Agatha Christie, la escritora surfera

La novelista             se jugó la vida surfeando en las aguas de Honolulu debido al mal tiempo
La novelista se jugó la vida surfeando en las aguas de Honolulu debido al mal tiempo

Un volumen reúne las cartas que la escritora envió a su madre durante el viaje de diez meses que hizo en 1922 alrededor del mundo junto a su marido

El destino de Agatha Christie, quizá como en ningún otro caso en un escritor de los últimos cien años, es gozar de una perpetua actualidad, y de muy diversas maneras: ya sea por su obra teatral «La ratonera», que hace dos años celebró las veinticinco mil funciones y que sigue en cartel desde 1952 por todo el mundo; o por lass continuas y asequibles reediciones de su colosal obra; o por medio de las adaptaciones al cine o la televisión; o por textos que aún no teníamos disponibles en español, como el que la editorial Confluencias ofreció hace doce meses, «Estrella sobre Belén», compuesto por seis relatos y cinco poemas sobre la Navidad; o, incluso, por obras ajenas que dan continuación a su personaje más célebre, Hercules Poirot, como pasó semanas atrás con la publicación de la tan entretenida novela de Sophie Hannah «Los crímenes del monograma...»

Esta actualidad, todo un nutrido pozo sin fondo, se materializa de nuevo gracias a «El gran tour. Alrededor del mundo con la reina del misterio» (editorial Confluencias, traducción de José Jesús Fornieles Alférez), volumen que reúne las cartas que semanalmente Christie enviaba a su madre y en las que le contaba mil y un detalles de los sitios tan exóticos con los que se iba topando: África del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Hawái, Canadá... La edición viene a cargo del nieto de la escritora, Mathew Pritchard, y está portentosamente acompañada de recortes de periódico, fotos y postales originales procedentes de los dos álbumes de fotos que hizo la autora. «Todos nos debemos congratular por el hecho de que estas maravillosas cartas hayan sobrevivido», afirma Pritchard (a quien, por cierto, su abuela regaló los derechos de «La ratonera» cuando sólo era un niño). Fue así porque la escritora, al morir su madre, que las conservó muy bien, pudo recuperarlas y hasta preparar textos introductorios para contextualizarlas.

Lugares del Imperio

Así las cosas, en el prefacio, Christie cuenta cómo se originó la idea del viaje a raíz de lo que les contó el mayor E. A. Belcher, antes intendente del suministro de patatas en el Reino Unido, «un hombre especialmente excéntrico y difícil, cuyo carácter impredecible e ineficaz causó no pocos problemas a mis abuelos durante todo el viaje», según Pritchard, y que, además, tuvo reflejo literario en una historia de aventuras que la narradora publicó en 1924, «El hombre del traje marrón». Este tal Belcher era uno de los encargados de informar sobre una exposición del imperio que iba a tener lugar un año y medio más tarde –iba además acompañado por su secretario, Bates, a quien explotaba como a un esclavo, como irá observando la escritora–, de modo que, en sus propias palabras, se debía «advertir a los dominios para que contribuyan y cooperen en la celebración. Voy a formar parte de una misión que recorrerá el mundo». La cuestión es que el marido de Christie era un trabajador de la City, y el mayor le ofreció ser «consejero financiero» de tamaña empresa.

Para la pareja, no resultaría una decisión fácil: no sólo era abandonar un puesto de trabajo, por más que el esposo lo encontrara poco estimulante, y dosificar los ingresos para no caer en números rojos, sino que durante los diez meses que duró la vuelta al mundo, no pudieron estar con su bebé. Nima –como llamaba Pritchard a su abuela, su nombre real completo era Agatha Mary Clarissa Miller– y Archie (el piloto de aviación Archibald Christie, que participará en la Gran Guerra mientras su mujer trabaja como enfermera voluntaria en la farmacia de un hospital) habían tenido a Rosalind, que cumpliría tres años en medio del trayecto de sus padres. Un trayecto no exento de peligros y enfermedades y durante el cual apenas pudieron saber nada de la pequeña por culpa, obviamente, de los limitados medios de comunicación que existían en la época (cartas enviadas por barco y telegramas).

Las olas de Fiji

Nada de ello sin embargo disuadió a Agatha, muy mareada desde que sale del puerto y llega a la primera escala, Madeira. Pronto se habituará a escribir cartas a su madre que le servirán de diario, y, de este modo, sabremos que, por algo que cuenta Belcher sobre una visita a los reyes, la reina conocía sus libros (hasta ese momento, había publicado tres), más otras curiosas anécdotas de su vida social. El bamboleo del mar, los entretenimientos en cubierta, las cenas llenas de conversaciones heterogéneas que la narradora escucha con atención, se suceden hasta llegar a Ciudad del Cabo, que le maravilla por completo, sobre todo la Montaña de la Mesa; y al ver el arcoíris iluminando las cataratas Victoria sobre el río Zambeze, no puede más que decir: «¡Sí, para mí, se encuentra entre las siete maravillas del mundo!». A lo que se añadirán los cocodrilos e hipopótamos en Livingstone, «chapoteando en el agua».

Tras el trabajo diplomático por tantos países, el matrimonio Christie disfrutó de un mes de vacaciones en Honolulu, viajando por las Fiji y otras islas. Allí, nada más llegar, consiguen un par de tablas y se van a hacer surf, pero la experiencia es nefasta y se juegan el pellejo por el mal estado del mar, hasta que al final se van volviendo unos expertos, aunque no reparan en que el fuerte sol les está destrozando la piel. Se quedan en un pequeño chalé-bungalow rodeado de bananos y Agatha evita acercarse a las hawaianas por su fuerte olor a aceite de coco con el que se untan; además, el hecho de que sea una ciudad tan cara rompe su edén. Aun así, Christie se vuelve una fanática del surf, y lo practica hasta su marcha pese a sufrir una neuritis en el hombro que no la deja ni dormir.

Estamos ante una de esas mujeres para las que la sociedad machista no frenó sus impulsos de libertad y creatividad. Al leer estas páginas, conocemos a una Agatha Christie que se atreve con todo, manteniendo una infinita curiosidad: no dudará en practicar surf («un deporte sencillo y muy divertido»), visitar unas cuevas con pinturas prehistóricas, asistir a la apertura del Parlamento en primera fila, escuchando al príncipe Arthur, atreverse con el golf y comer en casa del gobernador sin sentirse una mera acompañante. El peligro en Pretoria y Rhodesia, donde ve huelgas y altercados graves en las calles de los que tienen que huir, se combina con discursos después de las comidas y cenas y recepciones institucionales. Pero es la naturaleza lo que más le llama la atención: «Los árboles son la primera cosa en la que me fijo al llegar a un lugar, o a veces la forma de las colinas», y tal cosa es lo que la asombra enseguida en Australia. De hecho, en Melbourne hace una excursión por un bosque de helechos gigantescos, y en Hobart disfruta de «su mar azul profundo y su puerto; sus flores, árboles y arbustos. Pensé en regresar y vivir allí algún día». Y desde allá a Nueva Zelanda – «el país más hermoso que haya visto nunca. Sus paisajes son extraordinarios»–, absolutamente harta ya de Belcher: «Era rudo, autoritario, molesto, desconsiderado, y siempre estaba preocupado por pequeñeces».