Pero... ¿quién era Velázquez?

La biografía del pintor de «Las meninas» presenta todavía muchos puntos oscuros

La historia, en ocasiones, nos sorprende con alguna paradoja que invierte los parámetros comunes. De Velázquez se presupone un amplio conocimiento: una obra estudiada y una vida sin lagunas. Pero no es así. En 1957, Juan de la Encina dejaba suspendida una pregunta sin respuesta: «¿Quién es este hombre?». Unos años más tarde, en 1964, otro historiador, José Camón Aznar, subrayaba, quizá con un punto de desolación, que «esa existencia recatada y distante no es biografiable». Jonathan Brown, en uno de sus ensayos sobre el artista, coincidía con ellos y señalaba: «Resulta sumamente difícil escribir una biografía, en el sentido convencional del término, debido a que nos faltan los documentos personales que pudieran desvelarnos su vida interior». Al contrario de lo que sucede, por ejemplo, con Goya, del que existe un planisferio más o menos detallado de la evolución de sus emociones y pensamientos, Velázquez permanece en la sombra, apenas bosquejado por los autorretratos que incluyó en sus lienzos y un limitado catálogo de piezas que bordean el centenar y que apenas ayudan a formarse una idea concreta de la figura que se esconde detrás. Por tanto, la cuestión continúa vigente: ¿quién era este pintor, el primero de la historia que se dio cuenta de que un cuadro sin terminar podía ser un cuadro acabado?

Intuiciones sin corroborar

El Prado dedica, a partir del próximo viernes, una exposición sobre el último periodo del artista, que comprende desde el segundo viaje a Italia hasta su fallecimiento. Y sólo las incógnitas relacionadas con este arco cronológico, que se abre en 1649 y se cierra en 1660, son abundantes: ¿quién es la modelo de la «Venus del espejo»? ¿Tuvo un hijo con una amante? ¿Qué fue de ese niño? ¿quién era, en ese caso, la amante? ¿Por qué retrasó su vuelta a España a pesar de la insistencia de Felipe IV? ¿Cuál fue su relación con Juan José de Austria, el hijo bastardo del rey de España? Ninguna de estas interrogantes tiene contestación. Existen hipótesis, pero ningún testimonio corrobora las intuiciones de los especialistas. A estas cuestiones se suman otras que impiden elaborar un retrato humano: ¿cómo fue la relación con Juana, su mujer? ¿De qué hablaba con el monarca español? ¿Era un hombre reservado o social? ¿Qué hay de él en su obra aparte de un derroche de talento?

Javier Portús, jefe de departamento de Pintura Española del Prado y comisario de la muestra sobre Velázquez, está sentado en su despacho en el Casón del Buen Retiro. La luz entra por una ventana en lo alto, como en los cuadros de Caravaggio. El montaje de la exposición todavía no ha comenzado y reconoce que, a pesar de su larga trayectoria, aún se emociona cuando llega el momento de desembalar un lienzo. «Sabemos poco sobre su personalidad. La documentación que se conserva es administrativa. Se refiere a su carrera palaciega y lo que nos dibuja es una vida funcionarial. No tenemos nada personal. Sabemos más de la intimidad de Felipe IV que de Velázquez». El hispanista francés Bartolomé Bennassar, que ha escrito recientemente una biografía del pintor (publicada en Cátedra), reconoce: «Sigue siendo un misterio. Creo que era alguien orgulloso y consciente de su talento. No debía de ser una persona encerrada en sí misma. Mantenía relaciones con Alonso Cano, que no tenía un carácter sencillo. También alojó a los fresquistas italianos que vinieron a decorar el Alcázar. Además, tiene amistad con Zurbarán». De Velázquez nos ha llegado el eco de su genio. El virtuosismo de un hombre que pintó poco, pero todo lo que pintó lo hizo con maestría. Sin embargo, se desconocen datos elementales, por ejemplo, si era o no muy religioso. Y más cuando se trata del autor del «Cristo» del convento de San Plácido, uno de los mejores ejercicios anatómicos de su época. Cuando se le pregunta a Portús cómo se imagina al pintor, sonríe: «Era capaz de traducir su inteligencia en una gran técnica pictórica. Su ingenio era muy amigo de la paradoja, algo que participaba de la cultura española de la época. Le veo cerebral, amigo de traslucir sus ideas mentales en sus cuadros, pero no, en cambio, sus principales emociones. Eso no quiere decir que sus obras no nos provoquen sensaciones, pero es evidente que mantiene distancia entre sus sentimientos y sus obras».

-Algunos han visto parte de su humanidad en los bufones.

-Varios han intentado, en efecto, ver en sus bufones y niños deformes un Velázquez compasivo, que se fija en esos seres que son la escoria y que él dignifica. Pero es una visión contemporánea. Estos personajes ganaban más que otros servidores de palacio. Esta mirada tiene más que ver con el siglo XX que con el XVII. Usó estos cuadros para ensayar poses y nuevas composiciones, un planteamiento realmente libre. A Velázquez le resultaría imposible pintar al rey como al «Niño de Vallecas».

El talento de Velázquez comenzó a descollar en su infancia sevillana. Su maestro, Pacheco, tuvo la habilidad de no interferir en el desarrollo artístico de su prometedor discípulo. En esa primera etapa, la de «Cristo en la casa de Marta y María», «La vieja friendo huevos» y «El aguador», ya dejó muestras de una madurez inquietante. «Lo que hizo en Sevilla no se parecía en nada a lo que se hacía en esa ciudad entonces. Desarrolló nuevos puntos de vista narrativos. Son creaciones extraordinariamente originales, no sólo en lo pictórico, también en la composición». Velázquez crece con una señalada identidad y una seguridad sorprendente para la edad (pinta del natural y será, de nuevo, el primer artista que lo haga al aire libre: los paisajes de la Villa Medici durante primer viaje a Italia).

Velázquez se casará con la hija de Pacheco, Juana. Para Bennassar, «ella también es enigmática. Tienen dos hijas inmediatamente y luego no tienen más. Mi hipótesis es que tuvo un accidente ginecológico, porque otros artistas tuvieron más descendencia y Velázquez, además, no tuvo hijos varones». Para Portús ese enlace demuestra que el artista es hijo de su época: «Es un pintor cortesano, pero también gremial: se casa con la hija del maestro, igual que su hija se casará con uno de sus discípulos, Juan Martínez del Mazo –autor del lienzo "Familia del pintor"(1665), donde aparece Velázquez pintando y que se podrá observar en la muestra de El Prado–». Juana aportó estabilidad económica a un matrimonio donde el amor no cotizaba demasiado alto. Velázquez siempre estaría a su lado, aunque se ha descubierto que en su vida hubo, al menos, otra mujer. «Lo descubrieron investigadores ingleses –asegura Bennassar–. Existen dos hipótesis: que fue una nodriza, y otra, más arriesgada, que fue una pintora italiana». Portús recuerda: «Hasta los años 80 se desconocía este hecho. Se sabe que retrata a la pintora Flaminia Triva. También hay un hijo (Antonio), pero se le pierde la pista. Algunos aseguran que este descendiente pudo ser el motivo de que Velázquez intentara hacer un tercer viaje a Italia que, al final, no pudo realizar».

La personalidad de Velázquez queda diluida en un puñado de documentos burocráticos y unos cuantos rasgos dispersos que nos hablan de quién pudo ser (firmaba con un papel, quizá, porque sabía que en el futuro, la historia, distinguiría su singular estilo y maestría). Su muerte repentina, la desaparición de sus cartas, la falta de un testamento y el fallecimiento, una semana después, de su esposa, convierten su figura en un fantasma. Velázquez, quizá involuntariamente, logró lo que muchos procuran alcanzar: que de su vida sólo se recuerde su obra. Y, por supuesto, su nombre.

El pintor del Rey

La exposición de El Prado se llama «Velázquez y la familia de Felipe IV». De hecho, el pintor (en la imagen) compartió con el monarca, un amante de las artes, una amistad que se remontaba a su juventud, cuando los dos se conocieron en Madrid por medio del Conde Duque de Olivares. A través de las cartas de Felipe IV hemos recibido apuntes de cómo podía ser el carácter del artista. Los dos trabaron una complicidad que podría haber quedado recogida en «Las meninas». «Velázquez era un pintor muy dotado –dice Javier Portús–, pero necesitaba un patrono que lo entendiera y lo encontró en Felipe IV. El rey entendía la pintura velazqueña, hecha de manchas, un arte distinto, una pintura libre».

Un rastro de humanidad

«Las meninas», como «Las hilanderas» y con anterioridad otras telas, dejan constancia de la inteligencia pictórica de Velázquez, un hombre que transgredió las normas. Triunfó en la corte española y también en la corte papal (su retrato de «Inocencio X» dejó una frase para la historia: «troppo vero!», se dice que exclamó el Papa al verlo). Pero de los sentimientos de Velázquez hacia sus retratados no queda ni un solo rastro en sus obras, sólo en una: el que realizó a Felipe Próspero, que proviene de Viena y que estará presente en El Prado. En este retrato del descendiente de Felipe IV, Velázquez se descubre. Pero sus sentimientos no son hacia el heredero, sino hacia la perrilla que hay en la silla de al lado. Una mascota que apreciaba y a la que retrató aquí después de que hubiera muerto. La vivacidad que late en los ojos del animal es casi lo mejor de una pintura genial.