Cine

«El dorado», a un salto de valla

La película documental “Las lágrimas de África”, de Amparo Climent, retrata los dramas de la inmigración en la frontera entre España y Marruecos

La película documental «Las lágrimas de África», de Amparo Climent, retrata los dramas de la inmigración en la frontera entre España y Marruecos

El metro para en la estación del Retiro. Suben al vagón un grupo de hombres trajeados. Todos sonríen y se hacen chistes entre ellos. En la siguiente parada entra un hombre de piel oscura cargando una sábana en la espalda llena, presumiblemente, de discos de música y películas “pirateadas”, bolsos de Prada y Gucci de imitación o camisetas del Real Madrid y el Barcelona sin el sello de producto oficial. Igual que los productos del interior de la sábana, los hombres de esmoquin son una fachada carente de verdad. Lo demuestran cuando, observando fijamente al mantero, sueltan carcajadas cómplices y comentan su aspecto, desgarrado de pies a cabeza, y su higiene, escasa.

La verdad no se esconde en los maletines de los hombres de negocios que se espera que todos vistamos algún día, con corbata, zapatos de punta y pantalones de pinza. La verdad se encuentra en el norte de Marruecos, en la frontera con Melilla, en los campamentos entre el pinar de Bolingo y del monte Gurugú. Allí cientos de hombres, mujeres y niños subsaharianos “clandestinos”, invisibles para los autoridades y sus depurados censos de población, sobreviven con mínimos recursos y huyendo colina arriba de las cargas que la Policía marroquí realiza a diario. Todos los habitantes de Bolingo y el Gurugú persiguen el mismo objetivo, saltar la valla hasta llegar al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes de Melilla o entrar en Europa por mar pagando miles de euros a las mafias organizadas por una travesía al borde de la muerte. La mayoría de ellos ven sus expectativas de futuro frustradas en las fronteras. La minoría que logra cruzar la línea de fuego es atrapada y deportada. Su ilusión efímera de haber alcanzado la tierra de las oportunidades, el “dorado paraíso español”, se esfuma.

Para conocer las experiencias de estos inmigrantes “clandestinos” Amparo Climent (que se define a sí misma en Twitter como “artista multidisciplinar”) viajó a Melilla y Marruecos en 2014 y 2015. El resultado de sus periplos es el largometraje documental “Las lágrimas de África”, que competirá en la próxima edición de los Goya. En él se recogen los testimonios de los protagonistas de unas vidas humilladas por las instituciones europeas capaces de presumir de proclamarse defensoras de los derechos humanos mientras cierran las fronteras abandonando a millones de personas en condiciones infrahumanas. Pero en Bolingo y el Gurugú, los lugares terrestres más parecidos al infierno, Climent recoge los testimonios de mujeres y hombres agarrados a la fe de que en el cielo no existen las fronteras, no hay vallas, ni porras, ni pelotas de goma, y algún día todos serán recibidos allí por un Dios compasivo y entonces podrán mirar a la cara sin sentirse inferiores a esos occidentales que han tomado la queja banal por costumbre de una vida, quizá, excesivamente cómoda.

Levantándose de cada patada recibida, de cada herida producida por las dificultades del terreno o por las artimañas de las alambradas que separan las civilizaciones, los “clandestinos” continúan su aventura bajo el grito de “boza”, victoria, libertad. Su significado contrasta con lo que “Las lágrimas de África” nos muestra, un estrecho pasillo en la frontera entre las verjas de tres metros de alto construidas por Marruecos y España, donde se aglomera una jauría rabiosa de pies agrietados y nervios a flor de piel, porteadoras que cargan kilos de cualquier cosa con la que comerciar y así tener una pequeña posibilidad de alimentar a su familia, sorteando el riesgo de caer por su propio peso y morir aplastadas por la multitud que comparte sus sueños.

Antes de volver a España, Amparo Climent hizo una promesa a aquellos con los que compartió noches y soles en Bolingo y el Gurugú. Llevaría hasta el Parlamento Europeo las vidas que le ilustraron en más de 40 dibujos y cartas retratadas en papeles rotos y arrugados para que no se repitan las imágenes de cientos de inmigrantes en masa saltando la valla mientras son ahuyentados con sprays como cucarachas o mosquitos. Así fue, y en febrero de 2015 viajó a Bruselas para cumplir su compromiso acompañada de más de veinte artistas, catedráticos, historiadores, fotógrafos... Climent y su grupo fueron recibidos y escuchados, pero, al parecer, con oídos sordos, pues cuando en verano estalló la corriente migratoria de los refugiados que entran desde Oriente a Europa, lo que es un evidente conflicto humanitario se trató como un problema político. Una nueva victoria de los hombres de negocios que con carcajadas silenciosas se ríen del mantero desaliñado, puede que envidiosos, quién sabe, de la verdad por la que viven y luchan.