Berenice Abbott construye Nueva York

La Fundación Mapfre inaugura en Madrid la muestra dedicada a la fotógrafo estadounidense, discípula de Man Ray y Eugène Atget, retratista de la vanguardia artística y testigo de la fiebre de la construcción en Manhattan en los años treinta

Nueva York, 1932. Recostado de una viga, un hombre fuma mirando hacia el cielo como quien trata de imaginar hasta dónde se alzará la torre de la que por entonces solo se ven los cimientos. Al fondo se adivina el edificio Chrysler, hasta un año antes el más alto del mundo. La fotografía de Berenice Abbott captura una Manhattan que quedó enterrada bajo los setenta pisos de concreto de la Torre Rockefeller, a la puerta de la que hoy los turistas hacen filas para ascender a su última planta y, desde allí, ver el Central Park, la catedral de San Patricio y el Empire State. Pero la de la foto era otra Nueva York: la del progreso y la modernidad que, como torres, ascendían hacia las alturas ante la sorpresa de sus habitantes. A Abbott, nacida en Sprinsgfield, Ohio, en 1898, le fascinaban las enormes vigas de acero que se hundían en la roca de la isla para soportar el peso del inmenso edificio; “los pies del Rockefeller”, los llamaba. “La construcción era algo que solo llamaba la atención de los hombres. No entiendo por qué; a mí me parecía muy interesante. De hecho, estaba más interesada en esa parte, en la construcción, que en el resultado”, afirma la fotógrafa en un documental de 1992 que se proyecta como parte de la muestra “Retratos de la modernidad” que le dedica la Fundación Mapfre.

Ese interés por el proceso antes que por el resultado se aplica también a sus fotografías. Abbott lo ejemplifica con el cuento “El artista de lo bello” de Nathaniel Hawthorne, en el que un joven le regala al hijo de la mujer de la que está enamorado un precioso juguete hecho a mano. El pequeño no tarda en destrozarlo. “Esa experiencia le hizo darse cuenta de que el único placer que puedes obtener al crear algo es el placer de crearlo, no el producto final. Experimentas un tipo de gozo al crearlo, y eso es todo lo que puedes esperar”, asegura la fotógrafa.

Abbott, que dedicó años a retratar al Nueva York cambiante que encontró en 1929, cuando regresó de trabajar con Man Ray en París, no le gustaba ser etiquetada de artista. “Ella quería ser documentalista, como veía a Eugéne Atget. Y sí, está documentando su entorno, pero, lamentablemente para Abbott, a quien no le preocupaba la belleza, hace unas imágenes extraordinarias; y son extraordinarias por su modernidad”, asegura Estrella de Diego, comisaria de la muestra.

En efecto, resulta imposible no clasificar el resultado de ese minucioso trabajo como arte: cada imagen demuestra la sensibilidad de Abbott, la peculiar mirada que le permitió descubrir los rincones más fotogénicos de la ciudad y las expresiones más genuinas de quienes posaban para ella: “Realizar retratos es agotador. Tienes que ponerte a ti mismo del revés para llegar hasta esa persona, de lo contrario sería un simple proceso mecánico», afirmaba la artista.

Porque también se dedicó a los retratos, sobre todo mientras vivió en París. Allí conoció y fotografió a Jean Cocteau, Djuna Barnes, André Gide, Jannet Flanner y James Joyce, entre otros. El retrato que realizó de Joyce es hoy la imagen de referencia del escritor: sentado, con un brazo apoyado en el lomo de la silla y la otra mano sosteniendo un bastón; con sombrero y gafas, mirando fuera de cámara. Abbott recuerda en el documental “A View of the 20th Century” que tuvo la suerte de encontrar un estudio con una claraboya que le permitió retratarle con luz natural, ya que los delicados ojos del escritor no podían soportar luces artificiales.

En París, Abbott descubrió una habilidad natural para la fotografía, gracias a Man Ray, para el que trabajó durante años como asistente hasta que comenzó a tomar sus propias imágenes. Allí descubrió también a Eugène Atget, cronista de la vida parisina del que tomaría la idea para su proyecto “Changing New York” y al que admiró y promovió con pasión a su regreso a Estados Unidos.

Quizá los retratos más bonitos de la muestra sean justamente los de Atget: uno de perfil y otro de frente. Abbott afirma que se le ve triste en esas imágenes porque su esposa había muerto poco antes. Él mismo falleció antes de que la fotógrafa pudiera mostrarle su trabajo. Una serie de instantáneas de París realizadas por Atget y positivadas por la propia Abbott también forman parte de la exposición.

La comisaria describe a Abbott como “una chica del Midwest que tenía aspiraciones modernas realmente profundas” y que se instala en el Greenwich Village después de dejar la universidad, donde estudiaba periodismo. En ese barrio de Nueva York “se encuentra cómoda porque es donde empezaba la vanguardia”, en palabras de Estrella de Diego. Así que Abbott fue bohemia, pero también pragmática. No venía de una familia con dinero –su padre abandonó a su madre cuando ella era una bebé porque descubrió que le era infiel–, así que siempre tuvo que ganarse el pan. “No idealizaba a la clase trabajadora, sino que formaba parte de ella”, explica la comisaria.

Por ello, además de por su enorme curiosidad, Abbott comienza a trabajar para el Massachusetts Institute of Technology dejando constancia de los experimentos científicos o fenómenos físicos que allí se estudiaban. Estas imágenes conforman la última parte de la exposición y son, según la comisaria, “quizá las menos conocidas de sus fotos. Están montadas por ella misma de manera que son casi un objeto. Abbott lo hizo así para que pudieran girar por los museos de Estados Unidos, para que la gente viera los experimentos”.

“Berenice Abbott. Retratos de la modernidad”, que Estrella de Diego describe como el resumen de “una vida en fotografía de una mujer excepcional que estuvo siempre en el momento oportuno y en el lugar oportuno”, estará abierta al público a partir del sábado y hasta el 25 de agosto en la Sala Recoletos de la Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23).