Batuta prometedora

Obras de Dvorák, Chaikovski y Rachmaninov. Edgar Moreau. Olga Pudova. Alexey Dolgov. Alexander Vinogradov. Orquesta Nacional. Karina Canellakis. Auditorio Nacional, Madrid. 20-X-2017.

Muy buena impresión ha causado esta joven directora neoyorquina que inició su carrera como violinista. Ha mostrado maneras y un empaque raro a su edad. La figura es menuda y esbelta. El gesto, claro, conciso y elegante, los movimientos, armoniosos. Mano izquierda movediza y expresiva. Traza precisos arcos que recogen y proyectan, modelan y dibujan. Cualidades que resultan muy didácticas para coristas e instrumentistas, que dieron una excelente prestación en la vigorosa y caleidoscópica cantata «Las campanas» («Kolokola») de Rachmaninov (1913). La imponente partitura necesita, en efecto, de esa virtudes que adornan a la directora que, de todos modos, y tras un comienzo magnífico, no pudo evitar ciertos desajustes y borrosidades y determinadas intervenciones corales carentes de redondez y el ideal empaste, sobre todo en los momentos más agitados y dramáticos de la cuarta parte, en la que, como contraposición, se dieron muy felices intervenciones orquestales, mayormente en la elevación espiritual de la última gran frase de la cuerda sobre arpegios consoladores. Cierre relajado y esperanzador.

En la tercera parte de la cantata fueron de destacar los muy claros contrapuntos, que ayudaron a dar forma y definición al furibundo «Presto», ese «Scherzo maléfico» en palabras de André Lischké. Los tres solistas cumplieron, aunque quedaron sepultados, tenor y bajo sobre todo, en los instantes más turbulentos. Olga Pudova mostró su timbre fresco y penetrante. Dolgov su colorido algo desvaído y Vinogradov su potencia y músculo. Moreau, de 23 años, es un chelista bastante interesante, ya avezado y poseedor de una técnica fácil y resolutiva y de un sonido oscuro y de buen volumen. Falló en los sobreagudos y en los armónicos, y evidenció una cierta sosería en las monótonas «Variaciones Rococó» de Chaikovski, bien trabajadas por la orquesta, que sonó nítida y con cierto brillo en el hermoso poema sinfónico «La bruja del mediodía» de Dvorák, que Canellakis expuso con buena letra, sonido claro y pianísimos de calidad.