonios Asmodeo y Zabulón las había poseído y ordenado que cometieran todo tipo de actos impuros y malvados, algunos tan extraños como protagonizar un baila salvaje en el claustro del convento. Ya pueden imaginar quién había llevado tanta maldad a esas pobres desgraciadas. Sí, todas indicaron que era Urbain Grandier el culpable de tanta maldad. Tras varios exorcismos, el arzobispo de Burdeos finalmente ordenó el secuestro de las monjas, con lo cual cesó el extraño comportamiento causado por quien llegó desde los infiernos.

Grandier ya había tenido problemas con la justicia. En 1629 Philippa Trincant había logrado que fuera arrestado acusándolo de ser el padre del hijo que esperaba, pero la acusación de inmoralidad no avanzó mucho. Si bien al año fue condenado a dejar Loudun durante cinco años, Grandier tiró de influencias y pudo permanecer en su puesto. Ahora las cosas habían cambiado y un puñado de monjas señalaron que Grandier había introducido a los demonios Asmodeo y Zabulón en el convento dentro de un ramo de flores que había lanzado al interior del edificio religioso. Nuestro protagonista rechazó y los cargos e, incluso, consiguió que un médico, el galeno que trataba al obispo de Burdeos, inspeccionara a las monjas poseídas. No encontró en ellas nada que sostuviera que realmente el demonio había entrado en ellas.

Pero empezaron a acumularse las pruebas contra Grandier. La más importante vino de la mano de un manuscrito firmado por el mismísimo demonio Asmodeo que reconoció que había llegado a un pacto con el religioso. El documento fue admitido como prueba. Mucho tiempo después se supo que aquel pergamino había sido en realidad redactado por la madre superiora, aquella mujer dolida por el rechazo de Grandier. El 7 de diciembre de 1733 fue encerrado en el Castillo de Angers donde fue torturado de todas las maneras inimaginables, esperando que llegara a confesar su simpatía por el diablo. Nunca lo hizo.

Fue juzgado ante un tribunal que fue una farsa. Su principal enemiga, la abadesa de las Ursulinas, llegó con una soga proclamando que si no era condenado a la horca, ella misma se encargaría de colgarlo. Fue sentenciado a morir en la hoguera, hecho que ocurrió el 18 de agosto de 1834.

Dicen que Richelieu saltó de alegría al saber que todo había acabado como estaba previsto. Una vez sin su enemigo, cortó los pagos al convento de las Ursulinas. Ya no había posesión del diablo. Las monjas salieron por las calles de Loudon en procesión para proclamar públicamente que estaban curadas. Al ver esa escena, alguien podría haber empezado a cantar “por favor permíteme que me presente,/ soy un hombre de dinero y buen gusto”. El resto es tener compasión por el diablo.