Así robaron los nazis el arte de Europa

El Führer y Hermann Göering fueron insaciables expoliadores del patrimonio, como lo pone de manifiesto el documental “Hitler vs. Picasso y otros”, que mañana y el martes se proyecta en salas

Así robaron los nazis el arte de Europa
Así robaron los nazis el arte de Europa

El total de obras expoliadas se elevó a 600.000, de las que una sexta parte se hallan en paradero desconocido

La impunidad con la que los jerarcas nazis, y más concretamente Adolf Hitler y Hermann Göering, robaron obras de arte sigue resultando hoy, ochenta años después de que al atropello se cometiera, insólita. Y así lo refleja el documental dirigido por Claudio Poli y narrado por Tony Servillo y en el que se dan cifras tan escalofriantes como que el total de obras expoliadas se elevó a 600.000, de las que una sexta parte se hallan en paradero desconocido. El Führer y su lugarteniente fueron amigos, compartían aficiones, como su gusto por el arte, pero competían de una manera feroz cuando una obra artística estaba en juego. En ese momento se enfrentaban para conseguir la mejor porción de un pastel que se antojaba demasiado suculento como para dejarlo escapar. Muchas de las piezas, no solo cuadros, sino esculturas, dibujos, grabados, mobiliario y monedas, era la mayor parte de las veces robadas con impunidad, aunque en otras ocasiones se hacían con el botin en subastas, trofeos que se encargaban de guardan en refugios antiaéreos. La casa del mariscal en Carinhall era conocida como “la residencia de las maravillas”. Prefería los desnudos a las naturalezas muertas y paisajes, de los que era más devoto el autor de “Mi lucha” Le obsesionaba Cranach y aspiraba a tener en sus paredes una obra de Vermeer. El filme desvela el monumental engaño de que fue víctima al creer que en sus manos tenía un lienzo del holandés, “Cristo y la mujer adúltera”, falsificado por Han Van Meegeren con una técnica tan precisa que casi le costó la vida al engañador cuando se descubrió que no era auténtico. El lugarteniente se deshizo de 137 obras para poder tener en su poder un Vermeer.

Servillo deambula por las minas de sal donde una gran parte de las obras maestras que confiscaron fueron a parar. Las imágenes en blanco y negro, tantas veces mostradas, nunca dejan de sorprender, pues se construyeron en las mismas soportes especiales para que los lienzos no sufrieran. Nada se dejó a la improvisación. El actor utiliza un bello término y habla de cómo se expolió la gran belleza de Europa y de la obsesión de hitleriana por conquistar una cultura, aunque como telón de fondo hubiera cientos de miles de vidas humanas que se perdieron. De todas las obras desaparecidas el documental se fija en cuatro exposiciones que exponen piezas recuperadas, en París, Berna, Bonn y Deventer, en los Países Bajos.

La cinta pone el foco en el arte degenerado y en al exposición que en Munich se inauguró en 1937, con maestros como Kandisky, Chagall, El Lizzitsky u Otto Dix a la cabeza. En la misma ciudad ese año y a poca distancia coincidía la gran exposición del arte alemán de la que se ocuparía personalmente el Führer y que marcaría su obsesión por el arte clásico. Los descendientes de marchantes judíos a los que da voz la cinta echan la vista atrás y recuerdan los destinos trágicos siempre de sus antepasados. “Arrasaron con pisos enteros”, aseguran en su afán de poseer, de aniquilar, de apropiarse de las posesiones de quienes consideraban de rango inferior.

¿Cuál quería Hitler que fuese el destino de su mastodóntica y obscena colección de arte? En su testamento lo deja por escrito: “Lego mis posesiones al partido, al Estado, y si este se destruye no tengo más que añadir”. Su idea era regalar una pinacoteca a su ciudad de natal y construir en ella el Louvre de Linz. Quedó en deseo, afortunadamente.

Las fabulosas colecciones de los Rotchschild, Goudstikker, Guttman (la más importante del mundo de objetos de oro y plata del Renacimiento) y la más reciente Gurlitt, de amplio eco en los medios, son analizadas en el documental por los descendientes de sus protagonistas.