500 años dando la vuelta al mundo: ¿Magallanes o Elcano? una polémica sin fin

Hugo O’Donnell y duque de Estrada, miembro de la Real Academia de la Historia, analiza la agria controversia entre España y Portugal sobre la pertenencia de la primera circunnavegación a la Tierra

Hugo O’Donnell y duque de Estrada, miembro de la Real Academia de la Historia, analiza la agria controversia entre España y Portugal sobre la pertenencia de la primera circunnavegación a la Tierra que cumple ahora cinco siglos.

Quinientos años han pasado desde que Juan Sebastián Elcano regresara a tierras españolas, después de más de dos años de penurias dando una vuelta al mundo que había comenzado liderando Fernando de Magallanes, y también quinientos son los años que España y Portugal llevan disputándose los méritos de una hazaña única. El último capítulo se escribe todavía hoy con la petición lusa del reconocimiento de la «Ruta Magallanes», mientras la diplomacia española reclama la puesta en valor de una hazaña conjunta financiada por la Corona de Castilla. Para arrojar luz sobre el tema, Hugo O’Donnell

–Miembro de la Real Academia de Historia y experto en la historia marítima de nuestro país– contesta a las preguntas de LA RAZÓN.

–¿Tiene razones Portugal para reclamar a la Unesco el reconocimiento de la llamada «Ruta Magallanes»?

–Tiene todo el derecho de que se le reconozca la Ruta de Vasco de Gama, es decir, la que en 1498 abriera este nauta siguiendo los pasos de su paisano Bartolomé Díaz. Este último había bordeado África hasta encontrar una vía franca al Este, al sobrepasar el cabo de Buena Esperanza, la vía que, efectivamente, brindaba la posibilidad de seguir, ya sin obstáculos, hacia las Islas de la Especería. Vasco de Gama recorrió la costa oriental de África, atravesó el océano Índico y llegó a la India, donde sus élites conocían las islas Molucas y comerciaban con ellas. Convertía así las anteriores «esperanzas» en certidumbres. África y América habían demostrado ser los dos grandes obstáculos naturales que se interponían para alcanzar el objetivo común de Portugal y España. Hasta que un súbdito español y capitán mayor de su flota descubridora no encontró el paso que se bautizó con su nombre, el estrecho de Magallanes, no se abrió la nueva ruta en sentido contrario, que no es portuguesa, sino privativamente española. Si encima se pretende extender el periplo magallánico hasta que Elcano regresa a San Lúcar en 1522 convirtiendo la gesta en global, geográficamente hablando, la impostura es total. He sañalado en varias ocasiones que los términos Ruta Magallánica e incluso el de Ruta Magallanes-Elcano son falaces y las transacciones amistosas en este sentido atentan contra la realidad histórica.

–¿Fue España el claro vencedor de esta «carrera espacial» del siglo XVI?

–Para que haya un vencedor tiene que haber corredores que se esfuercen para alcanzar la misma meta. El rey de Portugal era muy pragmático y estaba feliz por haber llegado, o estar a punto de llegar, al Maluco tras haber establecido bases en la ruta y disponer de grandes carracas de gran capacidad de carga y defensa, los cagafogos. Por ello, cuando Magallanes le presenta un proyecto que hubiera supuesto cruzar el Mundus Novus americano, no quiso ni escucharle. Aceptarlo hubiese sido absurdo y arriesgado por vulnerar el espacio asignado a Castilla desde el Tratado de Tordesillas, aunque para él hubiese podido suponer una salida occidental de su propio ámbito y la posibilidad de realizar una circunnavegación en dirección opuesta. No estaba interesado en azares, sino en realidades. No hubo, pues, competencia en ese sentido. Si se refiere al concurso por llegar a la fuente de las especias y lucrarse de ellas, Portugal ganó por goleada. El proyecto español resultó inviable cuando se comprobó que su camino hacia el Maluco era demasiado largo y carente de bases intermedias para ser rentable y que los lusitanos tenían razones de iure et de facto para considerar esta zona como propia. Mediando una indemnización, que se disfrazó de venta, se acabaron cediendo los derechos sobre las Islas a Juan III.

–¿Sería justo un reconocimiento «ibérico» común, compartido entre España y Portugal?

–Es de justicia partir de la base de que al reino lusitano corresponde el ser pionero en la llamada Era de los Descubrimientos y de que la marina de Castilla y la Humanidad entera le es deudora en múltiples aspectos relacionados con ella, incluidos los náuticos y los cartográficos. Empezando por Colón quien, como señala Menéndez Pidal, «de los navegantes portugueses aprendió todo el arte de marear». Un reconocimiento y una acción común no solo serían justos sino deseables, siempre y cuando se respete que el descubrimiento del Paso Austral fue un logro plenamente de Carlos I, llevado a cabo por medios propios y ejecutado por un español nacido en Portugal, Fernando de Magallanes, o, si se prefiere, por un portugués que prefirió dejar de serlo desde que llegó a Sevilla en 1517 y que uno de sus sucesores en el mando, Elcano, optó por regresar por otro camino, el portugués, rodeando la esfera terrestre, mientras que el otro, Gómez Espinosa, capitán de la Trinidad, vería frustradas sus intenciones de volver arrumbando al Este, por donde legalmente correspondía y le estaba ordenado. Al no poder conseguirlo demostraría, de paso, que la decisión del primero era la correcta.

–¿Fue Elcano un mero continuador de la expedición comandada, de inicio, por el portugués o, por el contrario, la vuelta del «Victoria», única nave en completar la circunvalación, hubiera sido posible sin su liderazgo?

Elcano no solo no es el continuador del plan de Magallanes, sino que puede decirse que es su distorsionador. Las capitulaciones de este último con la Corona exigían taxativamente ir, tomar posesión de las islas de la Especería, ocupar una posición fuerte con guarnición militar como forma de patentizar el anterior acto formal, y regresar por el mismo camino. La Ruta de Magallanes hubiera sido otra distinta que las circunstancias impidieron realizar. La que se siguió fue la Ruta de Elcano, quien no quiso –no quisieron los supervivientes– volver a experimentar las vicisitudes del Estrecho y prefirieron optar por el camino trillado portugués. Aunque no pensaban en circunnavegar, sino en sobrevivir, consiguieron ambas cosas. Si al itinerario militar para alcanzar Flandes medio siglo después se le dio el nombre de Camino Español, a esta navegación puede darse la misma denominación. El liderazgo de Elcano no debió de ser fácil, aunque las decisiones capitales debieron de haber sido colectivas, la disciplina fue férrea, tanto para atender a la navegación en situación de debilidad extrema, como para observar el racionamiento, como parece indicar el propio marino al exponer que, de la tripulación de sesenta hombres que había zarpado de las islas Molucas, no quedaban más que dieciocho, debido a las enfermedades, al hambre, la deserción y a que «otros fueron condenados a muerte por delitos».

–¿Trató Portugal de evitar el viaje?

–La rivalidad existente entre ambas potencias era enorme y revistió momentos de gran tensión que pudieron salvarse por la voluntad común de respetar la Pax Hispanica. Manuel I practicó una activa diplomacia disuasoria y su servicio de información le tuvo al tanto de cuanto se cocía en España, mientras daba severas instrucciones de cómo tratar a cualquiera que osase irrumpir en su imperio marítimo. Elcano tuvo que partir de las Molucas antes de que los portugueses enviasen una nave a capturarle y cuando llegó a Cabo Verde aherrojaron a varios de los desembarcados.

–¿Qué significó entonces la vuelta al mundo?

–Se reconoció desde el primer momento que se trataba de un hito para la Humanidad en un doble aspecto, como hazaña náutica comparable a los esfuerzos en tierra de los conquistadores de América, y como prueba geográfica de la redondez de la Tierra. Gracias a su periplo se determinó el verdadero diámetro de la Tierra y se pudo trazar el meridiano de Tordesillas. En el aspecto propagandístico, completó el descubrimiento colombino, dándole un panorama global y unas expectativas casi universales, demostrando una España potente cuyo genio no era inferior al portugués. La expresión gráfica de lo que sintieron los contemporáneos ante la reaparición casi milagrosa de la «Victoria» la constituyó el escudo de armas con que se ennobleció a Elcano y que le distancia de Magallanes. En uno de sus cuarteles aparecen las apetecidas especias. El mensaje es patente. Magallanes murió en Cebú, Filipinas, antes de dar con el clavo. El que pudo hacerse con el preciado producto fue el español nativo que alcanzó Tidore, seis meses después. Respecto a su segundo gran mérito, sobre el yelmo caballeresco que lo timbra el escudo reza la leyenda «Primus circumdedisti me». Elcano fue él mismo consciente de lo científico y de la hombrada, y lo expresó claramente: «Desde que habíamos partido de la bahía de San Lúcar hasta que regresamos a ella recorrimos, según nuestra cuenta, más de 14.460 leguas, y dimos la vuelta al mundo entero, yendo siempre de este a oeste.