Cuando Bernardo de Gálvez reconquistó Florida a Inglaterra

En «Hermanos de armas», finalista del premio Pulitzer, larrie Ferreiro reivindica la ayuda española en la Independencia de EE UU.

En octubre de 1780, el huracán más devastador jamás registrado en el Caribe dejó una estela de destrucción de casi 5.000 kilómetros de longitud y acabó con la vida de 20.000 personas. A pesar de ello, el mariscal de campo Bernardo de Gálvez estaba listo para lanzarse con todas sus fuerzas contra Pensacola, la capital de la colonia británica de la Florida Occidental y llave para el control de la zona. Dos horas antes del amanecer del 28 de octubre zarparon de La Habana 32 barcos españoles con 1500 soldados a bordo. Poco después de partir, Gálvez convocó a sus comandantes a bordo del buque insignia San Ramón con el fin de explicarles la estrategia que había trazado. En primer lugar, tomarían el extremo occidental de la isla de Santa Rosa que dominaba la ensenada de entrada, y allí instalarían cañones para mantener a raya a los posibles buques de guerra enemigos. Entonces, la flota entraría en la bahía de Pensacola, donde esperaría refuerzos, para después poner asedio al fuerte George y sus reductos, situados justo al norte de la población. El 9 de marzo, la escuadra se acercó a Santa Rosa, pero esperó hasta que se hizo de noche para desembarcar hombres y cañones en la playa, que empujaron a los barcos de guerra británicos hacia la parte más interior y alejada de la bahía. Justo después de medianoche, a la luz de la luna llena, la armada española intentó forzar la entrada por la ensenada, pero el San Ramón encalló en una barra de arena. El comandante de la escuadra, José Calvo de Irazábal, tras conseguir zafarlo, retiró el escuadrón. Gálvez le exigió que lo intentara de nuevo, pero éste se negó. Tras varios días de discusiones, Gálvez decidió forzar él mismo la entrada por el estrecho: «El que tenga honor y valor que me siga».

Comienzan las hostilidades

El Galveztown y tres barcos más superaron los peligrosos virajes manteniéndose cerca de la isla de Santa Rosa. En la otra orilla, los cañones británicos de las Barrancas Coloradas abrieron fuego. Aunque algunos proyectiles atravesaron las velas y el aparejo, la mayor parte cayó al agua. Al día siguiente, Calvo ordenó la entrada de los demás buques en la bahía. Gálvez comenzó al día siguiente una fluida y caballerosa correspondencia con el comandante británico, el general Campbell, y con el gobernador Chester: «Tomamos parte en esta guerra por deber, no por odio», les recordó, y les planteó condiciones para el desarrollo de las hostilidades, el intercambio de prisioneros y la protección de los civiles. Mientras, Gálvez recibió de Mobila 900 soldados y, al día siguiente, avistaron las velas de 16 buques procedentes de Nueva Orleans cargados de cañones, municiones y 1600 hombres. El 26 de marzo, Gálvez comenzó a acercarse de forma progresiva hacia Pensacola. Durante varios días, los españoles resistieron fieras embestidas de guerreros choctaws y de británicos, que frenaron su avance aún demasiado lejos del fuerte George para iniciar el asedio. Gálvez escribió a La Habana para solicitar más refuerzos. Recibió veinte barcos comandados por José Solano, entre ellos ocho buques de guerra franceses a las órdenes de Monteil. El 24 de abril, una vez desembarcados los hombres y la artillería, el ejército combinado hispano-francés comenzó los trabajos de asedio. Gálvez estaba seguro de que la clave de la posición británica era el reducto de la Reina, situado más al norte.

A pesar del intenso fuego de artillería de los defensores y de varios ataques de flanco, las líneas de asedio borbónicas se ampliaron según lo planeado en el plazo de una semana, mientras su artillería mantenía a los británicos a distancia. Sin embargo, para el 6 de mayo la situación de Gálvez se había complicado mucho: las existencias de balas de cañón estaban casi agotadas, a pesar de que había ofrecido a sus soldados una recompensa de un peso por cada cuatro balas británicas que recogieran. El comandante francés le recordó que había pospuesto sus operaciones para ayudarlo y amenazó con marcharse si Campbell no se rendía pronto. Gálvez, casi desesperado, ordenó un asalto nocturno contra el reducto de la Reina, pero éste fracasó cuando la luz del amanecer neutralizó el elemento sorpresa. La única posibilidad de éxito residía en la artillería española, que acababa de emplazarse a menos de 200 metros de la fortificación británica. Con el tiempo y las provisiones a punto de agotarse, un tiro afortunado puso fin al asedio.

Alrededor de las nueve de la mañana del 8 de mayo, una granada de 6 libras y mecha de retardo, disparada por uno de los obuses españoles recién emplazados, cayó sobre el reducto de la Reina, donde se coló por el hueco que daba acceso al polvorín. La explosión resultante de pólvora y municiones arrasó gran parte de la fortificación y mató a más de cien soldados británicos. Tan pronto Gálvez y sus oficiales oyeron el estallido y presenciaron sus efectos devastadores, ordenaron un asalto general sobre el desmantelado fuerte y se apoderaron de él. Entonces, allegaron cañones y obuses que, una vez emplazados, comenzaron a disparar sobre el reducto del Príncipe de Gales. Este enmudeció alrededor del mediodía. Siguió un intenso duelo artillero con el fuerte George, la última fortificación británica, que duró hasta las tres de la tarde. En ese momento, Campbell izó la bandera blanca y pasada la medianoche, se acordó la rendición. Campbell y Chester cedían toda Florida Occidental a los españoles. La victoria de Gálvez en Pensacola fue la culminación de una lucha de dos años para retornar el golfo de México al dominio español. En 1783, Carlos III le concedió, por sus servicios al Imperio español, el título de conde de Gálvez, lo que le permitía llevar el lema «Yo Solo» en su escudo nobiliario para conmemorar su personalísima entrada en la bahía de Pensacola.

Para saber más

«Hermanos de armas»

Larrie D. Ferreiro

Desperta Ferro Ediciones

472 páginas, 26,95 €