Guía Michelin, maridaje de estrellas

Los anónimos inspectores suben o bajan el dedo pulgar anualmente bajo su inextinguible y exclusiva voluntad argumental

La excelencia es un principio innegociable en el firmamento Michelin
La excelencia es un principio innegociable en el firmamento Michelin FOTO: GONZALO FUENTES REUTERS

La próxima semana asistiremos al auge, caída y resurrección de las estrellas Michelin y sus porqués. Las expectativas se verán recompensadas o sometidas a un bombardeo de esperanzas y contrariedades, en paralelo, en busca de la deseada plaza en el olimpo rojo gastronómico. La supuesta estrella se convertirá en más que una quimera para algunos o dicho de otra manera, lo que parecía impensable sucederá y brillará, más allá de las legítimas reivindicaciones de los supuestos perdedores.

En este país acostumbramos, desde tiempos inmemoriales, a rendir pleitesía a la guía Michelin. Un ejercicio de (des)memoria se cierne sobre la jornada del próximo 14 de diciembre en València. En este envidiable contexto gastronómico, en esa carrera gustativa ya iniciada por la preservación gourmet, el abismo de la (in)diferencia se abrirá hacia la alegría que dejará paso a la euforia en algunos casos.

La curiosidad de clientes y los ánimos agitados de los seguidores se saciarán y las dudas se despejarán. Aunque es exagerado hablar de un despertar de conciencias gastrónomas, se coreará con el mayor afecto el nombre de los ganadores y con sonrisa desbordada se recitarán sus nombres a la espera de cerrar una pronta visita.

Un rosario de posibles favoritos se exhibe de manera interminable mientras empiezan a amontonarse los comentarios sin que el don de la profecía haya sido otorgado. Se aprecia un innegociable y lento desperezar de la ilusión concretado, fundamentalmente, en la futura lluvia de nuevas estrellas que se convertirán en objeto de especial rastreo informativo.

Aunque pueda parecer lo contrario, algunos parecen tener una especial propensión por el catastrofismo si no consiguen una estrella señalada. Pese a su fama, con estrella consolidada en el tiempo, se siente incomprendidos, mientras otros mencionados por muchos, pero tomados en serio (visitados) por muy pocos, no se han dado cuenta de la debilidad que entrañaban sus postulados culinarios y se relajan. Y en esas estamos todavía. Borrón y cuenta nueva. Una cosa está clara, los inspectores suben o bajan el dedo pulgar anualmente bajo su inextinguible y exclusiva voluntad argumental. Las estrellas Michelin que adoptarán muy diversas apariencias serán obligadas, justas y excelentes, conviene no olvidarlo.

La anunciada lluvia de estrellas provocará que algunos profesionales se revuelvan inquietos en sus sacrosantas cocinas hasta que no se concrete el anticiclón restaurador. En mitad de este remolino de tensión, alegría y decepción, habrá quien se felicite con la noticia o acepte como cualquier clase de falsario pesar la siguiente frase «camina pasos en la buena dirección». Mañana será otro día donde se instalará un seráfico y placentero sentimiento de paz con la promesa que el próximo año será.

Intrigado ante tantas previsiones de estrellas, servidor se cuela de rondón en un sesudo intercambio de opiniones en una conocida barra capitalina y pregunta con infantil ingenuidad… ¿Con qué frecuencia visitan un restaurante con estrella Michelin?. El silencio se hace protagonista. Por lo escuchado siguen creyendo el roído argumento que todo viene dado de manera providencial y que la guía Michelin se mueve por impulsos misteriosos de los inspectores de los que apenas tenemos conocimiento de su presencia.

La excelencia es un principio innegociable en el firmamento Michelin. Algo hay que decir sobre este asunto, razones que no se nos antojan desconocidas. Los aspirantes a las estrellas no buscan solo una chispa de notoriedad persiguen un antídoto a la condena de la irrelevancia por los caminos de la biblia culinaria roja.

En otras decisiones, observaremos cabos sueltos en el relato que sustentan los discursos de los cronistas, críticos y profesionales que pueden dejar en entredicho la esperada tasa de reposición del firmamento de estrellas Michelin. No faltarán preguntas ni respuestas. Algunas se ausentarán, mientras otras llegarán. La guía roja siempre camina como musa caprichosa con voz propia. Serán todos los que están, quizás, al tiempo que surgirán indicios no sólidos de relativa subjetividad. Es muy probable que los restaurantes destronados recuperen el protagonismo perdido el próximo año. La mayoría conservará sus distinciones y reconocimientos.

En la categoría de estrellados habrá novedades. No importa que lleven media vida sobre los escenarios culinarios, ni que las recetas de sus primeras creaciones continúen grabadas en la mente de comensales incondicionales. No se dan por vencidos, volverán a intentarlo (in)disimuladamente.

Una minoría mayoritaria, acosada por la frustración y la (ir)reprimible decepción por no formar parte de los elegidos, desistirá en buscar otra estrella y se centrará internamente en sus nuevos negocios. Hay tiempo para todo.

La lista de eternos aspirantes engordará un nuevo año como un rumor monótono que siempre parece distinguirse en las conversaciones de comensales curiosos….este año puede ser que sí o puede ser que no. Guía Michelin, maridaje de estrellas.