Dalí, catalán y antinacionalista

Murió hace 25 años sin haber sido aceptado por las élites políticas y culturales

El próximo 23 de enero se cumplirán 25 años de la muerte de Salvador Dalí en una habitación de un hospital de su Figueres natal. Sin embargo, cuando el pintor expiró hacía mucho tiempo que había dejado de permanecer en el mundo de los vivos. Se había pasado buena parte de esa década agonizando al saberse enfermo y mortal, sin poder pintar por culpa de su párkinson y al ver que su mundo se venía abajo tras la desaparición de su inseparable Gala. En ese tiempo, Dalí estuvo enfrentándose solo a sus demonios, renunciando a comer –aunque finalmente le obligaran a hacerlo mediante una sonda– y pesando unos escasos 34 kilos.

En ese tiempo, cuando muchos creían que el fallecimiento del artista iba a ser cuestión de pocos días, se produjo un intento de aproximación a Dalí por parte de la Generalitat de Cataluña. Eran los años de Jordi Pujol al frente de la institución y el escenario no era fácil. Dalí no había sentido ningún interés por dialogar con Pujol y seguía dolido con Cataluña. Motivos había de los más variados, especialmente el hecho de que institucionalmente nunca se le hubiera apoyado. La presencia del artista en los museos barceloneses era prácticamente nula, con la excepción de unas contadísimas obras de juventud. Este hecho contrastaba con las adquisiciones que el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid –el futuro Centro Nacional de Arte Reina Sofía– había hecho en el pasado, especialmente con la serie de cuadros protagonizados por su hermana Anna Maria Dalí de espaldas.

Dolidos con Figueres

Las cosas no se acababan aquí. Salvador Dalí y su musa Gala daban nombre a una plaza en Figueres, la que está situada frente al museo del artista. Tras la muerte de Franco, el primer ayuntamiento de la democracia decidió retirarles ese honor. Obviamente Dalí quedó dolido y decidió recogerlo todo para marchar fuera de su país. El que entonces era secretario del artista, Enrique Sabater, explicó en muchas ocasiones al autor de estas líneas que esa huida, dolorosa y sin hacer ninguna publicidad, era fruto del desprecio que habían recibido de las autoridades de Figueres. Los tres viajeros marcharon a París con la intención de trasladar su residencia posteriormente y de manera definitiva al Principado de Mónaco. Al menos, la casa donde vivirían ya estaba comprada. Una carta enviada por el presidente de la Generalitat Josep Tarradellas –con copia hoy en los archivos del político en el monasterio de Poblet– y unas gestiones del Rey hicieron posible que las aguas volvieran a su cauce. Hoy Figueres tiene por fortuna una plaza llamada de Gala y Salvador Dalí.

Había más heridas desde Cataluña. A Dalí se le echaba en cara su apoyo incondicional a Franco, su falta de simpatía a la oposición durante los años de la dictadura. Pero había matices que no se tenían en cuenta. El pintor se había pasado algo más de una década en el «exilio» hasta su regreso triunfal en 1948. Sin embargo, no lo tuvo todo de su parte. Franco prohibió la publicación en España de las memorias «Vida secreta de Salvador Dalí», pese a la muy elogiosa reseña de tres páginas que Josep Pla le había dedicado –bajo el seudónimo de Tristán– en las páginas de la revista «Destino» en 1946. A ello se le suma, en años posteriores, las colaboraciones de Dalí con causas ajenas al franquismo. Se sabe de su ayuda, incluso económica, a Josep Tarradellas, en aquel momento exiliado en Francia. El mismo Tarradellas agradeció ese gesto generoso personalmente cuando se vieron en Madrid, en 1977, horas antes de que el dirigente se entrevistara con el Rey y Adolfo Suárez.

Dalí y Ceaucescu

Tampoco ha trascendido mucho de la participación de Dalí en proyectos con otro dictador, Nicolae Ceaucescu, viajando a Rumania algún original del pintor, pese a que el tema podía causarle problemas ante los hombres de Franco. Son también años en los que a Dalí no se le caen los anillos por el hecho de, por ejemplo, ilustrar la poesía del dirigente chino Mao Tse Tung, ni por cultivar su amistad con artistas de izquierdas como David Alfaro Siqueiros o Eugène Ionesco, quien sería uno de los impulsores de la entrada del pintor en la Académie des Beaux Arts en 1978.

Mientras tanto, si bien es cierto que en privado, Dalí se mofaba de Franco, llamando a Gala, en la intimidad de su hogar de Port Lligat como «mi Caudilla» o «mi Generalísima». Un día, yendo a comer a un restaurante ampurdanés, encontraron en uno de los salones y colgado en la pared un retrato de José Antonio Primo de Rivera. Dalí se lo llevó a cambio de un autógrafo y lo puso en lugar destacado en el comedor de la casa de Port Lligat. «Si preside un restaurante también puede hacerlo en mi casa. El verlo me dará más hambre», le diría en broma a su secretario Sabater. Pero a Dalí no le quedaba otra que estar a buenas con el régimen para poder acabar las obras de su museo y que él mismo financió. En sus encuentros con el dictador, Dalí llegó a hablarle de la recuperación de la monarquía apoyándose en su amigo el filósofo Francesc Pujols. Es más que probable que Franco no entendiera nada de la verborrea daliniana, aunque no le importó pedirle que pintara el retrato de su nieta, hecho que podría suponer el apoyo del Museo del Prado al futuro Museo Dalí. El artista realizó el cuadro y Franco, para variar, no cumplió su palabra.

Esfuerzos por ser comprendido

El hombre que había presumido de ser el primer catalán en pasearse por Nueva York con la tradicional barretina, había hecho algunos importantes esfuerzos por ser comprendido por los suyos. Un ejemplo lo encontramos en 1975, mientras Franco agoniza, con la instalación ante la puerta del museo del primer monumento en Cataluña dedicado a la memoria de Francesc Pujols. El problema fue la colocación de una placa con la inscripción en catalán: «El pensamiento catalán rebrota siempre y sobrevive a sus ilusos enterradores». Sabater fue el encargado de negociar con las autoridades de la época que se permitiera la instalación, todavía hoy en pie, un hecho que no fue fácil, pese a que Dalí tuvo el aplauso de artistas como Enric Ansesa, Faixó o Evarist Vallés, entre otros.

No sabemos si Pujol estaba informado de todo esto cuando trató de acercarse a Dalí y aprobó el 30 de diciembre de 1981 que se le concediera la medalla de oro de la Generalitat. El president se la entregó en un acto oficial celebrado al año siguiente en el museo de Figueres con la presencia del poeta J. V. Foix, un amigo de juventud de Dalí. Pero mientras el pintor agonizaba, Pujol y su entonces conseller de cultura, Max Cahner, intentaron reunirse con él, casi siempre sin éxito. A la vez, los gobiernos de Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González pusieron toda la carne en el asador gracias especialmente al papel del abogado Miguel Doménech, emparentado con el último presidente del Gobierno de UCD y con el ministro socialista de Asuntos Exteriores, Fernando Morán.

Hubo algún gesto que invitó a la esperanza a la Generalitat de Pujol. «Nacimiento de una diosa», también titulado «Cinco cuernos de rinoceronte formando una virgen» y «Contínuum de cuatro nalgas», es una importante tela que fue donada por el artista al Govern en 1988, cuando la salud del pintor estaba en fase terminal. La gran pintura, 92,5 por 153 centímetros, acabó colgando de los despachos del edificio de la plaza Sant Jaume, aunque se cedió a alguna exposición. En la actualidad forma parte de las colecciones del Museo Nacional de Arte de Cataluña, en Barcelona.

Pero todo iba mal mientras se iban vaciando las cuentas corrientes de Dalí a mediados de los años 80, en teoría para pagar los gastos sanitarios del célebre paciente, como admitió el último secretario del pintor, Robert Descharnes, al autor de este reportaje. El último testamento, realizado a mediados de los 70 y con Cataluña como heredera, fue modificado finalmente el 20 de septiembre de 1982. El Reino de España pasaba a ser el heredero de la obra y Descharnes el responsable de la gestión del patrimonio. Cataluña no aparecía citada. Dalí, en el último momento, ignoró a Pujol.

Dos catalanes incómodos

Probablemente fue Josep Pla el mejor defensor que tuvo Salvador Dalí, pese a los altibajos que hubo en la amistad entre estos geniales ampurdaneses. Los dos fueron dos catalanes incómodos para su tiempo y demasiado incomprendidos. En el verano de 1977 trabajaron en un proyecto común, un espectacular libro de bibliófilo titulado «Obres de Museu», escritor por Pla e ilustrado por Dalí. Mientras la iniciativa fue materializándose, la comunicación entre los dos fue constante, ya fuera mediante encuentros personales o cartas. Una de esas misivas, redactada por Pla el 18 de agosto de 1977, resume muy bien el tratamiento que estaban recibiendo. El autor de «El quadern gris» declaraba que «usted señor Dalí, no ha sido nunca atacado en este país por razones pictóricas –pese a ser tan desconocido. Ha sido atacado por razones políticas grotescas. Este libro ["Obres de Museu"], podría hacer un agujero terrible desde la totalidad del asunto».

Tal vez, como consecuencia de esa situación, el último libro en el que quisieron trabajar otra vez juntos tras el buen resultado de «Obres de Museu», no ha sido nunca editado como querían Pla y Dalí. Se trata de un insólito poemario planiano llamado «Versos del retour d'age» y que debía ir acompañado de una serie de ilustraciones dalinanas sobre caballos. A ello había que añadir la última gran obra de Dalí: una espectacular ilustración que recogía todos los escenarios del Empordà vinculados con la figura de Josep Pla. Todo el material quedó en manos de Enrique Sabater, quien trató sin suerte de ponerlo en marcha posteriormente, tras la desaparición de los dos amigos. Pero hay un epílogo más triste. En el Museo de Historia de Cataluña, en el apartado dedicado al último siglo XX, no aparecen ni Pla, ni Dalí pero sí Espriu o Miró para referirse a representantes de la cultura.