Cuando los negros eran blancos pintados con betún

La polémica racial ha salpicado este año a unos Oscar que parecían haber dejado atrás los clichés. Los estereotipos entre blancos y negros obligaron a los afroamericanos a trazar un camino paralelo al de Hollywood hasta los años 60

La polémica racial ha salpicado este año a unos Oscar que parecían haber dejado atrás los clichés. Los estereotipos entre blancos y negros obligaron a los afroamericanos a trazar un camino paralelo al de Hollywood hasta los años 60

D.W. Griffith puso muy bajo el listón racial. «El nacimiento de una nación» (1914) no sólo significaba uno de los primeros pasos del cine como tal, sino que, empapado de la sociedad de EE UU entonces, colocaba a la comunidad negra –sin entrar en la conveniencia o no de este término– en un lugar no muy distante de lo que significaba lo peor a principios del XX. Sirvan de ejemplo los «salvadores de la patria» que aparecen en el largo, que no son otros que los miembros del Ku Klux Klan. Partiendo de aquí –para los que no la hayan visto– ya se pueden ir haciendo una idea. A comienzos del siglo XX ser negro y estar en pantalla era prácticamente que misión imposible. Nada que decir de cualquier tipo de valoración fuera de plano. Más allá de unos Oscar que no surgirían hasta quince años después y que hoy, en su 88ª edición, siguen teniendo trazas de racismo. O no –depende del que hable–. Pero lo cierto es que se ha ampliado una distancia entre unos y otros que parecía más que superada.

Con la obra de Griffith ya estrenada –difícil no hablar de ella en temas de cineasta-raciales, y más en un año en que se ha recuperado el título para narrar la historia del rebelde Nat Turner–, la industria estaba en pañales y los afroamericanos, que todavía arrastraban la lacra de la esclavitud y de las leyes raciales vigentes, no sólo no tenían espacio en la pantalla, sino que el poco que les «daban» no era sino para hablar de lo «malos y desgraciados» que eran. Incluso era preferible pinatr a un actor blanco de negro que contrara a uno de color.

Sin embargo, poco iba a tardar el cine afroamericano en sacar la cabeza y, un lustro después del experimento de «El nacimiento de una nación», Oscar Micheaux iba a dirigir la que está considerada como la primera cinta del género, «The Homesteader», jugando con la ambigüedad de negros de piel clara. Aunque no sería hasta más de diez años después cuando las «race films» –películas raciales– comenzasen a coger fuerza. Entre medias quedaría el «Mammy» de Al Jolson en «El cantor de jazz» (1927) como imagen icónica de ese «blackface» en el que los blancos vivían encerrados.

Más tarde aparecerían los campos de algodón de «Hallelujah!» (1929), de King Vidor, como ejemplo de esa otra América que luchaba por abrirse hueco –no sólo en el cine–. Y ya en la década de los 30 serían los «westerns» los que darían el paso al frente incluyendo a su primer vaquero negro, con Herb Jeffries en «Harlem of the Prairies» (1937). Al menos lo era en «tres octavas partes», como él mismo se definió por el origen de sus padres. El actor presumía y se mostraba orgullos de esas raíces y procuraba pintarse para resaltar su tonalidad... hasta que en 1959 se identificó como ciudadano blanco para poder contraer matrimonio.

Pero la década no se cerraría sin la primera alegría de crítica para el colectivo, que llegaría en forma de Oscar. Hattie McDaniel quedaría en la Historia como la primera afroestadounidense en subir al atril para agradecer a la Academia la entrega de una estatuilla, en esta ocasión por su papel de Mammy en «Lo que el viento se llevó» (1939).

Llegaba al comienzo de unos años 40 en los que el empujón al cine negro sería importante. Al no tener acceso al sistema de estudios de Hollywood, la minoría de color se dedicó a desarrollar títulos por y para ellos. Sus historias, desde su punto de vista. Atrás quedaban los estereotipos de los blancos por colocarles el cartel de criados y ladrones. Galanes, abogados, estrellas, doctores, periodistas... Buenas profesiones para buenos ciudadanos. Como en «Esta, nuestra vida» (1942), donde el «osado» Ernest Anderson se atrevía a interpretar a un negro más culto de lo normal –en pantalla–. Se iban sucediendo los pasos para hacer de estas presencias en cámara algo cotidiano. «Cabin in the Sky» (1943). «Imitación a la vida» (1959), con una Susan Kohner cuya piel mulata casi pasaba como blanca o «Shadows» (1959), donde John Cassavetes da inicio al cine independiente.

En 1961, con la comunidad negra volcada en la lucha por los derechos, Woody Strode sería «censurado» de la película que llevaba el nombre de su personaje: «El sargento negro». Aun así su nombre no aparecía en grande junto a los de Jeffrey Hunter y Constance Towers, sino en pequeño, al lado del de Juano Hernández, hispano.

Sería tres años más tarde cuando el cine negro recogería su primer gran premio con Sidney Poitier en «El valle de los lirios», Oscar al mejor actor. Repetía el éxito de McDaniel, pero con un premio mayor. Parecía que las reivindicaciones fuera de los cines tenía su repercusión en Hollywood. Se habían roto las barreras que dividían al país y el cine, afortunadamente ya se había convertido en un arte de todos.

Boicot sí

«Nos sentimos incómodos»

Spike Lee y Jada Pinkett fueron los primeros en alzar la voz por la «falta de diversidad racial» entre unos nominados que por segundo año consecutivo sumaban cero afroamericanos. Por su parte, Will Smith –marido de Pinkett– se unió rápidamente al boicot: «Nos sentimos incómodos yendo a la gala y asumiendo que la falta de diversidad está bien».

Boicot no

«Racismo contra los blancos»

Charlotte Rampling, nominada por «45 años», ha sido de las actrices en levantar la voz contra el boicot de a la Academia por la petición de cuotas: «Eso es racismo contra los blancos. ¿Por qué clasificar a las personas?». Michael Caine mostrado también su disconformidad: «No se puede votar por el mero hecho de ser negro».

El esclavo que escribía historias

La vida de Oscar Micheaux (1884-1951) está directamente relacionada con la esclavitud. Sus padres vivieron con ella y él creció haciendo lo propio junto a una docena de niños. Más tarde trabajaría como limpiador de zapatos, portero del ferrocarril y en una granja de Dakota del Sur. Fue en esta última en la que comenzaría a desarrollar su faceta generadora de historias y donde comenzó a dar forma a lo que años después se plasmaría en una compañía que publicaba y vendía libros a domicilio. Cuando oyó hablar del cine, prontó se sintío cautivado por él y lo vio como el futuro para poder contar sus relatos, así que volvió a fundar un proyecto que en 1919 compondría «The Homesteader», una película que, basada en su novela homónima, ha quedado en la historia como el primer largometraje del cine afroestadounidense. Dirigida, escrita y producida por el propio Micheaux, como haría con otra cuarentena de filmes a lo algo de su carrera. Como actor también dejó su sello en un par de ellas: «Murder in Harlem» (en la imagen) y «Harlem After Midnight».