Buñuel: «Mis películas son de un erotismo casto»

La Fundación Banco Santander rescata un ensayo inédito que Carlos Fuentes escribió sobre el responsable de títulos como «Nazarín», y que incluye cartas del maestro aragonés.

Carlos Fuentes y su mujer Silvia Lemus rodean a Luis Buñuel, en una fotografía a finales de los 60
Carlos Fuentes y su mujer Silvia Lemus rodean a Luis Buñuel, en una fotografía a finales de los 60

La Fundación Banco Santander rescata un ensayo inédito que Carlos Fuentes escribió sobre el responsable de títulos como «Nazarín», y que incluye cartas del maestro aragonés.

Dentro de la bibliografía alrededor de Luis Buñuel hay algunos libros de entrevistas que resultan interesantes para conocer de primera mano el pensamiento del que fuera autor de títulos como «Viridiana», «Simón del desierto» o «El discreto encanto de la burguesía». Ahí están los casos de los libros del dúo Tomás Pérez Turrent y José de la Colina o el de Max Aub para una novela que no llegó a ser. Mención aparte son las confesiones que Buñuel dictó a su colaborador Jean-Claude Carrière para su autobiografía «Mi último suspiro», donde hay no pocos errores de transcripción. A esta lista se une ahora un título que es el de un libro que no pudo ser, pero que ha sido recuperado por Javier Herrera Navarro, una de las principales autoridades en el cineasta de Calanda. Se titula «Luis Buñuel o la mirada de la medusa» y lo firma Carlos Fuentes, el gran autor mexicano que se convirtió en uno de los más íntimos camaradas del realizador.

Herrera descubrió este material entre los papeles del escritor hoy custodiados en la Universidad de Princeton donde también se conserva el epistolario entre Buñuel y Fuentes que asimismo ve ahora la luz en esta edición. Nos encontramos a un Luis Buñuel que reflexiona sobre todo, sin ponerse límites, mientras los reconocimientos hacia el de Calanda crecen y París se prepara para vivir el mayo que lo cambió todo. Fuentes sigue sus pasos por México, París, España y Venecia para un libro que no llegó a concluir. Javier Herrera ha realizado un trabajo preciso, casi detectivesco, hasta poder reconstruir este ensayo tan necesario.

Un escritor frustrado

En el texto ahora recuperado, Buñuel se autorretrata y nos muestra sus máscaras, las conocidas y las desconocidas. Por ejemplo, a Fuentes le confiesa que «soy un novelista frustrado que terminó en director de cine. Dirigir me fatiga enormemente, la promiscuidad del trato es agotante: electricistas, actores, fotógrafos, amanuenses, maquillistas, peinadores, iluminadores, la barbe. Mi ideal hubiera sido encerrarme a escribir como un monje. Pero no tengo ningún talento. Ni siquiera para escribir cartas. Me toma varios días escribir la carta más sencilla y luego resulta algo como esto: “Querido amigo, te escribo porque mi madre me ha escrito diciéndome que no te puede escribir y me pide que te escriba yo porque ella no te puede escribir».

Fuentes supo ganarse a Buñuel, de manera que el padre de «Tristana» habla con total libertad, con una franqueza que nos demuestra que en los años 60, en el momento de participar en el libro de Fuentes, seguía siendo el mismo rebelde de siempre, el mismo que había asaltado los cuarteles surrealistas en 1929 con «Un perro andaluz». Un buen ejemplo lo encontramos cuando el novelista le expone que «hablando de dinamita, usted ha dicho que le gustaría incendiar el Louvre». La respuesta del cineasta está a la altura de las expectativas cuando le subraya que «sí, cuando alguien afirma que la vida de un hombre es tan insignificante como la de una hormiga al lado de los tesoros de un museo. Pero le pegaría a un hombre que dijera que su vida vale más que el Louvre».

Buñuel también rememora su juventud, sus años gloriosos en la Residencia de Estudiantes compartiendo amistad con Federico García Lorca y Salvador Dalí. Del poeta granadino hace memoria de cuando se disfrazaban de monja, «muy rasurados los dos, muy polveados, y subir a los tranvías madrileños a las horas de mayor afluencia y codear a los pasajeros, requerirlos con mohínes, guiñarles el ojo: pánico colectivo». Al pintor ampurdanés lo hace responsable de ser despedido del MoMA al acusarlo en la Prensa estadounidense de anticlerical en plena «caza de brujas».

Fuentes lo apunta todo y se convierte en notario del mundo buñuelesco. Eso es lo que hace que nos encontremos en las páginas del ensayo rescatando la receta del buñueloni, el cóctel de ginebra, carpano y martini con el que el aragonés sabía sorprender a quienes lo visitaban en su residencia mexicana.

También nos encontramos con el Buñuel coleccionista de armas, propietario de un arsenal en el que hay viejas pistolas del siglo XVI, además de armas de calibres más modernos. El escritor añora que Buñuel «fabrica sus propias balas. Mide la pólvora en diminutas cucharillas de acero con la minuciosidad de un alquimista. Durante años, se quemó las pestañas perfeccionando una bala que se deslizaría suavemente al chocar contra su blanco».

También se defiende el mejor director de cine surrealista de aquellos que esperan poder interpretar aquellos elementos perdidos en el metraje de sus películas. La razón es bien sencilla: «Cero símbolos. Cero filosofía. Hablo de las cosas que me gustan y me divierten. Jamás he buscado conscientemente un símbolo en mis películas».

El hombre que admiraba a Sade no oculta que «mis películas son de un erotismo casto». Carlos Fuentes no puede evitar puntualizar que, en todo caso, es «casto y castizo».