Bienzobas , la obra inmunda de un asesino etarra

La exposición del etarra, promocionada por Bildu, busca blanquear a un criminal a través de unas obras tan vulgares como hirientes.

La exposición del etarra, promocionada por Bildu, busca blanquear a un criminal a través de unas obras tan vulgares como hirientes.

Teníamos curiosidad en mitad de la borrasca que ha provocado que el etarra Bienzobas exponga en un espacio público por ver cuál es el sentido creativo que ha llevado a un grupo de proetarras a sacar sus obras de la cárcel como si fuera un genio fugitivo en busca de un público ansioso de vanguardia pistolera. Si Chillida hubiese sido un terrorista tendríamos un problema. Habría que enfrentarse al espinoso trance de valorar las obras de un coloso a sabiendas de que moralmente estamos tratando de un hombre deleznable. No es el caso. Los cuadros del etarra Bienzobas jamás debieron recalar en la casa de Cultura Torrezabal de Galdácano. En primer lugar porque, como se ha subrayado a diestra y siniestra, es una burla al dolor de las víctimas. La sensibilidad del personaje debió guardarla para los días que llenó de sangre su currículum. Pero es que, además, el asesino es un vulgar “amateur” que pasa el rato relajándose después de su ardor guerrero. Podrían ser los delirios de un jubilado en horas bajas, pero hasta en esos gestos naif rezuma maldad figurativa.

Pinta una lágrima y parece un tiro en la nuca en vez de un ojo llorando cuya pupila en lugar de ser redonda toma la forma del mapa del País Vasco. No solo llama a la independencia también se solidariza con pueblos indígenas: “Un pueblo que no es capaz de hacer respetar su palabra y su voluntad nunca será libre”, se lee en un lienzo. Un jefe indio nos mira a punto de asaetarnos. Las esculturas tienen el mismo sentido que un fétido petardo. Una basura sin reciclar. Los brochazos de Bienzobas responden a una terapia carcelaria del que quiere reafirmarse en sus delitos. No se trata de un ejercicio inocente.

Los críticos de arte y los literarios han de hacer esfuerzos mayúsculos para separar al hombre de su obra cuando el enjuiciado es un personaje satánico. Las acuarelas de Hitler, por ejemplo. Tan cursis. A los cuadros de Bienzobas no se les puede encuadrar en ningún apartado, tal es la inmundicia que produce. La hipocresía de Bildu llega a tal extremo que promueve un paseíllo por obras que no merecen un vistazo al biés a la vez que recrimina a Woody Allen, palabras mayores, que ruede en San Sebastián. Hablamos de una técnica pésima, de un uso del color endiabladamente fútil, de una tomadura de pelo envuelta en crónica negra. Imposible llegar a un ridículo análisis y tal vez sea un pecado siquiera atreverse a hacerlo.

La gran obra de Bienzobas son sus crímenes que no pagará por muchos años que pase en prisión. Su obra maestra fue segar la vida de Tomás y Valiente en 1996 cuando estaba en su despacho de la facultad. Como han expresado los hijos del que fuera presidente del Tribunal Constitucional, se trata de aparentar un hecho cultural para hacer de ella una “perfomance” cargada de “despreciable intencionalidad política”, hacer pasar por “ciudadano honorable” al que además de Tomás y Valiente se le atribuyen las muertes del general del Ejército de Tierra Juan José Hernández, el del teniente general Francisco Veguillas, el del teniente coronel Jesús Cuesta además del magistrado del Supremo Rafael Martínez o el trabajador de Iberduero Rafael San Sebastián. La exposición se titula “Desde la ventana de mi celda”. Urge cerrar esa salida al mundo. Y tirar la llave. Si se trata de cultura, es la de la muerte. Un asco.