Gabino Diego: «El hombre tiene que encontrar su sitio, estamos un poco descolocados»

Hace años que cambió el campo por la ciudad y conserva fotografías como si fueran tesoros. Ahora llega a Madrid, con la misma cara de siempre, para recitar «Nuestras mujeres»

Hace años ya de que a principios de los 80 empezase a asomarse por pantallas y escenarios una cara aniñada de un tal Gabino Diego. Hoy, sin haber cambiado en demasía ese rostro, el nombre, siendo el mismo, resuena con una fuerza que lleva el éxito ligado consigo. Con éstas, el actor presenta en Madrid, en La Latina, «Nuestras mujeres» –acompañado por dos Antonios, Hortelano y Garrido, desde mañana– . Una obra de Eric Assous que comienza impactando con un caso de violencia de género. Pero no se dejen llevar por las primeras impresiones.

–Me habían avisado de que tuviera paciencia con la espera, pero es un alivio ver que ha sido puntual. Así que nos ahorramos empezar como Hortelano en la obra.

–A veces me paso y otras me quedo corto, pero hoy he llegado en hora. Respecto a la función, somos tres amigos que nos conocemos desde hace años y nos juntamos a jugar a las cartas una vez a la semana y justo ese día se retrasa uno, hasta que llega diciendo que ha estrangulado a su mujer. A partir de ahí arranca la función.

–Tema complicado para presentarse.

–Es muy fuerte. Creo que el autor lo ha puesto por eso, y para que luego empiecen a quitarse las caretas los personajes. Para mí es un alarde de dramaturgia, porque puede pasar de la situación más tremenda al «clown». Es una bomba de relojería de lo bien escrita que está, por eso me dijo Arturo Fernández, que ya había trabajado con Assous: «Chatín, ese hombre escribe bien, así que no vas a tener que hacer esfuerzos, va sola» [clavando la voz del actor].

–Se le da bien eso de imitar.

–Sí, pero aquí me controlo.

–¿Cómo va el abanico de registros?

–Se verá al Gabino más comedido, en un papel que sorprenderá. Mi personaje se transforma. Es un reumatólogo con dolores de espalda tranquilo que puede volverse muy loco.

–¿Y Gabino sufre dolores?

–Llegados a una edad todo el mundo tiene algo. Aunque también es verdad que los personajes de «Nuestras mujeres» estaban originalmente entre los 55 y 60 y se ha bajado la edad. Yo ya estoy... Cumplo 49 en unos días y entiendo de lo que habla Pablo [su papel], hasta tengo una hija de la misma edad que él. Y otra cosa que pasa en la función es que son tres hombres hablando en el escenario, pero hay cuatro mujeres en la conversación. Porque es un montaje donde ellas se sienten muy a gusto.

–Está bien saberlo, para que la gente no se quede con el inicio.

–Es bonita porque de repente ves a tres hombres mostrando sus sentimientos y, entonces, salen las contradicciones que tienen. Incluso lo trabajamos hablando como si fuéramos mujeres.

–¿Y cuáles son las damas de Gabino fuera de la obra?

–Pues tengo mejores amigas que amigos. Son de corazón, que es una cosa que tal vez no la haya tenido nunca con ellos.

–¿Qué supone ser un hombre hoy en día?

–Pues, para empezar, estamos un poco descolocados, sobre todo, porque la mujer ha empezado a hacer lo que quería, que ya tocaba. Pero, por otro lado, el problema que se plantea es que está un poco desubicado porque siempre le han dicho que tiene que ser algo en la vida, y que si es un amo de familia es tonto o un mierda. Es una losa que tenemos. Aunque por supuesto lo de que una mujer cobre menos por hacer lo mismo es otra injusticia, que no se malinterprete. Es todo muy complicado, es un momento de cambio y el hombre tiene que encontrar su sitio y quitarse lo de que es el rey del mambo.

–Pregunta obligatoria para mí. ¿Por qué se fue del mejor barrio de Madrid, la zona del Puente de los Franceses?

–Pues la verdad es que es maravilloso. ¿Tú has vivido ahí?

–Claro, de ahí lo de «mejor».

–Me he ido a las afueras, tengo tres perrros y me apetecía. Pero es un barrio de diez, con la Casa de Campo y todos los parques que tiene alrededor. Es raro, sientes que estás en el campo sin estarlo, aunque tampoco estás en la ciudad... Tenía ganas de vivir fuera.

–¿Y qué parentesco tiene con Jordi Hurtado? Porque se habla mucho de su «juventud eterna», pero usted también ha cambiado poco.

–Siempre hago la broma de que me he dejado una pasta en operaciones, pero realmente no me he hecho nada, lo que pasa es que cuando yo tenía quince años, aparentaba muchos menos, y con 18, igual. Eso era un problema porque las chicas no me tomaban en serio. Me decían: «Ya verás cuando tengas 30 y puedas estar con chicas de 20»... y al final llega el momento y las de 20 tampoco te gustan porque no te entienden. Ahora es lo que hay, los años se tienen.

–Lo bueno es cumplirlos.

–Sí. Decía un filósofo indio que «cuando uno cumple años está más cerca de la vida».

–La otra opcion es muy mala.

–Claro, y se va sabiendo más. Cuando eres un niño no eres consciente de nada.

–Sabrá mejor que yo, que me quedo en los 27.

–Pues mira, tuve mi hija con dos años más que tú, y tenía una cara de chaval...

–Vamos con las fotos, otra de sus pasiones. ¿Qué imagen le falta?

–Muchas. He hecho una colección de mujeres, niños y animales, aunque he parado un tiempo porque hay que dejarse mucho dinero, pero espero poder montar una exposición pronto. Ya se hizo una en Marsella, es curioso haber tenido más éxito en Francia que en España.

–Entonces, habrá que tirar de las orejas por aquí al que toque.

–Hay que reconocer que en cultura siempre se ha tenido más interés allí. La valoran como si de respirar se tratase. Ya podría pasar aquí, porque talento a nivel artístico nos sobra.

–Hombre con sangre cubana, ¿qué opina del entendimiento con EE UU?

–¡Uy! No me apetece hablar de política, pero lo único que quiero es lo mejor para la isla, que la gente pueda vivir bien y que haya una reconciliación.

–Que no se le quite su esencia.

–Los cubanos siempre van a ser cubanos, para mí son seres de otro planeta, han sido vanguardistas en muchas cosas.