Miguel Ángel al 40 por ciento

El Prado exhibe la restauración del «San Juanito», que fue destruido durante la Guerra Civil

La única escultura de Miguel Ángel que se conserva en España, San Juanito, que tras su reciente y compleja intervención en el Opificio delle Pietre Dure (Centro de Restauración) de Florencia, se exhibirá en el Prado
La única escultura de Miguel Ángel que se conserva en España, San Juanito, que tras su reciente y compleja intervención en el Opificio delle Pietre Dure (Centro de Restauración) de Florencia, se exhibirá en el Prado

La escultura de San Juanito, la única que existe de Miguel Ángel en España, ha sido presentada hoy en el Prado

La fama alberga muchas veces ideas peligrosas. Eróstrato terminó convirtiendo su nombre en sinónimo de la barbarie cuando destruyó intencionadamente el Templo de Artemisa en Éfeso, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, con un incendio que resultó desolador (el lugar, hoy, es apenas un erial con unas tristes ruinas que no consiguen representar ni dejar una idea precisa de lo que esta arquitectura simbolizó en el pasado). Como todos los hombres privados de talento, la única posibilidad que este pastor tenía de pasar a la Historia, y que de las generaciones futuras lo recordaran, era mediante un acto execrable, infame. Hoy en día existen muchos «erostratistas», mucha alma dispuesta a hacer añicos el arte que encuentran a su paso bajo cualquier estólido argumento, acogiéndose a los mandamientos de cualquier religión o cobijándose bajo el confortable manto que proporcionan las ideologías. El «San Juanito», la única obra que España poseía de Miguel Ángel, quedó reducida a un montón de pedazos al inicio de la Guerra Civil española, cuando pasó por Úbeda, parece ser, la sección ferroviaria de la CNT de Linares, y la Capilla del Salvador ardió. Junto al retablo de la «Transfiguración» de Alonso Berruguete, se quemó esta obra que el artista florentino talló en 1495, cuando contaba veinte años y aún tanteaba las posibilidades de la escultura con una serie de piezas menores, como las que dejó en Bolonia, pero que, a pesar de su sencillez, apuntaban ya el genio que eclosionaría más tarde con ese alarde de virtuosismo (que no repitió) que era la «Piedad» y ese desafío descomunal que aún encarna el «David».

En el caso del «San Juanito» –que llegó a España en 1537 como un intento de Cosme I de Medicis (que debía su poder en Florencia al apoyo de Carlos V) de agasajar a Francisco de los Cobos– no se guarda memoria de quién fue el agresor que indujo su destrucción (quedó totalmente rota y su cabeza fue quemada). De aquel desafortunado episodio, que evoca lo que está ocurriendo estos días en algunos países de Oriente Medio, sólo quedaron unos restos vagos que no aciertan a alumbrar lo que fue en el pasado, pero en los que aún se rastrea la mano de Miguel Ángel. La restauración, llevada a cabo en el Opificio delle Pietre Dure de Florencia, ha acudido a fotografías anteriores a 1936 para rehacer la estatua, propiedad de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli-Sevilla. Han tardado veinte años en completarla. Los fragmentos originales alcanzan únicamente el 40 por ciento de la escultura. Lo que antes unía la piedra y había cincelado el ingenio de Miguel Ángel, ahora lo sujetan una serie de moldes realizados en nylon y unos imanes apropiados para sujetar el peso de parte del busto original, en el que todavía, en los pliegues de la ropa, se ve la huella del escultor. Una tecnología en 3D ha permitido extraer un molde exacto al original a partir de las imágenes antiguas que se conservaban del «San Juanito». Este paso ha ayudado a los científicos a encajar los fragmentos y averiguar su posición exacta en este puzle anatómico. El contraste más llamativo, y donde puede percibirse la fuerza de la devastación es en la cabeza. Las llamas arruinaron el blanco del mármol, el rostro de la escultura está recubierto hoy por una pátina negra, una sombra oscura que suena a metáfora.

La «Piedad», otro símbolo dañado

No es la única pieza de Miguel Ángel que ha padecido una agresión. La «Piedad», que alberga El Vaticano, fue golpeada en 1972 por un loco con un martillo. Recibió quince golpes que dañaron el brazo de la Virgen, su rostro y el manto que recubre la cabeza. Después de una cuidadosa restauración, la obra puede contemplarse de nuevo en la basílica de San Pedro. Pero, esta vez sí, alejada del público y protegida por un cristal.