«Cruce de caminos»: Ambición que mata

Dirección y guión: Derek Cianfrance. Intérpretes: Ryan Gosling, Bradley Cooper, Eva Mendes, Ray Liotta. Estados Unidos, 2012. 140 min. Thriller dramático.

No es extraño que, después de «Blue Valentine», Cianfrance se haya descolgado con una película tan ambiciosa. En aquella presunta disección del desamor matrimonial desafiaba la estructura cronológica, mientras que en esta saga con aspiraciones panorámicas utiliza una estructura de novela río, dividida en tres actos que desplazan el punto de vista protagónico, para hablar del determinismo del destino, de la condena que ensombrece las relaciones entre padres e hijos y de la herencia de la culpa, que lo marchita todo. Cualquiera diría que ha hecho una cinta de James Gray, explotando las influencias del cine de Lumet y el policíaco de los 70, y no se equivocaría demasiado. Las intenciones son buenas, los resultados no tanto. La intensidad de «La noche es nuestra» queda diluida en una cierta impostura, en un cálculo que no permite que los personajes –sobre todo el motorista interpretado por Gosling, cuya desgracia desencadena los traumas y expiaciones– cobren vida propia, respiren al margen de un programa diseñado para que cumplan una función, marionetas manejadas con plena convicción por Cianfrance. La estructura tripartita del guión ofrece no pocas sorpresas. La más fecunda se manifiesta en la transición del primer al segundo acto, cuando Gosling, demasiado arquetípico como nuevo Steve McQueen, deja paso a Cooper, policía herido, con una conflictiva relación con la filiación paterna, que desmantela una red de corrupción policial con fines no menos cuestionables. Es un personaje interesante, en cuanto Cooper sabe encarnarlo con una mezcla de fragilidad y determinación (Cianfrance tiene buena mano con los actores: es una pena que la magnífica Mendes no tenga más carne donde hincar el diente). Da la impresión de que Cianfrance está empeñado en cerrar el círculo con una sucesión de clímax que sienten cátedra, que digan la palabra definitiva en un género, el melodrama viril, que Hollywood cultivó con mejor suerte en los 50, cuando Kazan y Minnelli estaban en la cima de su carrera.