Antonio López: «Pensé pedir ayuda para acabar el cuadro de la Familia Real»

Éste es el taller del pintor
Éste es el taller del pintor

Entrevista en exclusiva de LA RAZÓN con el autor del retrato que es la estrella de una exposición de más de cien obras.

«No me siento vacío». Cuatro palabras con las que define Antonio López (Tomelloso, 1936) su estado actual, una vez que el retrato de la Familia Real está acabado. Lo entregó a Patrimonio Nacional en octubre, estampó su firma en él y desde hace semanas está literalmente encerrado en una sala del Palacio Real, una de las once que conforman la exposición «El retrato en las Colecciones Reales. De Juan de Flandes a Antonio López», de la que enorme lienzo es pieza clave. La estrella, a qué engañarnos, a pesar de que está en inmejorable compañía: Goya, Velázquez, Van del Weyden, Antonio Moro, Giuseppe Bonito, Juan de Flandes, Pantoja de la Cruz, Mengs, Sánchez Coello, Pompeo Leoni, Rubens, Madrazo, o su admirado Vicente López, uno de los más representados en la muestra con cinco obras y a quien le gustaba ver en el Casón del Buen Retiro años atrás, «un maestro», dice), Sorolla y Dalí, entre otros grandes. El lienzo, de más de tres metros de largo, se ha convertido en un secreto de Estado. A lo largo de los casi veinte años de realización que han transcurrido desde el encargo a la entrega ha cambiado la historia de España, de ahí que haya habido recolocaciones en la obra e incluso el título del mismo se ha modificado. Antonio López espera con cierta curiosidad lo que pasará el 3 de diciembre, cuando por fin el lienzo quede a la vista de todos.

–Veinte años, dice la canción, no son nada, pero en su caso van a significar mucho. Por fin veremos el cuadro de la Familia Real.

–Ha pasado muchísimo tiempo desde el encargo y no he dejado de pintar en ningún momento, pero no sólo esta obra. No he parado. La he alternado con otras que eran interesantes. Yo tengo una forma de caminar que es la mía. Los elefantes tienen una, las lagartijas, otra, las hormigas, la suya y yo, la mía. Voy a mi paso. Hay artistas rápidos a la hora de pintar y quien no lo es porque cada uno tiene su manera. Woody Allen estrena una película al año y hay otros directores que tardan lustros entre una y otra.

–¿Entiende que haya tantísimas ganas de verlo?

–Claro. Se ha hablado mucho, aunque no creo que sea para tanto.Una vez que la curiosidad quede satisfecha, se verán los cuadros como realmente son. Y, por lo que me han dicho, que yo no he visto nada, tendré unos inmejorables compañeros de pared.

–Y será consciente de que el foco se va a colocar sobre su obra. Hay 113 expuestas, entre pinturas y esculturas, pero una sobre la que todos los ojos se van a posar.

–Bueno, tiene razón en lo del foco. Yo estaré allí a disposición de los Reyes para responder a lo que quieran preguntarme y podré conocer su opinión. No lo han visto acabado, yo tampoco, y, ellos, jamás me han pedido verlo.

–Habrá habido cambios a lo largo del tiempo en la composición porque la Familia Real se ha transformado.

–No han sido tantos, alguno, sí. Ellos no posaron, sino que el retrato se ha hecho mediante fotografías que amplié en varias sesiones en las que sí posaron para la cámara.

–¿Teme a las reacciones, a las críticas?

–Estoy acostumbrado a la diversidad de opiniones casi desde el principio de mi carrera. Cuando es negativa te puede doler y apenar, no lo voy a negar, pero también depende de quién proceda el dardo. No hay ni que desalentarse ni que dejarse impresionar, sino continuar trabajando. Además, la pintura se hace para que dure, para que quede. Y ésta quedará, como todos mis cuadros anteriores.

–¿Recuerda su primer pensamiento cuando le encargaron esta obra?

–Me daba pereza, miedo, creí que un trabajo así podría quitarme concentración, aunque, por otro lado, me di cuenta de las posibilidades que tenía delante: por primera vez iba a pintar a una familia completa, algo que no había hecho nunca. Me pareció un tema precioso; sin embargo, existía un gran inconveniente: tenía que hacerlo mediante fotografía, y ésa era una limitación que pesaba, pero que no me creó un conflicto. Hay que arreglarse con lo que uno posee. Hoy no tenemos muchos encargos, pero de vez en cuando te surge uno como éste. Me he movido para trabajar dentro de mi espacio sin salirme de él. Me he topado con problemas que en ocasiones no sabía cómo solucionar, pero siempre me he sentido contento y jamás sentí rechazo.

–¿Qué sensación experimentaba?

–Que estaba haciendo algo que nunca repetiría.

–Y en su manera de trabajar, ¿qué ha supuesto?

–Un estímulo, un laboratorio de lo que es la pintura. He trabajado sin que me molestaran, sin que nadie me hiciera caso. Quería que ese sentimiento de que estaba haciendo mi pintura no se me escapara.

–¿Se sintió angustiado en algún momento?

–En muchos pensé que me sobrepasaba el trabajo. Yfue entonces cuando recurrí al mismo pensamiento: pensé en pedir ayuda a amigos cercanos, pintores de toda la vida en los que confío para que me ayudaran a acabarlo. Lo llegué a consultar con mi familia y ellos me dijeron dos palabras: «Hazlo tú». Llegué a preguntarle a Isabel Quintanilla (esposa del escultor Francisco López Hernández) incluso por la idea de pedirle ayuda si llegaba un momento en que la pudiera necesitar para que el cuadro llevara las dos firmas. «¿Qué te parece?», le pregunté. Y pronunció las mismas palabras: «Hazlo tú». Así que no tuve más remedio que hacerlo yo (risas).

–¿La última pincelada provoca sensaciones encontradas?

–Y la penúltima también. He vivido con el cuadro tanto... Estoy acostumbrado a dar mi trabajo por acabado, pero cualquiera de los anteriores, no nos limitemos sólo a éste, a que pase a los demás y deje de pertenecerme. En ese momento sabes y estás seguro de lo que has conseguido. Yo he hecho todo aquello que estaba en mi mano.

–¿Se siente satisfecho?

–Tranquilo; satisfecho, no lo sé. Este cuadro me ha ayudado muchísimo, me ha servido para reconciliarme con el tema pictórico de la figura humana, para mí muy importante. Las dificultades no han enturbiado el resultado. Me he quedado tranquilo, bien, aunque podía haber seguido pintándolo.

(Antonio tiene la paleta en la mano, con la pintura fresca. La suelta para estar más cómodo y sigue hablando, pronunciando una clase magistral de arte mientras Leona, su perra, que ladra de vez en cuando, se hace notar).

–¿Es distinto trabajar por encargo?

–Antes, para bien o para mal, se trabajaba más de esta manera. Hasta los maestros impresionistas fue así. Ellos decidieron optar por la libertad y pintar lo que veían tal y como lo veían. Y así es como se ha venido haciendo desde ese momento. Si el encargo está en armonía con lo que tú deseas, resulta bastante positivo. Si no quieres, debes decir que no. Yo, la verdad, recibido pocos. Se puede decir que hoy prácticamente ha desaparecido esa manera de trabajar.

–Pero decir no a un retrato Real en pleno siglo XX y XXI...

–Yo acepté, pero no olvidemos que los Reyes no hicieron el encargo, sino una institución. Ellos, desde el primer momento, me prestaron su ayuda y colaboraron en la medida en que pudieron. Son personas de enorme inteligencia que tienen que estar ahí pero sin que se note su presencia porque, si no, la libertad del artista se vería perjudicada.

–Antonio, ¿sintió soledad?

–Hay veces que uno se siente abandonado de la sociedad, inútil, como si no se te tuviera en cuenta. Ésa es la soledad. La otra, la de tener tu espacio propio, es la buena. Y cuando quieres ver gente no tienes más que salir a la calle, que siempre está llena. Hay casos de pintores como Van Gogh que no se sintieron estimados, y eso es un verdadero drama, es tremendamente angustioso.

–¿Se considera estimado?

–Sí, mucho. He podido, además, vivir de la pintura. En el arte no hay una opinión unánime salvo alrededor de las figuras históricas. El arte contemporáneo es un vaivén enorme, lo es hoy y lo ha sido a través del tiempo.

–El retrato Real ya es historia. ¿En qué trabaja ahora?

–Pinto lo que se ve desde mi ventana. Me asomo, miro y pinto. No paro. Trabajo a mi manera, hasta donde puedo y sin ahorrar esfuerzos. La pintura me gusta mucho y me llevo bien con ella. Cuando pinto hago un esfuerzo por hacerlo lo mejor posible.

Los cambios de la Historia

Las medidas infunden respeto: 3 por 3,39 metros. «Es el cuadro más grande que he pintado», dice el artista. Él mismo se encargó de preparar el lienzo («era 1992 o quizá 1993», titubea al recordar la fecha de partida). Ni los monarcas ni sus hijos no posaron para el pintor, sino que lo hicieron para un fotógrafo. Con esa materia él trabajó y dio forma a una de las obras más esperadas de la historia reciente del arte contemporáneo. En veinte años han sucedido muchas cosas y se han producido cambios importantes. Según la primera composición de las figuras, la infanta Cristina (de quien ha cambiado su calzado, unas zapatillas cerradas, por otro abierto) estaba situada junto a su hermano, hoy Rey. En el lienzo ya acabado aparece colocada a la izquierda del retrato, más retirada. Don Felipe solamente tiene a su lado a su madre. Es un retrato de familia (así quería Antonio López que se entendiera, de padres e hijos) y Don Juan Carlos toma por los hombros a la Infanta Elena y toma del brazo a Doña Sofía. La madre y la hija mayor sostienen un abanico. Cristina, un par de flores en la mano derecha. Los tonos de los vestidos de ellas son neutros, ninguno detaca sobre los demás. Los varones visten de oscuro. Una de las sesiones de fotografía se celebró en el estudio del pintor. «El tiempo hace mella en todos, pero las personas son las que están ahí en ese momento. No cambian porque su sustancia no lo hace», explica. «He movido las figuras, las he acercado y distanciado para ver cómo funcionaban. He experimentado y podía haber seguido un tiempo más pero tenía que entregar el cuadro», comenta.